Reino Unido

Las cuerdas... Las cuerdas.... Las cuerdas...!!!!

Eduardo Benarroch
lunes, 4 de abril de 2005
Londres, miércoles, 30 de marzo de 2005. Barbican Hall. Nikolai Lugansky, piano. Coro de Cámara del estado de Moscú. Orquesta Nacional de Rusia. Mijail Pletnev, director. Serguei Taneiev: Juan de Damasco, Opus 1 (1884), para coro y orquesta, y Sinfonía No 4 en Do menor , Opus 12 (1898). Serguei Rachmaninov: Concierto para piano No 2 de Do menor, Opus 18. (1901).
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Cuando orquestas extranjeras visitan este reino lo hacen demostrando las cualidades de sus compositores más conocidos, o si estos son inexistentes, con composiciones de repertorio donde pueden hacer brillar su sonido y demostrar sus cualidades de ensemble.

Por eso es refrescante e inusual que una orquesta muy poco conocida por el público de Londres, y con escasos 15 años desde su fundación, venga a esta metrópolis acostumbrada a la Filarmónica de Viena o de Berlín, con música de un compositor totalmente desconocido por los isleños. Me refiero a Serguei Taneiev. Debo admitir conocer la música de Taneiev sólo de pasada y aunque he leído bastante acerca de este compositor, su música siempre me resultó un enigma.

Pero antes debo agregar algo acerca de esta orquesta, porque la Orquesta Nacional de Rusia posee una estructura totalmente independiente del estado. Su política artística es determinada por un Consejo de Directores, entre los cuales se cuentan Mijail Pletnev, su titular además de Kent Nagano, Vladimir Jurowski, Paavo Berglund y Christian Gansch. La orquesta cuenta con fondos propios privados. En 2004 fué la primera orquesta rusa que recibió un Premio Grammy por su grabación de Pedro y el Lobo bajo la dirección de Kent Nagano.

Hijo de un aristócrata ruso, Serguei Taneiev fué uno de los primeros estudiantes del Conservatorio de Moscú graduándose allí en 1876 con Medalla de Oro en composición y ejecución. Siendo un pianista virtuoso pronto se puso en el tapete y fué Taneiev quien introdujo el primer concierto para piano de Chaicovsqui en Moscú. Muy seguro de sí mismo, no vaciló en criticar a Chaicovsqui por incluir música de ballet en su cuarta sinfonía, pero eso no le impidió tomar la dirección del Conservatorio sucediendo a Chaicovsqui en 1878.

Aquí se marca un cambio de sendero en el destino de este compositor quien comienza a estudiar el contrapunto de Bach, Ockeghem. Josquin de Pres y Lassus y el resultado de tales investigaciones son fugas y fantasías que se basan en música folklórica rusa. Pero Taneiev conocía sus limitaciones y sabía que nunca iba a llegar al nivel de inspiración de su predecesor, que para el eran “estrellas en el firmamento” mientras que describía sus propias composiciones “caminando sobre la tierra como gente común”.

Modestia y austeridad son el camino a seguir bajo la guía de Spinoza y Platón, pero Taneiev fué también un gran maestro que pasó su sabiduría a más de 270 estudiantes antre ellos, Rachmaninov, Glière, Medtner, Miascovsqui, Respighi y Scriabin quien murió pocas semanas antes de él. Y fué durante el funeral de su discípulo donde Taneiev se resfrió y las complicaciones resultaron fatales.

Procofiev, otro compositor que se había beneficiado de la sabiduría de Taneiev expresó en forma parca : “que verdadera lástima que Serguei Ivanovich haya muerto”... pocas palabras pero muy sinceras para un compositor honesto y directo que muchos consideran como un genio.

