Obituario

Belleza kantiana

Delfín Colomé (1947-2008)

viernes, 23 de julio de 2004
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Antonio Gades nos ha dejado. El fajador incansable, de tan recio fuste como un minero asturiano, ha sucumbido a la muerte tras una larga enfermedad.

En los obituarios publicados en toda la prensa mundial –que era hombre admirado y querido por doquier- se ha subrayado, sobre todo, que fue un revolucionario de la danza española, del flamenco.

Me gustaría matizar esta afirmación, porque cuando hablamos de revolucionar el flamenco –como lo hizo Camarón en el cante o Paco de Lucia en la música- parece como si nos refiriéramos un hecho artístico estático, que avanza a base de sacudidas periódicas, de inyecciones novedosas que, de vez en cuando, ponen en las venas por donde fluye su sangre, su sentir, su esencia, personajes como los citados.

Pero no es exactamente así, por una razón muy simple. El flamenco es una forma viva, en permanente estado de mutación. Como el resto de las artes, no es un coto cerrado, inerte, sino permanentemente en movimiento, abierto -de par en par- a un hacerse cada DIA, cante a cante, toque a toque, zapateado a zapateado. Incluso quizás mas que aquello que he llamado el resto de las artes, porque el flamenco esta totalmente enraizado en el pueblo, en la calle en la taberna, en el tablao.

Sucede, eso si, que de repente aparecen figuras que, con su aportación personal, saben hacer que el flamenco avance, progrese, se desarrolle. Buenos navegantes –como Antonio era, en sus dilectas aguas de Altea- que saben escorar hábilmente la embarcación para que las velas se hinchen, barrigudas, de buenos vientos que propician la veloz navegación.

Gades aportó al flamenco, a la danza española, dos cosas aparentemente contradictorias. Por una parte, una modernidad conceptual notable, totalmente perceptible –visible, casi palpable- en sus coreografías, en las que, como buen discípulo, rompía con la tradición de sus maestros, incluida la eximia Pilar Lopez, todavía felizmente entre nosotros. Por otra, su discurso coreográfico se basaba, solidamente, en un bien cimentado clasicismo, de singular elegancia –de belleza kantiana, me comentaba ayer una voz amiga- que había aprendido en los años de su fructífera formación en Italia, y que se traducía en el rigor, la seriedad y la calidad de sus trabajos.

Su labor en el cine, de la mano de Carlos Saura, ha sido especialmente espectacular; y la trilogía que ambos forjaron, con Bodas de sangre (1981), Carmen (1983) y El amor brujo (1986) quedará para siempre en los anales de la danza y del cine.

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