Reportajes

Algo más sobre un debate olvidado: la terminología de los instrumentos musicales

Cristina Bordas

miércoles, 11 de octubre de 2000
En enero de 1989 la Universidad de Murcia acogió el Congreso Internacional de Terminología Musical Castellana: una propuesta extravagante y arriesgada (por ello doblemente interesante) en la musicología española para reflexionar en conjunto sobre un tema que no constaba en las aulas de ninguna institución. Además, se había convocado (por obra y Gracia de A. Zaldívar, J. M. García Laborda y otros valientes) a personajes variopintos, con puntos de vista e inquietudes igualmente diversas: musicólogos, lingüistas, filósofos, músicos prácticos, periodistas, estudiosos de los teóricos musicales y organólogos, con la inclusión de musicólogos latinoamericanos. Un potpurrí que parecía difícil de asimilar.Nunca se llegaron a publicar las actas (de lo que seguramente debemos alegrarnos unos cuantos para no tener que contabilizar entre los pecados de juventud unas reflexiones tan sinceras como balbuceantes sobre este tema), pero este congreso puso sobre el tapete tantas cuestiones nuevas y tantos puntos de vista diferentes, que todavía, después de estos 11 años transcurridos -años en los que la musicología española ha abierto muchos frentes en cuanto a temas y metodologías de investigación- sigue siendo una referencia y una llamada a la reflexión, por el simple hecho de haber iniciado un debate sobre un tema fundamental y permanente. Y sobre este debate, que no tiene futuro porque está y estará durante mucho tiempo abierto, quisiera hacer algunas reflexiones ahora, después del tiempo transcurrido, retomando el tema de los instrumentos musicales y su tratamiento terminológico.Desde luego, en aquel foro quedó claro que había una clara disociación entre las opiniones de los músicos prácticos y de los historiadores musicales. Y que, a falta de acuerdo, ambas eran igualmente válidas, porque lo importante para todos era encontrar un nombre de uso común y actual para instrumentos desaparecidos de la órbita musical española (conocidos y generalizados "en castellano", habría que puntualizar) desde tiempos pretéritos, aunque recuperados para la práctica moderna de la "música antigua con instrumentos originales". Parecía evidente que se había recuperado la práctica, que incluye la música y los instrumentos, pero no la terminología de uso, y posiblemente esto tiene muchas explicaciones, de las que a mi se me ocurre una que paso a comentar.En el caso español, y quizás habría que decir ibérico como le hubiera gustado a Santiago Kastner, la moderna recuperación de los instrumentos originales se introdujo en la década de 1970 por vía de pocos -algunos muy notables- intérpretes, que habían estudiado en las escuelas europeas de renombre (Londres, Hamburgo, Basilea, Amsterdam, La Haya, por citar algunas de ellas). Con estas personas se introdujeron también las convenciones terminológicas de los lugares en que habían estudiado. Como pioneros en el asunto, también estos nuevos intérpretes tuvieron que trabajar e interpretar casi de manera personal los textos teóricos hispanos, pues por aquel entonces se habían editado algunos catálogos de música práctica de archivos catedralicios, pero todavía pocos documentarios civiles y eclesiásticos que ayudaran a establecer una terminología clara sobre los instrumentos. De manera que había algunos intérpretes que tocaban mientras que otros tañían, y por poner un ejemplo entre los términos que más confusión han aportado a la historia musical reciente, había quienes se enfrentaban a un cémbalo (término alemán), a un clavecín (en francés, a destacar el acento en el ín) o a un clavicémbalo (en italiano, término favorito por ser muy sonoro), y para los muy entendidos, a un clavicordio (término castellano histórico hasta los años 1760) o a un clavicímbalo o clavecímbano (términos utilizados en fuentes antiguas españolas sin una definición clara). En las fechas del congreso aludido, parece que nadie tocaba o tañía un clave a secas, el nombre que tenía el instrumento en cuestión a partir de los años 1760 y el último con el que se conoció en castellano.El claveY aquí viene la segunda parte: quedó claro que si alguien dedicaba su vida a estudiar clavicémbalo o clavecín o lo que sea, no había congreso internacional que le hiciera cambiar estos términos, tan sonoros, por el de clave a secas. Y además ¿que se pone en el currículo?: ¿clavecinista, cembalista, clavicembalista?, ¿por qué no clavista, como reivindicó Subirá?.Sin duda son variadas las soluciones para referirse a instrumentos antiguos de los que se ha perdido la tradición terminológica, y sin duda, también todas ellas han sido motivo de reflexión para quienes escriben sobre ellos. Entre otras se pueden citar: aceptar la variedad de términos, con la consiguiente confusión para el lector no avisado; proponer una convención única de acuerdo al término más frecuentemente utilizado ahora, aunque para ello habría que hacer una encuesta en todo el territorio español, en el que se encontrarían notables diferencias de uso común en "castellano" según las comunidades autónomas, además de tener en cuenta el factor cambiante de las modas; aceptar (y rescatar, y por tanto reintroducir en el lenguaje habitual) el término tradicional. Y seguramente hay otras