Reportajes

El piano, la bestia

Ylsa Peña

jueves, 6 de julio de 2000
Llegó por barco desde Europa, con las patas bien atadas y la boca amordazada para no dejar salir ningún sonido, América lo recibió como se recibe a King Kong o a un ejemplar parecido. Hicieron falta diez hombres para bajarlo a tierra y desatarlo cautelosamente en medio de sudores y jadeos.El Piano, el objeto, es grave y reticente. Tiene mucho de animal o bestia, de hombre y mujer. Solo basta verlo sostenido sobre sus patas, el trípode que sostiene su masivo y grave cuerpo, su cola inmóvil, su boca que deja ver una sonrisa fija tendida sobre una bahía de marfil y ébano, para imaginarse la bestia escondida dentro de él.Tiene también algo de pantera: nos subyuga y domina, guardamos silencio ante él, nos ahoga en su negritud. Es como un gato gigante visto por Picasso, un gato que levanta el lomo-tapa para defenderse y mostrar su verdadera naturaleza, o para dejar de ser mueble y convertirse en sonido, expresión y discurso.Su nombre, pianoforte o fortepiano implica una dualidad de cualidades sonoras y físicas, representadas en el blanco y el negro de sus teclas. Su aspecto masculino se manifiesta en una patente gravedad y fortaleza que contrasta con el lado femenino dibujado en sus curvas y en sus insostenibles agudos.Es fascinante observarlo desde lejos, en silencio y pensar en el poder de su elocuencia. ¿Quién no lo recuerda en la película Shine cuando arrojó a la locura a un David Helfgott obsesionado con Rachmaninov, O en la cinta The Piano varado en la playa con las patas mojadas, mientras la pianista lo observa desde su impotente mudez pensando que perdería su única voz?Pocos podrían afirmar no haber caído en el influjo de su poder, en esa atracción irresistible que solo las bestias de circo son capaces de producir. Todos hemos sentido esa electricidad antes de un concierto: solo su presencia e imagen produce una sensación parecida a la calma tensa antes de una tormenta. El acto mismo de sentarse ante un gran piano de concierto, es una escena de gran teatralidad, acomodarse en la banqueta, darle vueltas, halarle las orejas a ese pequeño animal faldero, accesorio y apéndice es ya una especie de rito. Todo empezó con el histriónico y espectacular Franz Liszt, un verdadero 'showman' de recitales, que con solo sentarse al piano hacia que muchas damas perdieran el conocimiento y el concierto.Camille Saint-Saëns ya había planteado toda una fantasía zoológica al escribir El carnaval de los animales. En esta obra el compositor presenta la sonoridad instrumental como una característica de ciertas especies animales. No es casual que su triunfal "Entrada de los elefantes" se la haya otorgado al piano. Saint- Saëns, aprovecha en toda su magnitud el registro grave del piano y las cuerdas gruesas para recrear los pasos del elefante, dándole de esta manera el tinte característico a este efecto musical.Como una bestia, el piano está condenado a estar solo, separado del grupo. Es tan monumental que invade el espacio físico, limita la cohabitación de objetos cerca de el. Su autosuficiencia sonora es tal, que lo separa de la fauna instrumental, este no necesita de otro instrumento, se vale por sí solo.El piano lleva al pianista a soledad y encierro, atrae al músico, el cual queda preso, privado de su libertad y del entorno, cuando tiene que encerrarse en cubículos de interminables y agotadoras horas de práctica. Imaginémonos ahora a una bestia quitándose las cadenas, colocándoselas al hombre y atándolo a sí.La ferocidad está presente y tácita en el piano. Conlleva un gran esfuerzo mover un piano de lugar y también dominarlo o más bien domarlo, como instrumento.Todo aquel que observa a un pianista de concierto (y no conoce la técnica pianística) le puede resultar simple y sin complejidades la ejecución de una obra. En el idioma ingles la acción de tocar es llamada to play o sea jugar, entretenerse y es ese verbo y en ese idioma el que más refleja lo que se puede apreciar en un pianista que ha logrado traspasar la barrera mas ruda de la música: la técnica. Para el espectador es como un juego, pero el arte del pianista es hacer parecer que usa el verbo to play, cuando en realidad esta usando el verbo "to practice en todos sus tiempos.Este oficio no es tan simple y divertido como puede parecer. En el teclado, en esa inocente y llana esfera que evoca dientes y dentelladas, es donde encontramos la sabana en la cual habita y se prefigura la bestia. Las teclas se convierten en un territorio de luchas y supervivencia, al despertarse el animal que el instrumento ya sugiere en su aspecto físico. El teclado es susceptible de convertirse en un espacio multidimensional, de profundidad