El concierto comenzó con Juan de Damasco una cantata para coro y orquesta. Es interesante notar que Taneiev compuso mucha música durante los años 70 pero su música no llegó al público hasta 1880 con una cantata que se estrenó durante la inauguración del monumento conmemorativo a Pushquin. Y es en 1884 que Juan de Damasco, la opus 1 oficial, recibe su première. siendo el primero de un total escaso y reticente de solo 36 obras publicadas. Esta cantata fué un tributo a la memoria de Nicolai Rubinstein el fundador del Conservatorio de Moscú.

Con violines a la izquierda y a la derecha, cellos y violas al medio y contrabajos a la izquierda , 4 trompas, maderas dobles la orquesta es grande mas unos 60 coristas. Es una obra de peso que comienza con un lamento típico de los cánticos rusos. Las maderas reflejan las armonías de Chaicovsqui y la primera parte-adagio ma non troppo –cierra con un hermosísimo solo de trompa. Allí nacen las mezzos del coro que relatan viajo por un sendero desconocido y nuevo para mí. Pronto entran las sopranos y se produce un leve y gentil contrapunto que se desarrolla en forma de fuga con los bajos. Taneiev parece hacer todo lo posible para evitar el efecto fácil y el resultado es sincero y conmovedor por su simpleza. El segundo movimiento se subtitula Pero dormiré el sueño de la eternidad, comienza con el coro a capella entonando un simple cántico y que rememora el tratamiento de un compositor moderno que se especializa en obras corales, ya comentado meses atrás, el escocés MacMillan. Sobre la frase final del coro la orquesta entra pianissimo casi con fuerza religiosa creando un ambiente de recogimiento.

El tercer movimiento es el más extrovertido y lleva el nombre El día que la trompeta resuene y es lo que más se acerca a lograr un efecto, pero pronto comienza una estricta fuga, espectacular en partes que recuerda a Brahms y a su Requiem pero por fin los bronces que permanecen en puntas de pie durante casi toda la obra hacen su entrada espectacular en todo su esplendor con el coro a forte para casi enseguida volver a la intimidad del coro a capella y así concluye. Es una composición modal, mas meritoria que memorable pero sincera. que necesita rigor y autocontrol para jamás desbordarse. Algo que parece describir a la perfección el carácter del compositor.

La segunda obra no necesita introducción, ya que es el Concierto para piano No 2 de Rachmaninov en Do menor. He aquí una vesión totalmente diferente a lo escuchado normalmente por orquestas mas conocidas. Primero debo decir que Pletnev me resulta un director cómico por su total falta de expresión, es el director invisible que daría mucho placer a Wagner. Pero no hay que engañarse, Pletnev no será demostrativo pero ha hecho su labor durante los ensayos y,  ¡cómo se nota! Esta fué una versión de extremos, fortes y pianos que reflejan el carácter ruso a la perfección. El primer movimiento está indicado moderato, pero fué un moderato en su extremo más lento y menos expresivo, casi introvertido. Puede llegar a decirse que casi no hubo diferencia entre el moderato del primer movimiento y el adagio del segundo y esto me hizo preguntar para que están indicados por el compositor porque si todo es casi igual, ¿para qué la diferencia? Pero esto es un comentario de un crítico que no es pianista y puede ser que se esté demasiado acostumbrado a las versiones occidentales.

Acostumbrado a los brillantes metales rusos, esperaba aún más brillo de esa sección, pero la sorpresa fueron las cuerdas.....!!! que se llevaron las palmas por su sonido cálido y profundo. Los diálogos del piano con los violoncellos y luego con los primeros violines (y más tarde tomado en turno por el resto de las cuerdas) fue exquisito con sonido amplio que correspondieron a los tempi. Esta fué una versión extraordinariamente física donde los arcos parecían querer atravesar las cuerdas por la profundidad de sonido obtenido.

