Alemania

Acercarse a las alturas

Salvador Aulló
viernes, 1 de abril de 2005
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Leipzig, jueves, 3 de marzo de 2005. Gewandhaus. La flauta mágica de Wolfgang A. Mozart con libreto de E. Schikaneder. Estrenada en Viena el 30 de Septiembre de 1791. Director de escena: Ralf Nürnberger. Escenografía: Yadegar Asisi. Reparto: Ainhoa Garmendia (Pamina), Anna-Kristina Kaappola (Reina de la noche), Anna Lissovskaia (Papagena), Stanley Jackson (Tamino), James Moellenhoff (Sarastro), Herman Wallen (Papageno), Martin Petzold (Monóstatos), Hendrikje Wangemann, Kathrin Göring e Inga Lampert (1ª, 2ª y 3ª Damas), Jürgen Kurth (Orador), Thomas Oertel-Gormanns (Sacerdote 1º), Torsten Süring (Sacerdote 2º), Tobias Keil (Armado 1º), Erwin Noack (Armado 2º), Michael Chu (Esclavo 1º), Andreas Hanke (Esclavo 2º), Ivo Spacek (esclavo 3º). Coro (Director del coro: Antón Tremmel) y Orquesta de la Gewandhaus. Director musical: Balázs Kocsár
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Escuchar a Mozart interpretado por una Gewandhaus dirigida por Balázs Kocsár con buen pulso no es ninguna tontería y más, si luego se nota una buena comunicación entre el foso y el escenario. Hubo música, hubo comunicación y entendimiento. Por esa parte si le quedó al público gana de volver.

Y por la parte de los que estaban en el reparto la cosa no estuvo mal. Veamos:

La finlandesa Anna-Kristina Kaappola fue ‘La Reina de la noche’ y tuvo un interpretación estupenda tanto en lo lírico como en lo escénico. Supo dar la intensidad que se le pide a una madre que no quiere perder a su hija y supo dar a su canto la intensidad justa en el momento justo. Sus sobre-agudos fueron enormes y bellos, lo que quiere decir que el papel le va de maravilla.

Su hija ‘Pamina’ fue la guipuzcoana Ainhoa Garmendia, que cada día va ganado enteros en calidad tanto vocal como expresiva. Esta chiquita lleva una carrera justa y medida: sin prisa pero sin perder comba. Se le oía y entendía muy bien en la sala, a pesar de no ser alemana (lo de que se le entendía, como es lógico, me lo comentó mi intérprete alemán). Con una voz muy redonda, llena de armónicos y siempre guardando la delicadeza del personaje. El aria la defendió muy bien haciendo el final en un pianísimo muy notable.

El príncipe ‘Tamino’, el perdido en el bosque y hallado en la logia de Sarastro, fue Stanley Jackson. Un tenor negro nacido en San Luis, Missouri, EE UU, que no tuvo su mejor día. Estuvo muchas veces fuera de tempo, demasiado lento, sin que el director pudiera hacer nada por encarrilarlo. Tiene, sin embargo, una voz muy bonita y buen fraseo. En los diálogos no se le oía suficientemente.

‘Papageno’, el pajarero que además de los pájaros no pensaba nada más que en una 'Papagena', fue el finlandés Herman Wallen. Tuvo el don de la uniformidad, lo cual ya es algo muy positivo en un joven de 27 años. Esperemos que madure en las dos vertientes: vocal y escénicamente.

‘Papagena’, la graciosa que le toma el pelo a 'Papageno' antes de traerle Papagenitos, fue la rusa, nacida en S. Petersburgo, Anna Lissovskaia. Fue una 'Papagena' graciosa y simpática, su voz es pequeñita y ligera pero suficiente para un papel de este tipo.

‘Sarastro’, el reposado y sabio jerarca de los del mandil, fue el conocido estadounidense (también de San Luis) James Moellenhoff. Conocido para mí, al menos, ya que lo he visto como ‘Eremita’ en El cazador furtivo en dos ocasiones  y en una como un formidable ‘Antonio’ en Las bodas de Fígaro. Estuvo en su línea de obsequiar con sus graves agradecidos y bellos. Este no lleva mal camino tampoco y, como tiene una voz agradable y bella, espero no equivocarme si digo que nos lo encontraremos por el camino.

‘Monostatos’. Lo hizo el alemán Martin Petzold. Este, como es de Leipzig, jugaba en casa. Fue un moro aceptable si bien su voz es más bien pequeña.

El alemán Jürgen Kurth hizo el papel del ‘Orador’. Fue alumno del conservatorio de Leipzig y continuó sus estudios en Berlín. Defendió su papel con justeza.

Las alemanas Hendrikje Wangemann ('Hale'), Kathrin Göring ('Köthen') e Inga Lampert ('Magdeburgo') fueron las tres damas. Inga es todavía alumna del Conservatorio. Las tres tienen voces agradables. A Hendrikje se le nota el camino que lleva recorrido y lo mismo que a Kathrin pienso que pueden volar. Inga es un valor por descubrir todavía pero, por el momento, se le ven condiciones.

El resto del reparto no tuvo problemas, como era de esperar.

El resumen no puede ser otro que este: merece la pena estar en una ópera de Mozart siempre, pero si está bien cantada y con la Gewandhaus tocando, es acercarse a las alturas.

Una escena discutible

Los decorados son más que aceptables y se puede decir que hasta bellos, al antiguo estilo de cortinas diferentes para cambiar los decorados pero la interpretación escénica es demasiado rebuscada. Tratan de mostrarnos la evolución de la humanidad y así, al final, cuando está decidido que 'Pamina' y 'Tamino' se van a casar, aparecen vestidos primero como todos los del coro, queriendo decir que ahora ya han conseguido parecerse a unas personas normales, y al final de todo, nos encontramos con un decorado futurista, donde se ve la evolución del mundo hacia la destrucción y aparecen 'Tamino' y 'Pamina' vestidos como ejecutivos en lo alto de una especie de tarima, y desesperados al ver el rumbo que ha tomado la humanidad. Demasiado rebuscado para tan poco efecto. El público se quedó más bien frío con todo esto.

Puede ser bueno querer mejorar la idea del libreto que, la verdad, es un poco tonta pero creo que para eso es mejor dejar lo que está como está y escribir un libreto nuevo con las ideas que queramos desarrollar y luego sólo falta lo más difícil: encontrar un Mozart entre los compositores actuales. Claro que si lo encuentras estará escondido y acongojado porque le dará vergüenza decir que él sabe componer música y no se atreverá a aparecer por el mundo por miedo a que los reyes de la atonalidad se le pitorreen.

En fin, que sí, que puede ser cierto que la evolución del mundo no presagia nada bueno y hasta creo que unas multinacionales quieren convertir en palillos los árboles de los bosques brasileños. Pero vamos a lo nuestro: no es bueno que el público salga frío, es mejor que salga con ganas de volver a la ópera.

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