España - Cataluña

La “factoría Jonas” en el Liceu

Pablo-L. Rodríguez
viernes, 13 de marzo de 2009
Barcelona, martes, 3 de febrero de 2009. Gran Teatre del Liceu. L’incoronazione di Poppea (estreno, Teatro Grimani en Santi Giovanni e Paolo, Venecia, temporada 1642-43), Dramma musicale en un prólogo y tres actos. Libreto de Giovanni Busenello basado en los Annales de Tácito, Los doce Césares de Suetonio, la Historia romana de Dion Casio y la Octavia del pseudo-Séneca. Música de Claudio Monteverdi (con algunas partes atribuibles a Francesco Sacrati, Benedetto Ferrari o Francesco Cavalli). Coproducción de la Bayerischen Staatsoper de Múnich y la Welsh National Opera de Cardiff. David Alden, dirección de escena. Paul Steinberg, escenografía. Buki Shiff, vestuario. Pat Collins, iluminación. Elenco: Sarah Connolly (‘Nerone’), Jordi Domènech (‘Ottone’), Franz-Josef Selig (‘Seneca’), Francisco Vas (‘Liberto’, ‘Soldado’, ‘Cónsul’), Guy de Mey (‘Soldado’, ‘Cónsul’, ‘Lucano’, ‘Familiar de Séneca’), Josep Miquel Ramón (‘Tribuno’, ‘Lictor’, ‘Familiar de Séneca’, ‘Mercurio’), Marc Pujol (‘Tribuno’), William Berger (‘Valletto’), Maite Beaumont (‘Ottavia’), Miah Persson (‘Poppea’), Ruth Rosique (‘Drusilla’), Judith van Wanroij (‘Damisela’, ‘Virtud’, ‘Coro de querubines’), Dominique Visse (‘Nodriza de la emperatriz’, ‘Arnalta’, ‘Familiar de Séneca’), Marissa Martins (‘Fortuna’, ‘Pallas’, ‘Venus’). Olatz Saitua (‘Amor’), Elena Copons e Inés Moraleda (‘Coro de querubines’). Orquestra Barroca del Gran Teatre del Liceu. Harry Bicket, dirección musical. Aforo: 2292; ocupación: 70%
0,0004374 Su nombre no figura en el programa de mano, pero el verdadero ideólogo de este tipo de espectáculo operístico donde la práctica musical historicista se da la mano con el Regietheater es Sir Peter Jonas. Su labor como Intendant de la Bayerischen Staatsoper muniquesa hasta 2006 –precisamente donde nació está régie de L’incoronazione di Poppea allá por 1997– conforma uno de los episodios más apasionantes de la historia reciente de la producción operística: un caballero inglés avalado por una brillante gestión al frente de la English National Opera que llegó en 1993 a uno de los bastiones más tradicionales del orbe operístico germano, anclado al pasado en manos de Wolfgang Sawallisch, y que puso todo literalmente “patas arriba” en cuestión de meses. Nadie podrá olvidar en Múnich cómo fue recibida la producción de Richard Jones del Giulio Cesare handeliano con un gigantesco Tyrannosaurus Rex en escena, ni tampoco el tremendo escándalo que supuso la régie de David Alden de Tannhäuser con evidentes alusiones pangermánicas. Sin embargo, lo que para muchos supuso entonces una invasión británica y norteamericana, que alteró la esencia artística centenaria de Múnich como centro operístico, ha terminado por convertirse en un referente especialmente para la ópera barroca; y hoy la recuperación y consolidación en el repertorio de títulos de ese período debe mucho a las ideas y al tesón de este distinguido y encantador Sir británico.


Fotografía © 2009 by Bofill

El pasado verano pude compartir con Jonas varias conversaciones sobre ópera en el marco de un curso veraniego de El Escorial. En ellas me contó muchas anécdotas, ciertamente impagables, acerca de los músicos con los ha tenido la fortuna de trabajar (recordemos que empezó su carrera en los setenta con Solti en el Artistic Administration Department de la Chicago Symphony Orchestra), pero también me explicó de primera mano su visión de un teatro de ópera convertido en foro de ideas artísticas, creatividad e imaginación teatral y no tanto en un lugar para la relajación y el entretenimiento. Esas ideas han tenido un especial florecimiento en las producciones estrenadas bajo su mandato en Múnich de óperas de Monteverdi, Cavalli y Haendel, para las que ha contado con colaboradores estables como David Alden en lo escénico y Ivor Bolton o Harry Bicket en lo musical; así, mientras el primero aseguraba una visión teatralmente fresca y lleva de nuevas ideas de las óperas, Bolton y Bicket fueron capaces de entrenar a una serie de músicos de la orquesta del teatro interesados en la interpretación historicista de este repertorio. Este modelo, que conforma lo que he denominado aquí la “factoría Jonas”, ha tenido en los últimos años una pujante difusión en varios teatros europeos, e incluso también en lugares donde no es habitual la ópera barroca; por ejemplo, en octubre pasado asistí en el Covent Garden londinense a la ópera más antigua allí representada, La Calisto (1651) de Cavalli (curiosamente ningún Monteverdi ha subido todavía a las tablas de la Royal Opera House), en una formidable producción originaria de Múnich [leer crítica] que fue dirigida escénicamente por Alden y musicalmente por Bolton.


