Italia

Sobre el papel

Jorge Binaghi
jueves, 28 de octubre de 2004
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Milán, jueves, 21 de octubre de 2004. Teatro degli Arcimboldi. Les contes d’Hoffmann (París, Opéra-Comique, 10 de febrero de 1881), libreto de J. Barbier y M. Carré, música de Jacques Offenbach. Dirección escénica: Alfredo Arias. Escenografía y vestuario: Françoise Tournafond. Intérpretes: Brandon Jovanovich (Hoffmann), Sonia Ganassi (La Musa/Nicklausse), Michele Pertusi (los cuatro diablos), Desirée Rancatore (Olympia), Darina Takova (Antonia), Beatriz Uria Monzon (Giulietta), Rodolphe Briand (los cuatro servidores), Nino Surguladze (la voz de la madre), Andreas Macco (Luther/Crespel) y otros. Coro y Orquesta del Teatro Alla Scala (maestro de coro: Bruno Casoni). Dirección de orquesta: Gary Bertini
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Por casualidad, después de un Offenbach en París me tocó otro en Milán. ‘Su’ testamento, esa obra en la que tanto creyó y trabajó, y que tantos dolores de cabeza da aún hoy día (hace muy poco estalló otra polémica por el supuesto hallazgo de la “versión original”), pero que es la que más firmemente hoy lo representa ante el público contemporáneo, mucho más que las grandes operetas que le dieron dinero y fama en vida. Es un título que me atrae particularmente, de modo que no hace falta mucho para disponerme a un viaje, sobre todo cuando se acaba de ver una muy buena versión de su Grande-Duchesse y puede resultar un pretexto para un viaje a Milán, en el último espectáculo anterior al regreso esperado a la sala remozada de Piermarini.

Aparte de estos elementos, musicales y no, el principal motivo de atracción era la intervención en el papel protagónico de quien a mi juicio es no sólo el mejor tenor italiano de hoy para ópera francesa, sino simplemente un gran tenor (de voz poco bella, pero de estilo, técnica y actuación notables): Giuseppe Sabbatini. Creo que es un artista responsable, pero se cuenta que llegó con tres semanas de retraso a los ensayos y se marchó casi enseguida. Me disgustaría que fuera cierto, más que por el frustrado ‘Hoffmann’, porque significaría que hay un cantante relevante de sólida y seria reputación, que resulta otra víctima de lo que queda del divismo hoy -el malo, el malentendido- al que contribuyen tanto algunos de los buenos, sobre todo del pasado reciente, y unos cuantos de los no tan buenos -o que podrían serlo, pero no llegan precisamente por su irresponsabilidad- del hoy.

En cualquier caso, los desengaños son siempre bienvenidos: no sólo habrá que afinar más y buscar -en lo posible- más garantías cuando se viaja para un espectáculo, sino que, a mi pesar, he decidido agregar este título a la cada vez más larga lista de aquellos que, por haber visto muchas veces y varias bien hechos, y porque son tan importantes, por imposición de las circunstancias coloco entre paréntesis.

Porque no hay cómo justificar, en la Scala, esta reposición. Si fuera en una temporada de verano, o en un teatro de otra categoría, sería una versión correcta, buena, interesante, discreta -según los casos. Aquí, resulta descolorida, injustificada y -el peor de los pecados- entre intrascendente y aburrida. Lo que quiere decir, además, que basarse en el protagonista no basta.

Y buscar a Sonia Ganassi para el acompañante en travesti y la musa no basta. Si este personaje es lo mejor de todo, de lejos, la obra no se tiene en pie. Y Ganassi estuvo sensacional y obtuvo un gran aplauso en el aria del acto de Antonia (por lo demás, se utilizó la versión Choudens): el aplauso de la noche, merecidísimo, pero que indica que el resto no estuvo a la altura. Y debería estarlo o sobrepasarlo. Cuando termina la introducción y el aria de ‘Antonia’ y uno mira el reloj y piensa que nunca le pareció largo, en realidad queda poco por decir.

Takova no cantó mal, y en general -salvo algún agudo tirante y un trino final poco feliz- lo hizo bien aunque poco se le entendió -no fue la única en eso. Uria Monzon, vestida como Carmen Miranda, fue una ‘Giulietta’ vociferante y destemplada (la parte es de soprano y no de mezzo, además) y muy inferior a Surguladze en “la voz” (así dice el programa, pero no era Sinatra, sino la madre de Antonia). Los papeles menores fueron interpretados modestamente; el mejor, pero en absoluto memorable, fue Briand en ‘los cuatro servidores’ y si Macco fue un buen ‘Luther’, su ‘Crespel’ resultó poco feliz vocalmente.

Lo que nos deja a Rancatore y Pertusi. La primera fue una muy buena ‘Olympia’ (la segunda ovación de la noche, pero últimamente veo que se cante como se cante el papel, el aplauso está asegurado), segura técnicamente aunque el extremo agudo resulte por momentos metálico y haya algún grave que antes no había en su voz y que aquí no es lo más apropiado. También buena actriz, dentro de una puesta y marcación que se nota tremendamente envejecida y en cualquier caso poco feliz por exceso de detalles y de movimiento, y defecto de imaginación y de sentido.

El bajo es un actor notable y dice bien: su ‘Lindorf’ y su ‘Coppelius’ fueron excelentes aunque no los pudo diferenciar demasiado nunca -supongo que también por la puesta, ya que lo he visto en otras ocasiones mucho más imaginativo- y con el paso de la función fue añadiendo risotadas de estilo verista poco convincentes. Justamente cuando la tesitura empezaba a ponerlo a prueba en volumen y espesor (acto de Antonia, donde su ‘Miracle’ fue bueno, pero padeció del volumen de los otros cantantes, particularmente sus colegas femeninas en el gran trío), y en extensión (‘Dappertutto’ es el espíritu del mal que menos le conviene vocalmente y el esperado -qué le vamos a hacer, así es- ‘Scintille, diamant’ fue opaco hasta la desdichada nota final).

Queda el coro -muy bien, pero a veces un poco por debajo de su volumen habitual- y la excelente orquesta dirigida por un Gary Bertini incapaz de diferenciar los diferentes actos que hizo de una partitura que bulle de vida algo uniforme y somnoliento. ¿He olvidado al protagonista? No; es algo injusto para el joven Jovanovich, propulsado a salvar el espectáculo -para las próximas funciones se anuncia la llegada de Marcus Haddock: magnífica figura, buen francés, enorme centro ..., pero ni un agudo. Es decir, cuando lo intentó, así como cantar o frasear con alguna sutileza y a media voz (el acto de Antonia es en esto implacable), el resultado fue preocupante, porque los medios parecen ser de importancia. Luego de un intervalo interminable se anunció su indisposición repentina antes del acto veneciano y del epílogo: honestamente, no oí nada diferente, aunque el cantante estaba visiblemente cansado.

Espero que este no sea mi ‘adiós’ definitivo a Hoffmann, pero me parece que el ‘hasta la vista’ con el que me despedía hasta ahora será un tanto más largo a menos que ocurra un milagro de esos en los que siempre se puede esperar, pero que muy raramente se verifican.

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