Reportajes

El arte de Joaquín Rodrigo

Antonio Gallego

lunes, 12 de enero de 2004
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Joaquín Rodrigo es, con Manuel de Falla, uno de los pocos compositores españoles del siglo XX conocido, apreciado y amado en todo el mundo. Si bien es cierto que esa popularidad está basada en muy pocas de la gran cantidad de obras que ha compuesto, estudiar las causas de este fenómeno aclararía muchas cuestiones aparentemente inexplicables; sobre todo, porque se ha producido en una época en la que el triunfo masivo de la música de entretenimiento va aliado al evidente divorcio entre la música culta contemporánea y el reducido público que asiste a conciertos de música culta. ¿Cuáles son las claves del éxito de Rodrigo, capaz de medirse con algunas de sus obras a las más populares del repertorio musical de todos los tiempos?Rodrigo es también un músico contemporáneo, pero su meta no es deslumbrar a los expertos con arriesgadas innovaciones y experimentos, sino agradar y hacer felices a sus oyentes. Ambas opciones son válidas, y la una no es o no debería ser obstáculo insalvable para la otra. Ninguna, por otra parte, asegura el éxito, ni el de “prestigio” ni el popular. Rodrigo ha elegido y, por lo que se ve, ha acertado.En una época en la que se produce la búsqueda implacable de originalidad a toda costa, Rodrigo no solo ha basado su música en los parámetros bien acreditados de la tradición europea, sino que ha recurrido en numerosas ocasiones al préstamo de ideas musicales muy explícitas, bien tomándolas de la tradición oral (el folklore) o de la tradición culta. Fandangos y seguidillas corren por sus obras en estrecho contacto con madrigales amorosos, romances antiguos con toques de guitarra barrocos... Sigue en ello el mensaje del nacionalismo predicado por Felipe Pedrell y puesto en práctica por –entre otros– Manuel de Falla. Por otra parte, el préstamo de ideas musicales es costumbre inveterada en toda la historia de la música. Lo difícil es conseguir música original, reconocible como tal, recurriendo a estos artificios.Es el caso de Rodrigo: haga lo que haga, incluso cuando se basa en temas musicales muy glosados por otros compositores, su música siempre suena a Rodrigo. Ha conseguido un estilo propio, inmediatamente perceptible en cualquiera de sus niveles, tanto en el externo (la instrumentación, el arte de combinar colores y timbres) como en los más profundos.Creo que también hay otro factor en el éxito de Rodrigo. Gran parte de su música se refiere con precisión a pasajes de la historia de España, que vuelve a recrear con oídos actuales. Frente a la “españolada” y el tópico, en claro contraste con la “España negra” tan morbosamente consumida en ciertos ambientes falsamente progresistas, Rodrigo presenta una España más profunda, íntimamente enlazada con algunos de los ingenios universales que la cultura española ha dado al mundo. Una España más variada, más sutil y más elegante; más alegre, más feliz. Hay otras Españas, claro es, pero ésta es una opción válida, y el éxito obtenido con ella demuestra que Rodrigo no se ha equivocado.Es innecesario añadir que Joaquín Rodrigo ha obtenido con su música todos los honores que una sociedad puede ofrecer en vida a un creador. Pero el Marqués de los Jardines de Aranjuez es dueño de algo mucho más sólido: su popularidad está basada en el cariño, porque con su música nos ha hecho y nos sigue haciendo felices. .La popularidad de Rodrigo, como decía al comienzo, está basada en muy pocas de las obras de su extenso catálogo. Esa opinión, compartida unánimemente por todos los expertos, fue la causa de que la Comisión nacional del centenario me encargara este libro, en la creencia de que la biografía del compositor ya está establecida: Se me pidió un análisis de su obra completa, que resaltara lo menos conocido frente a lo que todo el mundo conoce, y que fuera legible para un lector que no necesariamente supiera leer una partitura, sin que por ello descendiera el nivel musicológico de mi estudio. Demasiados condicionantes, al menos para mí, lo que me ha tenido perplejo y sin poder dar palo al agua durante meses: simplemente, no sabía cómo hacerlo.Porque, además, para quien se acerque con seriedad a la figura de Rodrigo y lea, como he leído y vuelto a leer, la importante cantidad de escritos que hay ya sobre él, llegará a conclusiones muy llamativas.En primer lugar, falta aún la biografía crítica de Joaquín Rodrigo. Las que hay (Vicente Vayá Pla en 1977, Eduardo Moyano Zamora en 1999) están casi exclusivamente basadas en papeles y recortes de prensa celosamente guardados en la Fundación Victoria y Joaquín Rodrigo, y recogen la versión que tanto el compositor, como Victoria en sus deliciosas memorias, han querido darnos. Yo también me baso en ellos, anotando las muchas contradicciones, imprecisiones y lagunas... Pero echo en falta –como en el caso de Albéniz, de Granados, del mismo Falla de mis amores, en realidad, de casi todos los