España - Madrid

Buena música, bien tocada, en un ambiente mágico

Juan Krakenberger
jueves, 20 de enero de 2005
Madrid, lunes, 17 de enero de 2005. Museo del Prado - Sala 12. Ciclo: El sonido de la imagen (II)– Escuela Superior de Música Reina Sofía. Obras de Ravel, Debussy, Albéniz, Rodrigo y Turina. Dobrochna Banaszkiewicz, Pablo Martín, violines, Enrique Bernaldo de Quirós, Laia Masramón y Duncan Gifford, piano. Aforo: 100%
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Por segunda vez tuvimos el privilegio de oír buena música, tocada a pocos metros de Las Meninas, en esta sala de pinturas únicas de los grandes genios del arte español. Las interpretaciones fueron de primera calidad, sin excepción, y se oyeron obras muy conocidas y menos conocidas, éstas también de indudable valor. ¿Por qué será que obras francesas de igual categoría artística se conocen mejor que sus congéneres españolas? Menos mal, que la inteligente programación de éste concierto – y los demás del ciclo – nos aproximan a obras de compositores españoles injustamente relegadas. Veremos:

El joven pianista Enrique Bernaldo de Quirós (Madrid 1981) abrió la velada con una de las geniales composiciones de Mauricio Ravel, La alborada del Gracioso, obra técnicamente muy exigente: abrir un concierto con esta obra requiere mucho coraje y un control férreo. Quirós dominó la materia sin problema alguno, y nos brindó una versión llena de empuje rítmico, de colores vivos, y de transparencia luminosa. Le siguió otra melodía muy bella de Ravel: la Pavana para una infanta difunta, igualmente vertida con mucha musicalidad y sonido ensoñado, y que cobró un particular encanto contemplando a las Infantas en los cuadros que enmarcaban el concierto. Y luego, 3 Preludios de Claude Debussy, otros tantos “cuadros”: “La fille aux cheveux de lin”, “Danseuses de Delphes” y para terminar su actuación, “La puerta del vino”. Excelente actuación de un joven pianista español, que fue muy aplaudida por el público asistente.

Le siguió la pianista catalana Laia Masramón (Barcelona 1981) que nos brindó tres piezas de Iberia de Isaac Albéniz, a saber: 'Evocación', 'Rondeña' y 'El Albaicín'. Qué bien escritas estos trozos, de un pianismo a la altura de las creaciones de los célebres franceses que abrieron el programa, pero menos conocidas que aquellas. Laia Masramón las tocó con pleno conocimiento, buen estilo, perfecto dominio de la materia, sacando a relucir las líneas melódicas de entre la trama sonora multicolor que Albéniz sabía extraer del piano. Supo sacar muy buen partido de los elementos rítmicos de 'El Albaicín' y hizo gala de una respiración de largo aliento al preparar muy gradualmente el clímax final. ¡Brava!

Durante los 30 años largos que resido en España, nunca había escuchado el Capricho para violín solo, que Joaquín Rodrigo compuso en 1944. ¿Será posible que hacía falta una institución como la Escuela Reina Sofía para que haya alguien capaz de tocarlo? Dobrochina Banaszkiewicz (Polonia 1979) nos la interpretó con todo el virtuosismo que requiere. Fue estrenada en su día por Enrique Iniesta (que poco después emigró a Chile y Argentina) y revisada posteriormente por Agustín León Ara, vinculado familiarmente con el compositor. La obra hace una excelente impresión: tiene mucha frescura, aprovecha muy bien las posibilidades del violín, y es inconfundiblemente española. Merece que se toque con más frecuencia. Pero no es de fácil ejecución, y la joven violinista polaca nos rindió una versión técnicamente limpia y con el temperamento adecuado para esta música viva y atractiva.

Y para terminar – debido al recinto, y por razones de seguridad, estos conciertos no tienen intermedio – oímos una excelente versión de la preciosa Sonata española op 82, de Joaquín Turina, tocada por el dúo que forma Pablo Martín (Cádiz 1985) y Duncan Gifford, el pianista australiano, profesor acompañante de la cátedra de violín de José Luis García Asensio. Otra obra que merece ser tocada con mayor frecuencia – por su frescura, su fácil inspiración, se sitúa entre lo mejor que fue escrito en aquella época para violín y piano. Tiene tres movimientos, a saber: 1) Lento con variaciones, 2) Vivo y 3) Adagio. Allegro moderato. El segundo movimiento es un breve brochazo muy pícaro, seguido por ese breve Adagio que introduce el Allegro final, muy inspirado, por cierto, y de unas melodías inconfundiblemente de Turina. La versión fue ejemplar: Pablo Martín hizo gala de un bello sonido, de unos “rubati” finamente insinuados, y de una nostalgia melódica, imprescindible para dar vuelo a esta bella música. Y el acompañamiento de Gifford no se quedó a la zaga: una colaboración ejemplar. Deberían grabar esta obra en disco – no conozco ninguna versión comparable.

Todos los solistas tocaron de memoria. Todos fueron efusivamente aplaudidos por el público que llenó la sala y que salió visiblemente satisfecho. El programa, muy bien presentado en un librito que abarca todo el ciclo, con acertados comentarios y los textos de las canciones que se cantarán en el tercer programa, es producto de una feliz colaboración entre el Museo del Prado y la Fundación Albéniz, dos punteros de la vida cultural cuya importancia queda evidente ante resultados tan satisfactorios. En breves palabras, una representante del museo nos dijo al principio que el Museo tiene la intención de intensificar las audiciones musicales. ¡Bien venido sea!

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