Argentina

¿Dance in Venice?

Gustavo Gabriel Otero
lunes, 29 de noviembre de 2004
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Buenos Aires, martes, 23 de noviembre de 2004. Teatro Colón. Benjamin Britten: Muerte en Venecia (Death in Venice). Ópera en dos actos. Libreto de Myfanwy Piper, basado en la novela Der Tod in Venedig de Thomas Mann. Estreno Sudamericano. Alfredo Arias, dirección escénica. Roberto Platé, escenografía. Françoise Tournafond, vestuario. Jacques Rouveyrollis, iluminación. Diana Theocharidis, coreografía. Nigel Robson (Gustav von Aschenbach), Jason Howard (el viajero, el viejo galán, el viejo gondolero, el gerente del hotel, el peluquero del hotel, el líder de los cantantes, la voz de Dionisio), Franco Fagioli (la voz de Apolo), Gabriel Centeno (el portero del hotel), Susana Moreno (una vendedora de frutillas), Gisella Barok (una vendedora de puntillas), Vanesa Mautner (una mendiga), Carlos Natale (fabricante de vidrios), Nahuel Di Pierro (joven empleado inglés), Corina Díaz (dama danesa), Carmen Nieddu (una madre rusa), Kathryn Power (una dama inglesa), Claudia Arce (joven francesa), Cecilia Aguirre Paz (vendedora de diarios), Gabriela Anapios (música ambulante), Cecilia Jakubovicz (una madre francesa), Myriam Casanova (una madre alemana), Laura Cáceres (niñera rusa), Garbis Adiamanian y Ruperto Martínez (dos americanos), Gianni Summa, Norberto Marcos y Marcos Padilla (tres gondoleros), Darío Paggi (músico ambulante), Christian Reyes (mozo del restaurante, camarero del barco, mozo del hotel, sacerdote de San Marco), Norberto Marcos (marinero del Lido), Sebastián Sorarrain (un padre polaco), Julio Palacios (un padre alemán), Mario De Salvo (un padre ruso), Gustavo Zahnstecher (un guía de Venecia), Pablo Tellechea (Tadzio), Estela Erman (madre de Tadzio), Gabriela Nuñez y Camila Danelli (las dos hermanas de Tadzio), Lillian Puhlmann (la institutriz). Coro Estable del Teatro Colón (Director del Coro: Alberto Balzanelli). Orquesta Estable del Teatro Colón. Dirección Musical: Steuart Bedford.
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Si rápidamente nos pidieran nombrar un par de operistas, con actuación principal en la segunda mitad del siglo XX, que debieran quedar en los mejores lugares de la historia de la música de ese período no cabe duda que uno de los mencionados sería Benjamin Britten (1913-1976). Ya desde Peter Grimes su éxito es indiscutido y con esta obra comienzan a perfilarse dos temas que serán recurrentes en gran parte de sus óperas: el mar y el protagonista incomprendido.
Muerte en Venecia trata del escritor Gustav von Aschenbach, quien en un período de crisis creativa decide viajar a Venecia para tratar de reencontrar su inspiración. En lugar de hallar el ansiado descanso asistimos a su degradación psicológica y física provocada, entre otras cosas, por su deslumbramiento por la belleza de Tadzio, un adolescente polaco que está con su familia en el hotel.
Se trata de un drama íntimo y psicológico que se desarrolla casi completamente en la mente del protagonista, por eso su falta de acción dramática, pero este estatismo está compensado por la riqueza de la orquestación y de sus construcciones tímbricas, por la excelente y bien planteada percusión y por su modernismo sin concesiones.

La Puesta

Alfredo Arias es un profesional de destacada trayectoria internacional a la que no es ajena su vocación por la transgresión que suele administrar, como pocos, con sabiduría y buen gusto. En esta oportunidad, sin embargo y a pesar de algunos hallazgos puntuales, parece haber caído en su propia trampa.

Tanto en la novela de Mann como en el libreto de Piper -y, aún tratándose de manifestaciones artísticas de naturaleza diferente, no es posible dejar de lado la traducción visual de esta historia realizada por Luchino Visconti-, Tadzio es un pre-adolescente de aspecto andrógino que con sus circunstanciales amigos de vacaciones comparte los juegos cargados del aún inocente erotismo propio de esa edad (propio de esa edad a comienzos del siglo pasado, claro está). Esta condición es la que atrae a von Aschenbach y lo envuelve en su propio trágico juego de contradicciones y ambigüedades.

En la visión de Arias, los pre-adolescentes han crecido más de la cuenta y han reemplazado sus juegos por exhibiciones gimnásticas, lectura que si bien es aun una de tantas posibles y válidas, lleva la elección de von Aschenbach a un plano diferente. El juego, reemplazadas las contradicciones originales y privado de sus ambigüedades, parece haber perdido la poesía de que Britten quiso impregnarlo.

Párrafo aparte merece la inclusión de los números de danza, buen trabajo de Diana Theocharidis que a fuerza de ubicuidad impide hallar un hilo conductor que justifique su presencia en escena y conduce paulatina e inexorablemente al hastío hasta convertir la obra en una especie de ballet con tenor solista.

Roberto Platé situó dos pares de descomunales columnas de aspecto vagamente bizantino en ambos lados del escenario para enmarcar telones de fondo de calidad dispar (el interior y el exterior de San Marco, la visión de la isla desde el mar, una sala de fiestas, la playa, un pesado velo negro que tapa lo anterior) que fueron iluminados en forma anodina por Jacques Rouveyrollis.

Para sumarse a una puesta controversial, que poco ayudó a la comprensión de la obra, el vestuario de Françoise Tournafond resultó una combinación y yuxtaposición de estilos y períodos históricos sin ninguna coherencia.

La versión

No puede negarse el conocimiento que de esta partitura tiene el maestro Steuart Bedford, esto redundó en una versión musical de la mayor calidad con muy buena respuesta de la Orquesta Estable, para los tiempos que corren, y de la multitud de solistas.

El tenor Nigel Robson, que hacía su debut en el rol de 'Gustav von Aschenbach', efectuó un trabajo de primer orden. Tuvo la necesaria desenvoltura escénica para realizar los movimientos planteados por Arias además de una excelente interacción con su 'doble' mudo con el cual habla, discute o flagela. Vocalmente administró con sabiduría sus recursos para lograr una notable gama de inflexiones con una expresividad sorprendente.

El barítono Jason Howard a cargo de los siete personajes que van llevando al protagonista hacia su inexorable y trágico destino mostró belleza de timbre, buena afinación, fraseo expresivo y adecuado volumen. Logró dar el tono necesario a sus distintos personajes, que parecen ser no más que uno, permaneciendo en escena siempre como un artífice de la muerte que espera al protagonista.

De la treintena de roles menores, servidos adecuadamente por el elenco, debemos destacar por su mayor presencia dramática y su calidad vocal al contratenor Franco Fagioli de registro bello y homogéneo, al tenor Gabriel Centeno de sobrio y aplomado desempeño y al bajo Nahuel di Pierro por su expresividad y emisión.
Irregular, como en los últimos tiempos, el desempeño del Coro Estable y muy bien pensado el cambio de colores en los caracteres del sobre-titulado (amarillo para los soliloquios del protagonista y blanco para el resto de los diálogos).

En suma: el estreno de una gran obra del siglo XX servida con calidad musical y desnaturalizada en sus aspectos escénicos.

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