propuestas más que los lingüistas habrán estudiado para otros campos científicos.Puesto que las investigaciones realizadas ya permiten tener cierta seguridad en cuanto a terminología histórica en castellano, al menos desde el siglo XVII, quizás estamos a tiempo de recuperar los nombres clásicos, ya que eso significa abrir las puertas a los estudiosos presentes y futuros para la comprensión de los textos históricos, y de paso apuntarnos a convenciones creíbles, y no a los neologismos. Pero también es verdad que en estos textos hay variedad de matices y de nombres. En este punto parece lógico recurrir al último nombre que recibió el instrumento en cuestión, con el que se difundió en su historia más reciente.Siguiendo con el ejemplo del clave: el instrumento que en el Renacimiento y el Barroco se llamó clavicordio (a veces clavicímbalo o clavecímbano, sin que se sepa a ciencia cierta la diferencia, pero desde luego, nunca clavecin ni cembalo ni clavicémbalo), pasó a denominarse clave hacia mediados del siglo XVIII (Sebastián Albero escribe para clavicordio, pero Antonio Soler y los músicos siguientes ya para clave). Así pues ¿por qué no llamarlo clave, adoptando sin más el uso más difundido hasta el momento de su desaparición?. Otra cosa es cómo se llamaba a los tañedores de clave, que no tienen un término consolidado. Clavista parece un término conveniente, aunque el más usado modernamente sea el de clavecinista (del clavecin, en francés). Recordemos también que en una lengua tan próxima como el portugués, se ha conservado el nombre de cravo y de cravista. Y aquí viene pintiparada la reflexión que hace José Subirá en uno de sus libros más bonitos (La Música: Etapas y Aspectos. Barcelona, Madrid: Salvat Editores, 1949, p. 152), con la que se muestra pionero en la búsqueda de una terminología precisa para el clave, instrumento entonces recientemente recuperado para la música moderna y la antigua (recordemos a Falla y a Landowska) y todavía lejos de convertirse en un instrumento comercial para la música antigua: "El clave tuvo particular cultivo en Italia, donde se le conocía bajo la denominación de clavicémbalo, y en Francia, donde, como queda anotado, lo llamaban clavecin; pero, aunque no es insólito ver usadas la voz clavicembalista y es usual encontrarse con la palabra clavecinista con referencia a los tañedores de los respectivos instrumentos, en la España del siglo XVIII se usaba el vocablo clavista, desde luego más puro y quizá más castizo, si bien menos conocido y menos usual hoy que cualquiera de aquellos otros dos".Las vihuelas de arcoIgual se puede decir de otros muchos instrumentos que presentan el mismo conflicto terminológico. Por ejemplo las vihuelas de arco, como se llamaron siempre a lo que las convenciones actuales llaman violas da gamba utilizando el término italiano -con un plural castellanizado siempre-. ¿Qué impide recuperar su nombre histórico del renacimiento y barroco? Hace 15 años probablemente había problemas para conocer su significado, pero hoy en día está demostrado que en España se usaban vihuelas de arco, nunca violas da gamba, y menos violas de gamba, que esto es auténtica "fusión" idiomática, por llamarlo de alguna manera, aunque lo utilice mucha gente. No creo que el criterio de cantidad de uso de un término se pueda aplicar para que se acepte algo que todavía no se ha creado, porque según eso, mucha gente llama clavicornio a cualquier cosa antigua con teclado y eso es considerado simplemente una incorrección, no una variante lingüística. Sin ir más lejos, el Diccionario de la RAE trae el término violonchelo, equivalente fonética en castellano del violoncello italiano, pero también pone violoncelo, un nombre no utilizado en italiano y que nadie pronuncia así en castellano, lo que me parece una metedura da gamba, y nunca mejor dicho. Pero lo de las transcripciones fonéticas y las variantes lingüísticas es harina de otro costal, porque, como decíamos, estas requieren ya una terminología mínimamente asentada.Las trompetas y los timbalesVolviendo a los términos históricos, llamar tímpani a los timbales, cornetto a la corneta (renacentista) o cromornos a los orlos porque algunos intérpretes incluyen estos nombres en su discografía para hacerlos más accesibles al público europeo, es, cuanto menos, un capricho nov -quizás una imposición de los vendedores de los discos-. Pero otra cosa es que se asuman estos nombres en los estudios que tratan sobre historia musical, que se lean en textos no de difusión ni comerciales, sino científicos, porque entonces el batiburrillo está servido.Quizás todavía es pronto (hace sólo 30 años que empezó en España la recepción de la moda con instrumentos originales) para definir unas convenciones terminológicas sobre los instrumentos musicales, ya que se percibe que los nombres siguen fluctuando dependiendo de las modas y de la difusión comercial de textos traducidos ad libitum por intérpretes musicales y traductores poco informados. Pero quizás ya es tarde (hace ya 30 años que el problema sigue inquietando a los musicólogos) y es necesario que se vuelva a reflexionar sobre estos asuntos.¿Para cuándo quitarnos el miedo a llamar a los instrumentos por su nombre histórico? ¿Qué tal intentar otro valiente congreso sobre terminología musical?

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