y anchura y de inesperadas depresiones y extensiones, como una garra que se esconde dentro de la caverna carnosa de un dedo y luego aparece, sorprende y asusta.Propone retos peligrosos, esfuerzo y el cultivo de una cultura muscular apropiada para recorrer los intrincados caminos que la densa jungla de la grafía musical advierte, e ir en busca de la música que espera mas allá de toda laboriosidad, de todo el afán a que se somete la santísima trinidad del pianista: el tarso, el metatarso y el dedo.Este instrumento congrega un amasijo de rudos elementos al servicio de la blanda y finita humanidad. Está hecho de roble, haya, abeto y nogal de América en el armazón de sus cuerdas, peral, cornal, carpino y arce para su mecanismo, tilo para el teclado, maderas exóticas para el chapeado del mueble, acero fundido para el esqueleto del piano, hierro forjado para sus bordes y piel de Búfalo para el mecanismo, piel de un animal enorme, escondida y golpeada en sus entrañas, por el mecanismo de martillos, taller donde se produce la música. Sus cuerdas tensas como si fueran musculatura pueden alcanzar la fuerza de 24 toneladas.El piano abarca regiones mayores a sus linderos posibles, transita desde su contundente evidencia material a un plano donde la rèverie, el trance y el pensamiento se unen, lejos de su salvaje y pesada naturaleza. Se desdobla y viene a ser la extensión de un ser humano, instrumento de expresión, a lo sumo, voz. Es un transfigurador de estos elementos, un alquimista inverso. Puede traducir toda la materia en música y se alimenta de la música misma.El cantante y el pianista (al igual que el contrabajo y algunos instrumentos de percusión) son los dos instrumentistas que no se delatan con solo verlos caminar en la calle. Uno no puede llevar el instrumento consigo y el otro lo trae escondido dentro de su cuerpo. El pianista vive una situación de limitación cuando se trata de práctica y la accesibilidad al instrumento es limitada, lo que merma sus posibilidades de ensayos y para ese calentamiento tan necesario antes de una presentación.Mientras todos los instrumentistas se preparan antes de un concierto tras bambalinas, el pianista solo puede observar el piano, no puede moverlo, tiene que conformarse con calentar sus manos frenéticamente una contra la otra, repasa la música mentalmente y conoce la magnitud de la adrenalina y coraje. Él es el gladiador que con sus escasas y breves falanges tiene que enfrentarse al piano, usando tanto su lado animal como el humano. Afuera un coliseo lleno de melómanos y ojos espera, lo reciben con aplausos, como si ya hubiera triunfado, y en realidad muchas luchas ya han sido libradas por él, pero la prueba de fuego aun está por venir.El afamado violinista Yehudi Menuhin decía que 'el violinista es ese fenómeno humano muy particular que lleva dentro en una dimensión sorprendente, una mitad tigre y una mitad poeta'. Ciertamente es un fenómeno el ser humano que se enfrenta a un instrumento, y mucho mas si este le dobla en tamaño y densidad como sucedería con el piano. Se necesita de una constitución animal, del instinto y la bravura para hacer música con él más portentoso de los instrumentos y hacer que este 'cante' y exprese todo aquello que le es ajeno, es decir lo inmaterial surge en una especie de conjuro desde la materia más primaria y terrenal.Este concepto de tigre-poeta podemos encontrarlo recreado en un relato acerca de Franz Liszt del poeta Moritz Saphir. Describe con toda su imaginería, la atmósfera de batalla que puede sentirse, después de que un monstruo del piano como Liszt se ha enfrentado y sobre todo vencido a la bestia:" Después del concierto Liszt se queda como un vencedor en el campo de batalla, como un héroe en el torneo. Los pianos yacen a su alrededor; las cuerdas como banderas de tregua; instrumentos espantados huyen hacia las esquinas; los espectadores se miran unos a otros como después de una tormenta, como después de los truenos y las centellas aparece la lluvia de flores y una nevada de pétalos y un reluciente arco iris y el esta ahí reclinado melancólicamente en su silla, sonriendo extrañamente"Toda bestia produce temor (no así para Liszt) y el miedo inconfeso acompaña al pianista toda su vida. Según el pianista chileno Claudio Arrau 'los pianistas libran las mismas batallas psicológicas registradas en la mitología, solo que sin la ayuda del Anciano Sabio para guiarlos. Al igual que los grandes héroes de la mitología -Hércules, Perseo y Teseo- emprendemos viajes heroicos, desafiamos a los dioses exponiéndonos al peligro y el desastre, que solo a veces logramos superar'.Extenuado en esta lucha el pianista se descubre siendo un poco animal para poder acercarse a la