Chile

Mudo, consternado, embelesado

ClasicayOpera.cl
martes, 7 de septiembre de 2004
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Santiago de Chile, viernes, 20 de agosto de 2004. Teatro Universidad de Chile. Oratorio ‘Juana de Arco en la hoguera’, de Arthur Honegger. Sonia Petrovna, solista. Coro Sinfónico de la Universidad de Chile, Coro de Niños del Colegio Sagrados Corazones y Orquesta Sinfónica de Chile. Laurent Petitgirard, director (invitado). Temporada Internacional. Programa VII
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En el que, seguramente, será el concierto más recordado y alabado de la temporada 2004, la Orquesta Sinfónica de Chile, el Coro Sinfónico de la Universidad de Chile, el Coro de Niños del Colegio Sagrados Corazones y una gran cantidad de solistas, todos tras la batuta del maestro francés Laurent Petitgirard, brindaron una magnífica versión de Juana de Arco en la Hoguera, oratorio del compositor franco-suizo Arthur Honegger.

Estrenado en Basilea en 1938, Juana de Arco en la Hoguera es, en su aspecto formal, una obra indefinible, que escapa absolutamente a cualquier intento de encasillamiento dentro de escuelas o formas. Se la denomina “oratorio dramático”, es decir, un paso más allá de una forma netamente religiosa y exclusivamente de concierto (que es, por definición, dramática), que integra elementos que, más que dramáticos, deberían denominarse dramatúrgicos. Eso, porque varios de los roles solistas principales están escritos para ser declamados y no cantados. La mezcla que se genera entre oratorio, ópera y teatro le transfiere a la obra gran potencia dramática y una enorme llegada al público. El hecho que el autor, netamente contemporáneo en sus conceptos musicales, haya pretendido utilizar un lenguaje asequible a todo tipo de oyentes colabora en aquello también.

Sobre las tablas del Teatro Universidad de Chile destacó, como ya había sucedido en el concierto previo, por sobre todas las demás, la figura de Laurent Petitgirard. El director francés no solamente expuso el gran trabajo realizado antes de las presentaciones por los músicos (y por él mismo) en el armado de la partitura; realizó una intensa tarea a la hora de la interpretación, empujando a la gran masa de artistas a través de cada uno de los complejos compases de la obra, hasta alcanzar, no sin mucho esfuerzo, su destino, con enorme éxito. Destacó su conducción por este doble trabajo, que muchos directores no se dan, convirtiéndose realmente en un intérprete activo a la hora de la ejecución, que exhibió, nadie podría dudarlo, su conocimiento y relación con la obra.

La Orquesta Sinfónica y el Coro Sinfónico realizaron también magníficos trabajos. La primera, con una concentración inmutable a lo largo de una partitura extensa y que da pocos descansos pues tiene muchos pasajes donde el tejido instrumental se disecciona, debiéndose estar muy atento a las entradas de cada uno de los instrumentos que, especialmente en este caso, deben ser siempre perfectas. Los solistas de la agrupación también mostraron un gran nivel. La actuación del Coro, por su parte, fue especialmente destacable, pues a sus músicos les correspondió la parte más compleja musicalmente hablando. Y a pesar de haber tenido que interpretar hace sólo dos semanas otra obra tremendamente difícil, supieron sortear el desafío. Atendiendo al espíritu de la obra, el Coro no se limitó solamente a cantar las notas indicadas, sino que se comprometió con el rol que les es asignado en el drama, interpretando realmente cada una de sus líneas, como si de un personaje más se tratara.

Para los solistas no hay más que halagos. Los encabezó Sonia Petrova en el papel principal, que supo abordar con maestría inigualable la progresión que hace el personaje de 'Juana de Arco', desde sus anhelos más tempranos hasta el martirio en la hoguera. Su interpretación fue realmente conmovedora, construyendo sobre sí un halo luminoso que la convirtió en la protagonista indiscutida de la noche, dueña su voz de la última y más desgarradora escena, que dejó tras de sí un Teatro mudo, consternado, embelesado.

Debo destacar entre los cantantes al tenor Jaime Caicompai, que con mucho entendimiento de la partitura, sentido del drama y también de la comedia, encaró dos roles absolutamente distintos, ambos con excelentes resultados. Magnífica se vio también a Myriam Singer, que llenó el teatro con su voz generosa. Lo mismo corre también para la contralto Carmen Luisa Letelier, el barítono Leonardo Aguilar y para Nora Miranda y Evelyn Ramírez, que, al menos en mi caso, resultaron ser dos agradables y muy prometedoras sorpresas.

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