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La noche que Gil Shaham hizo el amor con la Mariscala en Zaragoza

Carlos García de la Vega

viernes, 18 de marzo de 2005
Zaragoza, lunes, 14 de marzo de 2005. Auditorio, Sala Mozart. Orquesta Sinfónica de Singapur. Violín, Gil Shaham. Director, Lan Shui. Felix Mendelssohn, Obertura Ruy Blas. Chaicovsqui, Concierto para violín en Re op. 35. Richard Strauss: Don Juan, op.20. Suite “Der Rosen Kavalier”, op.59. Aforo: 1992. Ocupación: 95%

Hay noches mágicas en las que extrañas e invisibles relaciones entre los músicos hacen que suceda una especie de fenómeno de comunión entre todos los presentes, que hasta las toses desaparecen. Esa posibilidad es la que hace que la música sea adictiva. Esta noche ha sucedido.

La orquesta sinfónica de Singapur es extremadamente eficaz en sus componentes occidentales, y extremadamente seria y concienzuda en su parte oriental. Salvo deslices ocasionales y circunstanciales sonaron todos maravillosamente. El director es magnífico, con una dirección sentida pero no exagerada, a través de unas indicaciones tan útiles como plásticas: hace una inmersión profunda en la música, se enajena con ella de tal manera -dirige sin partitura-, que crea una empatía sin fisuras. La obertura de Mendelssohn fue exquisita, como la propia música, sin excesos, sin carencias, templada y bella. Excelente presagio. El comienzo de la segunda parte con el poema sinfónico Don Juan de Strauss, la orquesta pudo mostrar todo su poderío tanto en sonido como en dominio del mismo.

Pero los protagonistas de la noche eran otros. Hay algo, por poco serio por parte de un crítico que parezca, en la actitud física de los músicos, que hace presagiar lo que son capaces de dar de sí. La entrada de Shaham al escenario fue tan encantadora como discreta. Y empezó el concierto. Del director y la orquesta sólo puedo decir que estuvieron a la altura de la versión que el violinista proponía, y esta fue, creánme, un milagro. El violinista se mueve mucho, cambia de postura, se apoya en el violín como si fuese una almohada, se gira, se contorsiona... Domina el fraseo con precisión casi diabólica, estira frases, las acelera... todo con esa especie de ternura de la que sólo son capaces los hombres, porque es una ternura un poco boba, pero inocente. El sonido que saca del violín es limpio y cristalino, los pianissimi dan escalofríos, pero lo mejor del timbre del violinista es una especie de dualidad, de angel y demonio, por poner una metáfora, que transita sin complejos. El concierto fue un tour de force constante, donde la tensión se acumulaba, se relajaba, volvía a crecer, así hasta llegar al vivacissimo del final. Perdonen, pero aquello fue un acto sexual, más que musical, y de los buenos... Los compañeros Alfredo López-Vivié Palencia y Mikel Chamizo defendían en mundoclasico.com recientemente cierta sensualidad y erotismo respecto a la Salomé de Strauss. Shaham la ofreció: nos faltaba el partenaire.

Ésta apareció en la segunda parte, de mano de Strauss, en medio de la suite del Caballero de la Rosa, y era sin duda la presencia velada de la Mariscala, y para nada de la inexperta Sophie, la que gozó de la sensualidad del violinista. Shui ofreció una versión exuberante, elegante, y opulenta, siguiendo el espíritu de la ópera. Derrocharon energía, capacidad intuitiva para hilvanar tantos motivos, tantos apuntes, tanta buena música, siempre con un pulso firme y un acento apropiado para cada secuencia. Pocas veces sucede que disfrutes de la música a oleadas, de forma tan continuada, durante toda una obra: me temo que el símil sexual continúa...  

Noche irrepetible en la que la que la Mariscala se pudo resarcir de haber sido abandonada por Octavian: Gil Shaham le esperaba.

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