Italia

Espiritualidad y dramatismo

Laura Segrè

jueves, 19 de marzo de 2009
Trieste, jueves, 29 de enero de 2009. Teatro Verdi. Aída, ópera en cuatro actos de Giuseppe Verdi con libreto de Antonio Ghislanzoni, estrenada en el Teatro de la Opera del Cairo, Egipto el 24 de diciembre de 1871. Dirección escénica, vestuarios e iluminación: Hugo de Ana. Coreografia: Leda Lojodice. Asistente de la regia: Stefano Trespidi. Asistente de la escena: Filippo Tonon. Asistente de vestuario: Cristina Aceti. Elenco: Sara Galli (Aída), Tiziana Carraro (Amneris), Valter Vorin (Radames), Bruno Caproni (Amonasro), Nikolaj Didenko (Ramfis), Alessandro Svab (el Rey), Gianluca Bocchino (un mensajero), Elizabetta Martorana (una sacerdotisa). Maestro del coro: Lorenzo Fratini, Orquesta y coro, cuerpo de ballet y técnico de la fundación Giuseppe Verdi de Trieste. Director musical: Nello Santi.

Aída es densa de colores, a veces oscura como la noche misteriosa y miedosa, por momentos luminosa, de un rojo que invade toda la escena o por momentos es dorada, porque el oro exalta la victoria. Enormes espejos reflectores engrandecen el espacio escénico que dibuja, y parece que todo está tergiversado, pero en realidad todo es proyectado en una dimensión llena de misterios, de amor y de exaltante triunfo.

Este bello espectáculo es mérito de Hugo de Ana, quien se ocupó de la regia, la escena y la iluminación. Ninguna inconsistencia material o espiritual, todo lo demás, las luces y los reflejos de la imaginación, redoblados por los espejos, eran una expresión simbólica, espiritualizada, del evento, en el que el amor y las sospechas se encuentran, y la exaltación heroica se transformaba en una vida espiritual e intensa. Las pocas luces azules con las que se abría por momentos la escena daban la impresión del misterio, que despierta el miedo e incertidumbre.

Las luces fulgurantes durante la marcha triunfal de Radames fueron una exaltación de la victoria que parecía querer anular el miedo que precedía esa escena. La oscuridad, en la última escena, entre Aída y Radames, donde eran sepultados vivos, era una condición de gran dolor, pero también el elogio de un amor que no puede ser suprimido por la condena proveniente de los hombres.

La protagonista fue Sara Galli, quien dio a Aída una caracterización personal, como si la esclava etiope fuera presa del temor de no ser creída ni entendida, por ello fundía en su canto un conjunto de dulzura y de temor. Su prestación debe elogiarse sin límites, por la penetración psicológica que le dio al personaje y por la intensidad ofrecida con el canto.

Tiziana Carraro fue una Amneris solemne y seguramente robusta de voz. Bruno Caproni se mostró como una Amonasro excepcionalmente vigoroso, por voz y temperamento.

El tenor Valter Borin me pareció mas bien débil, quizás porque fue llamado al ultimo momento, y su Radames aunque no le faltó carácter, no fue vocalmente sonoro. El maestro Nello Santi, quien ya se ha presentado otras veces en Triste, guió la orquesta del Teatro Verdi con extrema claridad, y profunda adherencia a la música de Verdi.

Mencionando algunos factores externos de la representación: los movimientos en escena, como la entrada y salida a escena de los soldados no se hizo de manera tradicional o natural, y la escena del triunfo fue representada con bailadores y bailarinas (con coreografía de Leda Lojodice) que con movimientos delicados y agraciados inundó la escena, llenándola de alegría. Tanto los vestidos, como la misma gestualidad requerida por el regista, me pareció que se trataba más de una cuestión de origen oriental que norteafricano, o quizás algo hindú.

Digo esto no para disminuir el valor de la producción, sino para delinear más la delicadeza que el vigor de la representación.

En suma, esta Aída de Trieste, me ha pareció intensamente autentica y particularmente bella, en cada uno de sus aspectos: el canto, la escena, y la regia, pero también por su espiritualidad y su dramatismo, y fue un éxito meritorio para el publico.

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