perfección de la técnica pianística, de llegar al conocimiento de su raza y de vencer los grandes conspiradores que lo acosan en su mente.Recordemos al pianista Vladimir Horowitz, quien decía que antes de salir al escenario sentía horribles ráfagas de terror, y que siempre tenia a alguien a su lado, el cual tenia que literalmente empujarlo al escenario, de lo contrario el no hubiera tenido suficiente coraje para presentarse ante el público. El pianista reconoce íntimamente que antes de un concierto el miedo se apodera de él, el instinto le indica emprender la huida, pero sobrepasado esto se entrega totalmente a la música.Mucho se ha hablado de la leyenda de Niccolo Paganini, de la ardua técnica de su música y sus idilios con el diablo. Según muchos, las dificultades de sus Caprichos (nombre irónicamente sutil para una de las obras más difíciles de la literatura violinística) son casi inconquistables. Cuenta la leyenda que su famoso "trino del diablo" le fue dictado por una entidad demoníaca en medio de sueños. Para ese entonces, el maestro había subido de rango en la escala infernal: no era solo afiliado de Satán sino que era considerado como el Diablo mismo!Poco le importaba a Paganini pasearse en los conciertos oliendo a azufre, y ser temido por su supuesta afiliación con el diablo. Paganini dio rienda suelta a ese demonio interno, a la búsqueda de lo imposible, al duelo y la conquista. Empuñó el arco como una espada y convirtió al romántico violín en un instrumento desafiante, haciendo de las cuatro cuerdas un resbaloso precipicio para los dedos. Después de Paganini la aparición del virtuosi, no se hizo esperar. Pronto Franz Liszt y Federico Chopin quisieron traducir la brillantez y sobre todo la acrobacia al terreno del piano y crearon y recrearon los pasajes que harían surgir a los atletas-músicos, tigres-poetas, aquellos guiados tanto por el instinto como por la musa, tan buscados por el público en las salas de concierto de todo el mundo.Gran parte de las dificultades que el piano ofrece, provienen de los experimentos de los compositores de lograr ciertos efectos musicales, convirtiendo de esta manera a el piano en un instrumento retador. ¿De donde surgieron esas grandes dificultades técnicas que encontramos en conciertos para piano de Prokofiev y Rachmaninof? ¿No estaríamos ante la presencia de ese lado animal y destructor dentro del compositor dictándole pasajes extremadamente difíciles? ¿No aprende a rugir aquel que habita con el león?Beethoven, cuyos rugidos patéticos aun nos sobrecogen, siempre supo la dimensión del instrumento que tenia delante. Aunque el piano de su época no tenía la capacidad sonora de los actuales, el supo extraer del instrumento esa voz que se presta tanto al rugido como al lirismo y la expresión serena. Su personalísima tragedia, dolor e ira encontraron el medio ideal de expresión, el piano le ofrecía la capacidad de expresar todo eso sin quebrarse, aunque no fueron pocos los pianos que sufrieron algún daño, siendo propiedad del inolvidable maestro de cabeza leonina.Si hablamos de Piano, hablamos de Chopin, el polaco consumido por la fibrosis pulmonar y las teclas, creador de las paginas más importantes de la literatura pianística. Es en Chopin donde encontramos todas las posibilidades del instrumento, la poética musical y la prueba de fuego para los dedos inocentemente osados. Él supo usar todos los recursos posibles tanto del pianista como del instrumento, los estira hasta ponerlos a la altura necesaria de la máxima expresión artística. Hablamos también de Brahms y Schumann, que hicieron del piano el confesionario donde un amor imposible por la eximia pianista Clara Wieck-Schumann, inspiró obras expresivas (a veces desgarradas) pero definitivamente luminosas.El piano, la bestia, ofrece al hombre el ejercicio de facultades lejanas a la música, el dominio, la conquista, el control de si mismo y del instrumento y la búsqueda de sonoridades escondidas, que el piano le confía caprichosamente, solo si este ha hurgado sobre el teclado arduamente. La bestia se "humaniza" y canta con una voz jamás escuchada que conmueve al pianista, voz con la cual el piano se escribe y canta panegíricos así mismo. He allí la música, el vinculo amoroso por el cual se traspasan todas las dificultades. Librada la batalla, llega la paz entre ellos y es la música quien "humaniza" el instrumento lo bautiza con voz y alma.El piano "diviniza" al ser humano, llevándolo a regiones insospechadas, trascendentales y místicas. El pianista, reconoce que la música es su porción de divinidad y también reconoce que esta bestia a quien teme, es inmensamente amada y necesaria.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.