España - Valencia

Zarzuela, sí, por favor

Rafael Díaz Gómez
miércoles, 25 de febrero de 2004
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Torrent, sábado, 14 de febrero de 2004. L’Auditori. ‘Tres forasteros en Madrid’: fragmentos de zarzuelas de R. Chapí, J. Serrano y V. Lleó sobre una idea original de Lluís Miquel Campos. Textos, dramaturgia y dirección escénica de Chema Cardeña. Compañía Zarzuela de Bolsillo. Carmen Avivar, Sandra Fernández, Silvia Vázquez, sopranos. Javier Agulló, Eduardo García Sandoval, tenores. Arturo Pastor, Augusto Val, barítonos. José Boscá, piano. Dirección musical de José Fabra. Actores: Antonio Martínez Abellán (Lleó), Héctor Tusier (Serrano), Juli Mira (Chapí), Manuel Mestre (camarero). Diseño de luces: Josep Solbes. Diseño de imagen: Amparo García. Escenografía: Pedro Pau Hernández. Aforo para la representación: 630. Ocupación: 90%
0,000194 La acción se desarrolla en el interior de un café madrileño. La escenografía es sencilla: la barra del bar a un lado, en el centro unas pocas mesas con sus sillas y en el otro extremo el piano. Al fondo hay dos ventanas sobre las que se proyectan diversas imágenes. Los parroquianos son los encargados de cantar, en unas ocasiones integrándose como personajes en el devenir de la historia (un peregrino que pasa, un borracho que hace de las suyas) y en otras, la mayoría, respondiendo a las invitaciones de los tres compositores que se dan cita en la sala para que ilustren sus respectivos méritos. Se trata de Chapí y Serrano, por una parte y de Lleó y Serrano, por otra. Nunca aparecen los tres juntos en la escena. El camarero es el maestro de ceremonias, el que en buena medida conduce el guión.Guión que es poco riguroso en lo que a veracidad histórica se refiere. Dos razones. La primera es que resulta forzado agrupar a Chapí con Serrano y no hacerlo con Lleó. El autor de La corte de Faraón (qué manía con seguir escribiendo “del Faraón”) nació en 1870, tres años antes que Serrano, y sólo llegó a Madrid uno después que éste, en 1896. Como Chapí muriera en 1909, ese tiempo fue de convivencia entre los tres, si bien es cierto que el gran éxito de Lleó es ya de 1910. La segunda razón es que se plantea una rivalidad estética en la relación entre ambas parejas de compositores que no se dio en la realidad. Serrano admiraba a Chapí, y de hecho es uno de sus principales referentes en la primera década del siglo XX. También Chapí debía de ver algo muy positivo en el joven de Sueca, ya que le encargó la composición de la ópera La venta de los gatos, cuando apenas había conocido un éxito. Jamás pudo acusar Chapí a Serrano de indolencia en estos años, al contrario de lo que se insinúa en la obra, porque este es el período en el que el de Sueca más escribe: hasta siete estrenos en un año. Además, lo que compone Serrano hasta 1910 está en la línea de lo realizado por Chapí en el campo del género chico, y lejos de buscar modelos foráneos, cosa que también se dice en la obra, se inspira en el folclore hispano y en los ritmos bailables decimonónicos. Es precisamente tras la muerte de Chapí, cuando Serrano va abandonando los moldes del género chico para acercarse a la opereta y a los espectáculos arrevistados. Por esto mismo, tampoco se da una oposición clara entre Lleó y Serrano si se pretende asegurar que Lleó es más moderno por abrirse a estas influencias. Y volviendo a Chapí, y ya para acabar, es cierto que colaboró con Serrano en El amor en solfa, pero no al alimón, sino de la forma en la que se solía hacer: uno compuso dos números de música y el otro los dos restantes, y aquí paz y allá gloria.Pero al margen de estas cuestiones, lo que resulta claro es que el hilo argumental tiene como principal función dar pie a las distintas intervenciones musicales. Son más de veinte, correspondientes a otros tantos títulos de zarzuelas y una ópera (Margarita la Tornera, bellísimo fragmento, por cierto). Si el espectáculo dura alrededor de los ochenta minutos, es fácil calcular que el peso de lo literario es pequeño. En cualquier caso, este engarce dramático tiene un valor que estimo muy importante: su tono crítico.Lejos de lo que se ha querido suponer, la zarzuela siempre fue un recipiente capaz de mixturar todo tipo de tendencias y un espacio abierto en el que cabían osadías políticas y sociales (en el terreno de la moral sexual, por ejemplo) que un mal entendido regeneracionismo y, después, el rodillo dictatorial franquista, eliminaron. Y lo hicieron tan bien que convencieron a muchos sectores de la izquierda de que el género zarzuelero era un compendio de los valores más rancios e inmovilistas de la cultura española. Gran error, del que poco a poco, creo, estamos empezando a salir. Tres forasteros en Madrid tiene un espíritu ligeramente disolvente que es muy de agradecer, en especial en estos tiempos que corren. Así, por ejemplo, el camarero menciona con frecuencia las deudas (¿quién no está hipotecado hasta las cejas?); se alude al presidente del gobierno en los cuplés de El perro chico (por cierto, más procedentes de la pluma de Quinito Valverde que de la de Serrano), introduciendo las correspondientes morcillas, y se hace que cobre nueva dimensión el fantástico Coro de doctores de El rey que rabió. Bravo por ello.Por lo demás, la música reina en este espectáculo. Un piano y unas voces bastan para que la emoción se manifieste a flor de piel. Porque, qué quieren que les diga, a mí me emocionan estos pentagramas. La Canción húngara de Alma de Dios es el primer fogonazo. El dúo entre Mari Pepa y Felipe de La revoltosa, el siguiente. A partir de entonces no hay descanso. Se procura la alternancia entre lo cómico y lo lírico. Se da una suerte de clímax cuando las jotas de El trust de los tenorios y de La bruja acaban sonando juntas. Pero para entonces el público ya está en el bolsillo. Un público de todas las edades, que, si acaso, parece saborear más las melodías de Serrano de La canción del olvido o de Las hilanderas, pero que se entrega totalmente cuando se le pide su colaboración para cantar el estribillo de la canción babilónica de La corte de Faraón. Quizá tanta sucesión de número estrella acabe saturando un poco y las dos arias de El maestro Campanote desentonen del resto. Son una adaptación de Lleó de una ópera del italiano Giuseppe Mazza, cuyo lenguaje nada tiene que ver con el de las otras partituras. Mejor hubiera sido aprovechar la ocasión para exhumar alguna pieza original del abundante catálogo de Lleó, que seguro lo merece. Además, el compositor es o habría de ser, mejor dicho, una gloria local, pues nació en Torrent.Un punto histriónico para mi gusto el actor que lo encarnó. Flaco favor se le hizo al personaje y al pueblo que representa otorgándole un carácter más que campechano, cargante y vocinglero. Muy bien el resto del cuadro de actores. También cumplieron con creces las voces y el pianista fue ganando a medida que perdía la rigidez inicial. En definitiva, la producción, que es fruto de la colaboración entre l’Auditori y Adi Producciones, está concebida para divertir y lo logra completamente. De paso puede atraer para la zarzuela nuevo público y contribuir a que algunos se den cuenta de que el género no huele a naftalina. El espectáculo es muy exportable y conseguirá el éxito que merece. Como también lo conseguirían las producciones del Teatro de la Zarzuela de Madrid si se trajeran al Teatro Principal de Valencia. ¿Por qué nadie se ocupa de ello?
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