Fotografía © 2009 by Bofill

El estreno de L’incoronazione di Poppea en el Liceu ha sido aprovechado por la dirección artística del teatro barcelonés para traer a nuestro país un brillante ejemplo de la “factoría Jonas”. Obviamente estamos ante un título problemático, en donde hoy no resulta fácil admitir la autoría de Monteverdi en muchas partes de la obra, y cuya representación contemporánea implica numerosas decisiones, no siempre aceptables desde el punto de vista musicológico. No obstante, el objetivo de esta producción apunta hacia un espectáculo redondo desde el punto de vista dramático, donde las ideas y motivaciones intemporales del libertino libreto de Busenello, al que Monteverdi (junto a Sacrati, Ferreri o Cavalli) dotó de una música extraordinaria, conecten con el espectador contemporáneo y le permitan poner esta ópera al mismo nivel que cualquier título consagrado del repertorio operístico convencional.


Fotografía © 2009 by Bofill

Para esta producción se ha dispuesto de una pequeña agrupación de instrumentos de época vinculada al teatro barcelonés bajo la dirección de Harry Bicket. Este maestro inglés, que ya dirigió en el Liceu una producción inolvidable de Giulio Cesare en 2001 y que volverá la próxima temporada con L’Arbore di Diana, aporta una visión expresiva y fresca de la obra, dominada por el equilibrio y la continuidad, y donde la música encuentra una perfecta vinculación con lo que sucede en la escena. No obstante, Bicket no consigue la misma energía teatral que Ivor Bolton, cuya dirección musical de esta misma producción en París en 2005 resultó superior (incluso el sello Farao Classics ha publicado una grabación en CD realizada en Múnich en 1997 bajo su dirección que constituye actualmente la referencia fonográfica de esta ópera).


Fotografía © 2009 by Bofill

David Alden se zambulle con total convicción en la dirección escénica de L’incoronazione di Poppea, que considera una de las mejores óperas de todos los tiempos. Su régie trata de conseguir un imposible, es decir, unificar todos los afectos de la ópera; prueba de ello es que la balanza siempre se le inclina más hacia lo cómico y lo burlesco que hacia lo trágico. Sin embargo, en este título quizá ello no sea tan grave, pues consigue mantener de principio a fin un trepidante ritmo teatral que conjuga a la perfección con los papeles principales de ‘Nerone’ y ‘Poppea’, los trágicos de ‘Seneca’ y ‘Ottavia’ y los cómicos de ‘Ottone’, ‘Arnalta’ y ‘Drusilla’. La escenografía de Paul Steinberg combina la sencillez con el diseño colorista y no está exenta de asociaciones curiosas como la de ‘Amor’ subido en una caprichosa puerta giratoria o convertir el suelo del palacio de Nerón en un infinito tablero de ajedrez. Asimismo, el vestuario de Bukki Shiff encaja a la perfección con una búsqueda ingeniosa de combinaciones entre el vestuario moderno estrafalario y el guiño histórico.


Fotografía © 2009 by Bofill

El reparto vocal para esta producción optó por una mezzosoprano para ‘Nerone’ (algo musicalmente más coherente que poner al límite el falsete de un tenor como sucedió hace cuatro años en París con Jacek Lasczkowski) que, aunque inicialmente iba a ser Vesselina Kasarova (que debutaba con ese rol), al final fue Sarah Connolly (también nueva como ‘Nerone’). Y es posible que saliéramos ganando con el cambio pues la británica creó un magnífico personaje depravado y obsesivo, y su actuación fue vocalmente impecable, tanto en los momentos más excitantes con ‘Poppea’ como en los más tensos con ‘Seneca’. Otra de las ausencias fue la de Carlos Mena como ‘Ottone’, al que sustituyó Jordi Domènech con mayor fortuna en lo teatral que en lo vocal. Miah Persson, que debutó con este papel hace tres años en Estrasburgo bajo la dirección de Alessadrini, encarnó una ideal ‘Poppea’ de belleza irresistible y magníficas condiciones vocales, sobradamente demostradas en su primera intervención “Signor, deh, non partire”.


Fotografía © 2009 by Bofill

Uno de los papeles más logrados desde el punto de vista teatral fue la ‘Arnalta’ del genial caricato Dominique Visse, que representó también a la nodriza de Ottavia (convertida en una alocada enfermera) y a uno de los familiares de Seneca (transformados en peculiares empollones), combinando un canto lleno de matices teatrales y líneas a veces un tanto toscas. Maite Beaumont subrayó con acierto lo trágico en los dos monólogos de ‘Ottavia’ del primer y tercer acto, “Disprezzata Regina” y “Addio, Roma”, y Ruth Rosique como ‘Drusilla’ resolvió con solvencia y gracia su personaje. Asimismo, el wagneriano Franz-Josef Selig fue una sorpresa en este repertorio dando vida a un decadente ‘Seneca’ que dotó a su intervención en el segundo acto de un tono intenso y expresivo de gran liederista. Por último, entre los secundarios hay que destacar las magníficas actuaciones de Guy de Mey como patético ‘Soldado’ y alocado ‘Lucano’, William Berger como divertidísimo ‘Valletto’ y Judith van Wanroij como caprichosa ‘Damisela’ y maltratada ‘Virtud’ (cuyas muletas dejaron patente lo mal parada que sale en la trama de la ópera).


Fotografía © 2009 by Bofill

El público fue unánime en aplaudir lo musical y se dividió, como suele en el Liceu, a la hora de valorar la dirección escénica de Alden. No obstante, hasta los más críticos hablaron bien a la salida de la escena final con ese bellísimo dúo entre ‘Nerone’ y ‘Poppea’, “Pur ti miro, pur ti godo” (cuya música no es de Monteverdi), que fue cantado por unas radiantes Connolly y Persson en medio de una espectacular escenografía ajedrezada magníficamente iluminada que quizá haya sido lo más maravilloso visto en lo que llevamos de esta temporada en el Liceu.
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