España - Madrid

A tu lado, los años no pasan

Raúl Martínez

jueves, 25 de noviembre de 2004
Madrid, miércoles, 17 de noviembre de 2004. Auditorio Nacional, Sala Sinfónica. Joshua Bell, Violín. Orquesta sinfónica Chaicovsqui de la Radio de Moscú. Vladimir Fedoseyev, Director. Ruperto Chapí: Obertura de la ópera ‘Roger de Flor’; Piotr Illich Chaicovsqui: Concierto para violín y Orquesta en Re Mayor Op. 35; Sinfonía ‘Manfred’ en si menor Op. 58. 9º Ciclo Complutense de Conciertos. Ocupación 90%
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Un sonido espectacular, una presencia sobre el escenario, una técnica apabullante y alguna que otra guarrería descontrolada fueron las notas predominantes  que sacaron a escena hasta en ocho ocasiones al violinista americano Joshua Bell tras su interpretación del Chaicovsqui en el 9º Ciclo Complutense.

Colocados a la alemana los acompañantes de Bell, la Orquesta Sinfónica Chaicovsqui de la Radio de Moscú  ofrecieron un hermoso programa al público que medio abarrotaba la sala. Gracias a esa hora imposible que no perdona los medios de transporte públicos, se hace de notar que todos los conciertos de segunda sesión en la sala normalmente  tienen media entrada al primero, cosa que habría que tener en cuenta vistas las características de lo anunciado previamente y lo que podía haber sido, y sin asombrarse, lleno  casi absoluto.

No es la primera vez ni la última, esperemos, que en Madrid se escuchaba la Obertura  Roger de Flor, por lo que el Maestro Chapí se está empezando a convertir en un más que recurrido reencontrado sinfónico. Y buena fue la interpretación  que nos dejó la formación rusa a las órdenes de Vladimir Fedoseyev,  que con su gran habilidad tildó a la no sencilla partitura de cierta sustancia que daba a la misma aires renovados, o por lo menos caracteres de tempos que se adaptaban bastante bien  a la misma. Si durante toda la sesión los maestros que se sentaban en el escenario demostraron garra y mucha fuerza con su compositor, para con el nuestro no fue menos y  por ahora juzgo esta versión aquí escuchada como una de las más bonitas que servidor ha podido escuchar.

Y es que con facilidad  y con total desvergüenza, la Roger de Flor podía meterse en el repertorio internacional: ecos Meyerbeerianos, densidades  románticas, instrumentación audaz y efectos varios. Todo ello si hay una buena lectura como la que hizo  Fedoseyev, y si al caso le sumamos que la orquesta se comportó muy dignamente, cosa que no ocurrió al acompañar a Joshua Bell.

El americano sacó lo mejor de sí mismo en el Concierto  para violín de Chaicovsqui, una partitura a la cual nos tiene más que acostumbrados el divo. Y es triste pensar que éste, a la música me refiero, fuera tachado de trivial cuando hoy es una de las más aclamadas obras de  repertorio; nadie, hasta que te acercas a la obra, sabe donde está la supuesta rúbrica del diablo.

Con un atractivo más que deseable para cualquier hombre de la edad del violinista, que parece otro más de los freaks de La muerte os sienta tan bien de Zemeckis, no tiene que envidiar musicalmente a ninguno de sus contemporáneos en la escena; Y es que tiene un sonido espectacular, el instrumento  más que equilibrado permite que los cambios de cuerda sean casi imposibles de notar si no se le está visualizando. Ahora, su problema lo tiene en que no se sabe si está estancado en su interpretación porque mientras otros evolucionan a más, algunos por el contrario a menos, Bell desde que tenía sus catorce añitos se ha quedado en un estatus interpretativo que ni para bien ni para mal desliga a su persona del mismo, provocando que las grabaciones que realizaba antaño en los 90 sean interpretativamente igual a los directos.

Ahora, impecable el Chaicovsqui, con alguna gorrinada de escala  que hacía de los cambios de posición un peligroso juego en el acero y sin red.

Tras la interpretación del americano, terrible la estampida de violinistas diletantes  con sus estuches que creyeron personificar en Bell el dueño del palmarés nocturno. Sin comentarios, la Manfred que le traguen los demás que es un rollazo.

Por tanto, con una considerable reducción de la entrada, llenó la noche otoñal una estupenda Manfred Op. 58. Brilló con fuerza la orquesta, la cual en el concierto había apagado todo volumen, y ejecutó la partitura con mucho gusto. Fedoseyev fue el artífice del gran éxito, mostrando una técnica en dirección a la búsqueda de frases con gestos más que efusivos y un dominio de los planos sonoros, que hacía de la bacanal címbrica del ruso un placer sonoro. Equilibrio, cosa que faltó en el concierto entre solista, director y orquesta, fue la nota predominante a lo largo de toda esta segunda parte.

Por esta orquesta no pasan los años, buen sabor. Y él, ¿18 aún?.

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