Alemania

Un carnaval malogrado

J.G. Messerschmidt
martes, 22 de febrero de 2005
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Múnich, sábado, 5 de febrero de 2005. Prinzregententheater. Coro de la Radio de Baviera. Orquesta de la Radio de Múnich. Heidi Wolf, soprano. Jörg Brückner, tenor. Gisela Uhlmann, contralto. Monika Schmitt, mezzosoprano. Jutta Bethsold, contralto. Udo Mehrpohl, maestro del coro. Stefan Solyom, director. Winfried Fechner, presentación. Programa: Johann Strauss hijo: Vino, mujeres y canto, vals op. 333; selección de la opereta Una noche en Venecia (Frutti di mare - Ach wie so herrlich - Die Tauben von San Marco - Sie sagten meinem Liebesfleh’n); Marcha Egipcia op. 335; selección de la opereta El barón gitano (Wer uns getraut? - Auf, auf, auf! Vorbei ist die Nacht); Nueva Viena, vals op. 342; selección de la opereta El murciélago (Obertura – Ein Souper heut uns winkt – Ich lade gern mir Gäste ein – Spiel ich die Unschuld vom Lande – Im Feuerstrom der Reben); Polka de Ana; Junto al bello Danubio azul, vals op. 314. Eduard Strauss: Vía libre, polka op. 45. Hans Christian Lumbye: Galop del champaña, op. 14. Friedrich Fahrbach: Lach-Polka
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Pocas zonas del repertorio musical más tradicional son tan engañosas como el ámbito de la opereta y de la música de danza vienesa. Su aspecto inofensivo, su aparente 'simplicidad', su aire de ingenuidad, ocultan unas aguas erizadas de escollos en las que, si el intérprete no es un experto, o como mínimo un navegante avisado y consciente del riesgo, el naufragio está garantizado. La música de Lanner, Strauss, Léhar, Ziehrer, Millöcker, Fall, Fahrbach, Fucik o Komzak, por nombrar sólo a los más célebres de toda una pléyade de compositores 'ligeros', hay que llevarla en la sangre, por haber crecido con ella desde la cuna, por haberla estudiado con ahínco o, mucho mejor, por ambas causas. Quien no se la toma en serio, paga por ello. No basta con leer la partitura y seguirla; hay que ser consciente, como en ningún otro género musical, de que lo verdaderamente importante es lo que el compositor dice entre líneas, o, hablando con propiedad, 'entre notas'.

En Strauss, tras la aparente banalidad y más allá de las diferencias evidentes, se esconden casi tanta ironía, humor, poesía, refinamiento compositivo y melancolía como en Mozart. Afortunadamente para los directores que creen que interpretar un vals de Strauss es coser y cantar (también hay intérpetes que creen que Mozart es muy 'fácil'), cada día es más reducido el número de oyentes verdaderamente familiarizado con este tipo de música. El Concierto de Carnaval del Coro de la Radio de Baviera, acompañado por la Orquesta de la Radio de Múnich, dos conjuntos excelentes y con probadísima experiencia en la materia, podría haber sido un bocado exquisito para amantes del vals, la polka y la opereta.

Desgraciadamente los buenos ingredientes reunidos no fueron aprovechados por el director sueco Stefan Solyom, quien tal vez no conoce suficientemente el género o, lo que es peor, quizás no se tomó la labor lo bastante en serio. El joven maestro, de veinticinco años, llegó a Múnich con las mejores cartas de presentación: muy celebrados conciertos al frente de las orquestas de la Radio de Franfurt y de la Radio de Leipzig, colaboración con solistas igualmente jóvenes pero ya de enorme talla, como por ejemplo Julia Fischer, exitosas experiencias en el campo de la lírica como director invitado de la Ópera Real de Estocolmo, etc. Pero estos títulos no son ningún bote salvavidas en caso de naufragio 'musical', y este concierto no fue otra cosa.

Ya desde la primera obra, el vals Vino, mujeres y canto en versión para orquesta y coro a cuatro voces, se pusieron de manifiesto imperfecciones que continuaron presentes a lo largo de toda la velada, por lo que sería redundante entrar en un comentario pormenorizado de la interpretación de cada pieza. Lo primero que se pudo percibir fue un enorme desequilibrio entre las voces de la orquesta: en muchísimos pasajes la percusión y los metales ahogaron literalmente a las cuerdas. En general, las intensidades sonoras no bajaron del mezzoforte y a menudo se desbocaron en fortissimi injustificables. Stefan Solyom no demostró precisamente mucho conocimiento del estilo de los autores interpretados, ni mucha pericia en resolver los problemas que presenta. Esto fue especialmente patente en su poca destreza para configurar transiciones de una frase a otra, de un tiempo a otro.

Tales pasajes, que en este género deben ser mimados y tratados con exquisitez, fueron resueltos, simplemente, mediante saltos abruptos. Si hemos de guiarnos por los resultados obtenidos en este concierto, conceptos tan variados y fundamentales como diminuendo, crescendo, accelerando, rallentando, cantabile, fraseo y algunos más, parecen no formar parte del vocabulario musical del joven director sueco. En el plano rítmico Solyom se limitó a marcar los tiempos fuertes diferenciándolos de manera algo rudimentaria de los débiles en cada compás, pero sin ir más allá, sin preguntarse qué es lo que hace de un vals un vals (además del hecho de estar escrito en tres por cuatro) y de una polka una polka.

La falta de un concepto estilístico elaborado, de unas mínimas premisas básicas sobre las que construir un discurso melódico, tuvo como consecuencia que la música saliera en todo momento como un chorro de sonido mal controlado, ruidosa, plana y machaconamente rápida, como si hubiera sido escrita sólo para satisfacer a un público de discoteca, hambriento de vértigo y decibelios. La impresión que tuvimos fue la de un enorme malentendido, pues en vez de jolgorio lo que se ofreció fue pura ramplonería. Los brincos y aspavientos de Stefan Solyom en el podio añadieron al espectáculo una nota cirquense.

Naturalmente, en estas condiciones el rendimiento de la orquesta estuvo por debajo del habitual. El coro, sin embargo, demostró su enorme calidad, que en algunos momentos alcanzó niveles verdaderamente gloriosos. Los solistas vocales fueron, en general, discretos sin más. La presentación del evento estuvo a cargo de un chispeante Winfried Fechner, quien, como es habitual en este tipo de conciertos festivos, introdujo las piezas interpretadas con anécdotas y comentarios, a menudo hilarantes, relativos las circunstancias de su composición y a la vida de sus autores.

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