compositores españoles tanto antiguos como modernos–, un texto mucho más contrastado y fiable.Falta también el catálogo crítico y razonado de su obra. Lo que abunda –desde el humilde papel manuscrito de 1928 y el incisivo ensayo de Federico Sopeña en 1946 hasta los dos catálogos de Alberto González Lapuente en 1991 y 1997, por no hablar de los que viene publicando Ediciones Joaquín Rodrigo (EJR) desde hace más de una década– son listas de obras, y pocas coincidentes. Sé por experiencia lo trabajoso que resulta establecerlas y admiro la paciencia de quienes las han hecho. Pero como ninguna me satisfacía del todo, he tenido que hacer la mía propia, sobre la cual está basado el libro. Espero que se la juzgue con la misma indulgencia con la que yo he mirado a mis antecesores.Yo también he echado mano, siempre que he podido, de los Escritos de Joaquín Rodrigo recopilados en un utilísimo libro por Antonio Iglesias en 1999, y especialmente de los que se refieren a sus propias obras o a su manera de componer. Nadie en el futuro podrá ignorarlos. Pero un musicólogo debe ponerlos en su contexto, anotar sus contradicciones, sus silencios y, por qué no, sus intereses. Hay que trabajar con ellos, en definitiva, como con las demás fuentes documentales. Muchas veces, por cierto, no son opiniones de primera mano, sino las que refleja un periodista, y todos sabemos por experiencia cómo puede resaltarse algo que en la conversación no tuvo tanto relieve, o cómo se silencia algo por falta de espacio... o de interés. Y hay que tener cuidado con los juicios y opiniones sobre cosas que ocurrieron muchos años antes (la memoria es frágil) o sobre personas que hace tiempo que murieron (la memoria suele ser sentimental). Es el investigador, por supuesto, quien escoge estas opiniones (y lo mismo vale para las de los críticos de la época en cuestión), quien las ordena, quien las presenta ante el lector. Él es el responsable, y yo asumo aquí la parte que me toca.Aquí está, pues, mi versión sobre el asunto. Una versión cariñosa, ya que mi admiración por Rodrigo ha bebido en buenas fuentes: Nadie más rodriguero que mi maestro Federico Sopeña, su primer biógrafo en 1946. Mi versión es, pues, una más, aunque espero que sea al menos tan útil como algunas de las anteriores. Tal y como afirma Cecilia Rodrigo, la hija del compositor, en el prólogo al libro de Moyano (1999), “en el caso de Rodrigo casi todo está por investigar, es decir, por descubrir.”Estoy totalmente de acuerdo, y mi aportación quiere contribuir a aminorar un poco ese casi. .Hablé antes de mis dudas al abordar este libro. (Sopeña, confiesa en el prólogo a su estudio de 1946 que llevaba dos años dándole vueltas, así que las debo haber heredado de mi maestro). Al fin, un buen día, no hace mucho, encontré la solución. Me imaginé al posible lector como un buen viajero (me horroriza la palabra ‘turista') ante un territorio en gran parte desconocido, y este libro debía ser su guía, su baedeker. He procurado situar cada obra en el contexto biográfico del autor, en el de su propio momento histórico y en la trastienda de su pensamiento sobre el arte, la música o la vida. Y he invitado al lector a que compare muchas obras con otras del maestro (o de sus colegas) escritas con títulos o connotaciones parecidas en tiempos muy distintos. Es lo que en la jerga de los ordenadores se conoce como una actitud interactiva.El libro está organizado por épocas (la primera y la última, sin obras) y en las siete centrales se sitúan las composiciones de Rodrigo por orden cronológico. En los tres índices finales podrá hallar el interesado cualquier obra, bien por orden cronológico, por el género musical al que pertenece o bien por orden alfabético, orden este último en el que hemos incluido tanto las obras íntegras como algunos de sus episodios más significativos, para facilitar cualquier consulta.En cuanto a las obras sin editar (Inédita o Inédito), algunas están en paradero desconocido (me resisto a escribir “perdidas”), pero otras, las menos, se conservan, aunque de momento no serán editadas. Para no recargar el trabajo de las amables gentes de Ediciones Joaquín Rodrigo, no específico cuáles, aunque una lectura atenta del libro supongo que acabará traicionándome. En las ediciones menciono la primera y, cuando hay otras, la actual en su primera edición: Las restantes, cuando las haya, serán minuciosamente descritas por quien haga el catálogo crítico de la obra de Rodrigo. Con la palabra editor quiero significar que la obra no tiene edición impresa pera está disponible en manuscrito para quien desee programarla. En las obras vocales he añadido el texto cantado, pues sé por experiencia que no siempre es fácil encontrarlo.Doy las gracias a todos los que me han ayudado a terminar este libro, e incluso también a los que dieron por sentado que nunca lo acabaría: sus augurios, que me llegaron puntualmente, me estimularon mucho. A todos, otra vez gracias.

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