Estados Unidos

Que nadie se duerma

Mar Sancho

martes, 20 de abril de 2004
Miami, FL, miércoles, 14 de abril de 2004. Miami Dade County Auditorium. G. Puccini: Turandot, Drama lírico en tres actos (1926). Libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni. Bliss Hebert, Dirección Escénica. Allen Charles Klein, Escenografía, Vestuario e Iluminación. Anna Shafajinskaia (Turandot), Elena Kelessidi (Liù), Antonio Nagore (Calaf), Kevin Langan (Timur), David Giuliano (Ping), Chad A. Johnson (Pong), Allan Schneider (Pang), Timothy Khun (Mandarin). Coro de la Florida Grand Opera. Director del coro: Douglas Kinney-Frost. Florida Classical Orchestra. Director: .
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Concluyó la presente temporada de la Florida Gran Opera con una Turandot hecha con las mejores intenciones. El esplendor de decorados y vestuarios trataba de compensar las insuficiencias de representaciones pasadas y, en este sentido, los brillos del dragón que conformaba la escena o de la perla de la cual emerge ‘Turandot’ cautivaron a un público a menudo más interesado en la espectacularidad del componente teatral que en la calidad del musical. Junto a la escenografía de Allen Charles Klein –que apenas hubiera dado que hablar en otro teatro pero que arrancó exclamaciones de asombro de los asistentes a éste- hay que reseñar los méritos de la orquesta y el coro, quienes contribuyeron innegablemente a que, en su conjunto, esta última ópera de la temporada resultase interesante. La Florida Classical Orchestra, dirigida por Steward Robertson, desentrañó la música de Puccini de un modo notable, con una muy buena labor de las cuerdas, mientras el coro de la Florida Gran Opera, en esta obra que en la que desempeña un rol protagónico, con su mejor hacer de toda la temporada, estuvo espléndido.Por el contrario, ninguna de las voces fue sobresaliente. La mejor de ellas fue la de Elena Kelessidi en el papel de ‘Liù’. Su buen hacer expresivo, su bella tesitura y una correcta ejecución vocal le granjearon los mayores reconocimientos por parte del público, desproporcionados incluso tras el “Signore ascolta” que fue, a fin de cuentas y junto al “Tu che di gel sei cinta”, el mejor pasaje individual de la noche. Quizás, sin embargo, quepa esperar algo más en el personaje de la amante esclava, clave en esta ópera, y de la propia Kelessidi que venía de cantar a ‘Violetta Valèry’ en el Metropolitan. Anna Shafajinskaia estuvo correcta, no menos pero tampoco más, como ‘Turandot’. La cantante es una habitual en el rol de la princesa de hielo y su buen conocimiento dramático del personaje se plasmó en una espléndida transformación desde la actitud de mujer inflexible a la de sensitiva enamorada. Su voz poderosa, aunque no siempre firme, contribuyó también a dar verosimilitud al papel. Antonio Nagore fue un ‘Calaf’ intrascendente, al que le faltó la personalidad y la fuerza precisas para no quedar eclipsado en determinados momentos por las protagonistas femeninas o por la orquesta. Posee un timbre atractivo y una voz educada que funcionó bien en los registros medios pero que fue incapaz de afrontar los agudos. Este último hecho, en la idea de que es preferible amputar una mano que arriesgarse a perder todo el brazo, le llevó a acortar las notas finales del ‘Nessun dorma’ y el público, en cuyas mentes resonaba al mismo tiempo cualquier mejor versión de la popularcísima aria, lo castigó sin aplausos a su finalización. Tras el dificultoso momento, el tenor se desenvolvió mejor, siempre más favorecido en la boca de la escena que en el fondo, lo que evidencia una vez más que la desafortunada acústica del Miami Dade County Auditorium no realza precisamente las voces. El trío conformado por Ping, Pong y Pang tampoco realizó especiales méritos para destacar y, exceptuando la voz de Chad A. Johnson que hizo las veces de Pong, resultaron anodinos y faltos de la gracia escénica que los roles requieren. Reseñable fue la aportación de ‘Timur’, encarnado por la óptima voz de bajo de Kevin Langan.Con todo, reiterar que, en su totalidad, Turandot resultó lo suficientemente válida como para subir nota y lograr el aprobado general en una temporada un tanto insípida o –me preocupa que la producción más costosa sea precisamente la última- como para que el público se decidiese a renovar, con buen sabor de boca, sus abonos para la próxima. Entretanto, mi visión decimonónica es capaz de hacer un esfuerzo y comprender, e incluso justificar, el marketing al servicio de la ópera, pero definitivamente incapaz de conciliar la idea de una ópera al servicio del marketing.

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