España - Aragón

Frivolidad

Carlos García de la Vega

viernes, 11 de marzo de 2005
Zaragoza, martes, 8 de marzo de 2005. Auditorio, Sala Mozart. Klassiche Philarmonie Bonn. Chur Cölnischer Chor Bonn. Olga Pertyatko, soprano. Julia Grinjuk, mezzosoprano. Marco Jentzs, tenor. Sea-Hawn Ahn, bajo. Heribert Beissel, director. G.B. Pergolesi: Stabat Mater. W.A.Mozart: Missa Brevis en Re Kv194. F. J. Haydn: Misa en Re “Nelsson-Messe”. Aforo, 1992. Ocupación: 95%

Por empezar con lo bueno, el sonido tanto del coro como de la orquesta fueron casi excelentes. La cuerda era homogénea y limpia, los vientos cuando salieron en la segunda fueron perfectos, las mujeres del coro hacían un unísono casi celestial, y los hombres, aunque poco más justos, conseguían el sobresaliente también.

Respecto a los solistas, hay que decir que las dos chicas fueron claramente superiores a los chicos. Olga Peretyatko tiene una voz tersa y amplia, emite bien, y no pierde ni en los agudos ni en los graves la intensidad de la zona central. Quizá abuse un poco del vibrato, utilzando hasta la mandíbula para potenciarlo, pero cada una de las muchas intervenciones solistas que ha tenido esta noche han sido redondas por el instinto musical con que las ofrecía: Una cantante estupenda.

La mezzo, Julia Grinjuk, quizá haya sido menos regular en las cualidades técnicas y musicales, pero tiene una voz muy bonita y destellos de buen hacer; y teniendo en cuenta que sólo tiene 25 años, resulta más que prometedora. El tenor Marco Jentzs parece tener una voz preciosa, pero un poco escasa, y ni las intervenciones fueron abundantes, ni cantaba como solista, por lo que perdimos la oportunidad de escucharle. El bajo Sea-Hwan Ahn estuvo correctísimo en todo momento, con una voz un poco anodina, pero bien proyectada y siempre audible.

Pese a tener los ingredientes para un buen concierto, el cocinero falló. Aunque uno sea ateo y no quiera tener nada que ver con espiritualidades impuestas y encorsetadas, busca en la música sacra cierto nivel de seriedad, de concentración, y de capacidad para transitar por temas un poco más trascendentes que otro tipo de música, para que se traduzca en una tensión musical determinada. No se trata de seguir ningún dogma, pero el carácter con el que las piezas fueron compuestas, sacadas de ese contexto y actualizadas, sirve para este tipo de “recogimiento”. La lectura del director Beissel del Stabat Mater de Pergolesi, por ejemplo, fue un poco insultante por lo ligera y frívola. Cierta interpretación dramática del texto es posible, y a mí se me hace necesaria. Sin embargo, parecía que estábamos en medio de una suite de danzas barroca, entre zarabandas y gigas, con un tempo a veces machacón, y en todo momento insulso. Las solistas hacían lo que podían en medio del despropósito, y aunque sonaba bonito, poco tenía que ver con un Stabat Mater aquello.

En la Missa Brevis de Mozart la cosa se agravó, el director parecía estar ensayando más que tocando en un concierto. Uno agradece que el director corrija sonoridades sobre la marcha, pero en este caso no se trataba de correcciones para dar una versión de la obra, eran correcciones obvias que todos los músicos deberían saber. Entonces, ¿no habían ensayado suficiente? El caso es que quedó una misa anodina otra vez, un poco sobre la marcha, y sin tensión musical alguna.

La cosa mejoró un poco en la segunda parte, con la Misa Nelson de Haydn, pero temo que era más por el carácter de la partitura que por la intención del director. Al ser una composición más brillante, con más matices, los resultados fueron más lucidos. Los solistas, ellas sobre todo, tenían más oportunidades de sobresalir, el coro hacía un papel antifonal más dinámico, y la orquesta se enriquecía con los vientos. Al ser una pieza excelente, pareció que la tensión creada era gracias a la interpretación, pero no: ¡qué hubiese sido con estos músicos, este coro y estos solistas en manos de un director con sangre en las venas!

Por sus propinas los conoceréis: Ave Verum Corpus, de Mozart, impecable, mesurado, y perfecto. Un colofón que venía a confirmar la falta de chispa del concierto, dando al final una pieza que a pesar de ser bellísima, resulta grosera en un concierto de música sacra del XVIII, por lo obvia. Otra frivolidad.

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