Estados Unidos

Seductor sobre gris

Mar Sancho

miércoles, 17 de marzo de 2004
Miami, miércoles, 10 de marzo de 2004. Miami Dade County Auditorium. W.A. Mozart: Don Giovanni, 'dramma giocoso' en dos actos (1787). Libreto de Lorenzo da Ponte. Ned Canty, dirección escénica. John Conklin, escenografía. Malabar Limited, vestuario. Ned Barth (Don Giovanni), Eric Owens (Leporello), Twyla Robinson (Donna Anna), Gustav Andreassen (Il Commendatore), John Osborn (Don Ottavio), Kelly Kaduce (Donna Elvira), Robin Crouse (Zerlina), Christian van Horn (Masetto). Coro de la Florida Grand Opera. Director del coro: Douglas Kinney-Frost. Florida Classical Orchestra. Director: Steward Robertson. Ocupación: 100 %
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Con los ojos cerrados, el Don Giovanni de la Florida Grand Opera fue musicalmente digno, prácticamente irreprochable, con momentos interesantes gracias a la razonable calidad de las voces y un buen soporte por parte de coro y orquesta. Con los ojos abiertos, resultó una obra deslucida, con una escena precaria, un atrezzo paupérrimo, un planteamiento rígido de los personajes y una iluminación en penumbra a lo largo de toda la representación cuya intención pareciera tender más a encubrir tantas carencias que a resaltar el transcurrir de la historia.Ned Barth cumplió en el exigente papel de ‘Don Giovanni’. No es una voz prodigiosa pero transmitió de una manera loable el doble perfil de su personaje, altanero e infame por una parte, fascinante y seductor por otra, magistralmente delineado a través de la música de Mozart. A fin de cuentas, es esta concesión musical la que mantiene la simpatía por el protagonista a lo largo de la obra y la que conduce hacia una cierta compasión final propiciada por el noble y heroico tema que Mozart propone en el descenso de ‘Don Juan’ a los infiernos.Eric Owens fue un ‘Leporello’ contundente, con una voz poderosa que resaltó como la mejor de la representación. Adoleció, sin embargo, del estatismo generalizado en la dirección escénica y esta circunstancia, principalmente en el 'aria del catálogo', restó a su personaje la gracia a la que el libreto obliga.También estuvo rígida Kelly Kaduce como ‘Donna Elvira’, si bien esta circunstancia quedó compensada por su voz exquisita y un muy buen hacer en el aria 'Mi tradi quell'alma ingrata'. La ‘Donna Anna’ de Twyla Robinson destacó tanto por su canto poderoso como por la delicadeza en los pianos y John Osborn en el rol de ‘Don Ottavio’, con una voz limitada en potencia pero con una técnica impecable, resolvió el aria 'Il mio tesoro' y el resto de su personaje de un modo merecedor de favorable mención. Notable la voz de Gustav Andreassen que encarnó al ‘Comendador’ -a fin de cuentas el único papel en el cual la inmovilidad escénica estaba justificada-. Por último, Robin Crouse fue una ‘Zerlina’ de voz flexible y bellamente timbrada pero estuvo insuficiente en la dramatización y Christian van Horn cantó un vivaz y convincente 'Masetto'. La Florida Classical Orchestra, de la mano de Steward Robertson, quizás algo falta de brillo en la ‘Obertura’, hizo en términos generales un buen papel.El resto fue gris. Indigna de una producción de cierta categoría resultó la escenografía de John Conklin. Un decorado minimalista puede conferir innovación y, con ello, atractivo a la obra, pero para ello requiere irrefutablemente de cierta originalidad, algo de lo que carecía por completo el planteamiento con inmensos paneles de mármol oscuro que, desplazándose apenas, eran incapaces de evocar las distintas atmósferas en las que la acción transcurre. Así, el mismo fondo inmutable sirvió para interiores, exteriores e incluso para la escena del cementerio, cuya única variante era la inclusión de la estatua del ‘Comendador’, privado de cualquiera de los componentes escénicos que han de contribuir al efectismo trágico del devenir de la historia.Porque, además de lo estático del fondo, la escenografía carecía de mobiliario y todos aquellos otros elementos que pudieran ayudar a la definición del espacio. Así, la cena a la que asiste el convidado de piedra se sirve sobre el mismo banco en que ‘Don Giovanni’ se halla sentado y el aterrador infierno no pasa de ser un inocente cuadrado de tela roja que, a fin de cuentas, supuso la única nota de color sobre tan plomizo escenario.En contraste con todo ello, el vestuario de Malabar Limited era el tradicional, colorido y barroco, que cabría esperar para una obra mozartiana. Sin embargo, lo más incomprensible fue la insuficiencia de iluminación que no sólo relegaba -como en justicia merecía- al decorado a tinieblas, sino que impedía una normal percepción de los personajes. Estos, a criterio de la dirección escénica, se vieron contagiados también por la generalizada rigidez. Quede como anécdota final la mención de que las risas del público no vinieron causadas por las inexistentes gracias en la escenificación a las que la obra se presta, principalmente en ‘Leporello’, sino de la lectura de los subtítulos traduciendo al inglés el libreto de Da Ponte.

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