España - Madrid

Juventud, divino tesoro...

Raúl Martínez

viernes, 26 de noviembre de 2004
Madrid, jueves, 18 de noviembre de 2004. Auditorio Nacional, Sala Sinfónica. Joshua Bell, Violín. Orquesta sinfónica Chaicovsqui de la Radio de Moscú. Vladimir Fedoseyev, Director. W. A. Mozart: Sinfonía ‘Haffner’ nº 35 en Re Mayor Kv 385; Felix Mendelssohn: Concierto para violín y Orquesta en Mi menor Op. 64; Johannes Brahms: Sinfonía nº 4 en Mi menor Op. 98. 9º Ciclo Complutense de Conciertos.Ocupación 85%
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Con una estructura tal y como el día anterior el Ciclo Complutense nos había presentado, la Orquesta Sinfónica Chaicovsqui de la Radio de Moscú  salió a escena esta vez con la Haffner del salzsburgués como obertura para la sesión  de la cual el público había huido, pero por razones extramusicales y visto el caos que se puede montar en Madrid si se da un apagón  de las características del que ocurrió esa misma tarde, dejando a media capital sin luz y con el alma en vilo no sea que haya sido algo más grave.

Subsanada la cuestión , que mejor para relajarse que unas horitas atascados en la M-30 porque el metro en casos de cortes de energía eléctrica puede convertirse en un infierno; eso pensaron unos, y servidor se alegró de ir al Auditorio sin problemas

Así que, con una entrada considerablemente menor  y sin la estampida de violinistas tras el solista, la noche siguió su andadura prevista.

Quizás, la dirección de  Vladimir Fedoseyev la noche anterior podía haber dado indicios de romper con el mundo galante y romantizar al máximo la sinfonía mozartiana, además de ver que en escena aparecían lugares para 12’12 violines –cosa tremenda- lo que daba lugar  a un cierto desaire musicológico. Sin embargo, se imprimió una notable y ligera  dirección que hizo de la lectura de la obra de  Mozart una preciosa visión galante la cual los músicos adaptaron. De nuevo muy equilibrados, recorrieron con mucho cuidado los cuatro tiempos de la sinfonía vienesa, maravilla que el público aceptó frío ya que se pretendía uno calentar con la salida de Joshua Bell. O lo mismo la calefacción no funcionaba con lo del apagón, ¡Vete tú a saber!.

El americano, esta vez preocupado por su rebelde flequillo no ofreció un gran Mendelssohn puesto que en todo momento se encontró fuera de lugar y la delicadeza que requiere esta obra se tornó  a ratos violenta con la mano izquierda; con el arco muy machacón, el concierto no tuvo la gran calidad a la que el intérprete nos tiene acostumbrados, aun cuando en el  primer tiempo tomó el tema principal en un delicado  mezzopiano que ponía los pelos de punta, entorpeciéndose cada vez más con el arco y dejando restos de bellos momentos sofísticos sin sentido musical alguno.

La característica primordial de Joshua Bell es un sonido precioso  y no se puede negar que este mago del violín fue en muchas ocasiones el líder indiscutible en esta virtud. No así lo fue de nuevo en mostrar más, sino que estancado en su lenguaje de nuevo casi se pudo escuchar de manera histórica en un Auditorio su versión con Norrintong, la que le valió el Grammy,  divino tesoro ello.

Acabó su actuación con una pequeña pieza de la Banda Sonora Original de El violín rojo de John Corigliano, interpretando la que ha sido su melodía, como fue la de La Lista de Schindler de Perlman.

La sinfónica de la radio de Moscú se despidió de Madrid con la cuarta de Brahms. Si las notas al programa podían llevar a cualquiera a la confusión, no se sabe que versión o que número de sinfonía escucharía la redactora, más aun confundía el gesto del director que  sus pupilos seguían a la perfección. De nuevo, un gran equilibrio y un empaste absoluto en los diversos planos, que dejaban al descubierto un trabajo  sujeto por alfileres  en el acompañamiento del solista.

De entre todos los tiempos, el comienzo fue absolutamente conmovedor, verdadera esencia que se iba a desarrollar en los siguientes y motor de unión de toda la obra. Y, como  no, un cuarto movimiento contundente  que mostraba la profesionalidad de la orquesta, para nada diezmada por los extensos programas que acababan de realizar en los dos días.

Constancia sonora  y fuerza desde el principio hasta el final que el público agradeció con apasionados aplausos y que ellos correspondieron con  diversos bises.

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