Perfectamente bien juzgado el comienzo del tercer movimiento allegro scherzando con buen y muy prudente uso del pedal por parte de Lugansky. Esto fué un océano de sonido que envolvió a la sala, algo extraordinario, parecía un sonido que salía de todos lados como si fuese originado por la Naturaleza misma, fué una versión “orgánica” que brotó de la tierra con gran fuerza. Lugansky es un pianista extrovertido pero controlado, vaya contradicción, pero así me impresionó, cuando se requiere mucho sonido lo da y su sonido íntimo es delicioso. Recuerdo un director ruso que me dijo hace muchos años, “en Rusia no tenemos mezzo forte, o es pianissimo o es forte!” y esta versión resultó así.

El año 1898 encontró a un Taneiev más maduro menos encasillado en sus pensamientos y más flexible en cuanto a técnica de composición. Rimsky Korsakov comentó que fué sorprendido por las páginas de extraordinaria belleza y expresividad que contenía la ópera The Oresteia que había sido ofrecida en el Teatro Mariinsky en 1897.

La cuarta sinfonía fué dedicada a Glazunov, quien luego de la muerte de Chaicovsqui en 1893 se había convertido en el pilar indiscutido de la sinfonía rusa. Pero su desconfianza de la técnica de dirigir de éste, hizo que Taneiev mismo dirigiera la premiere.

La sinfonía en Do menor cuenta con tres movimientos y el primero toma tiempo en establecer un ambiente pero cuando llega es agitado con frases inconclusas, no hay sección orquestal que pueda establecer supremaciía y que pueda destapar esta caja de Pandora hasta que llegamos al primer rallentando con el tritono que establece un clima del que parece (o intenta) salir un tema que se pierde entre la orquesta. Un delicioso vals parece entrar a escondidas, como si saliese de Chaicovsqui pero no se resuelve y enseguida recomienza la agitación llevada de la nariz por las cuerdas tocando notas cortas y repitiendo las tres notas del tritono, como si fuese La Dama de Picas. Eventualmente los violines calman la situación con temas suaves y es el oboe y luego el clarinete los que presentan los comentarios más sobrios, luego es la trompeta, con sonido amplio y abierto que se presentan llenas de vigor. Las flautas redondean un tema presentado por los violencellos pero el ambiente de nerviosismo se mantiene hasta el final del movimiento marcado allegro molto.

El adagio que sigue rememora al adagio de la 8ª sinfonía de Bruckner, un dos por dos pero mas lento y mucho menos rítimico, más lírico, menos estricto. Un clarinete introduce un hermoso motivo qu es tomado al vuelo por los primeros violines en todo su esplendor. Las trompas a su vez también entonan un corl sobre un colchón de cuerdas que pasa por encima de Brahms armónicamente llegando a Scriabin. Aquí se produce una continua conversación, casi un intercambio continuo entre flautas, trompas , clarinete y oboe y finalmente los primeros violines. Al fin la conversación se vuelve total y unánime y vientos y cuerdas se combinan para hacer un duo lleno de humor, presente especialmente en las cuerdas.

La incertidumbre del primer movimiento ha pasado y ahora nos encontramos en el mundo del lirismo otra vez llevado por las mágicas e intensas cuerdas. El tema del comienzo reaparece inesperadamente y se repite una y tra vez casi fatídicamente, con sabor a Chaicovsqui. Por fin un coro de trompas sobre un pizzicato cierra el largo segundo movimiento con un birllante e inesperado solo de violín.

El tercer movimiento, scherzo: vivace, es juguetín en el estilo de Beethoven pero con la intensidad de la Patética de Chaicovsqui, a pesar de esto posee un sabro intenso e individual y es el oboe el que introduce un sabor straussiano como lo haría Strauss en su tardío concierto para oboe y orquesta.

El cuarto movimiento, Finale: allegro energico – Molto maestoso, es mucho más convencional, y comienza con los trombones y trompetas que establecen una atmósfera marcial que luego las intensas cuerdas transforman en puro lirismo. No hay todavía un carácter definido y por eso vuelven los metales con sus constantes interrupciones que son seguidas de los violoncellos en todo su esplendor. De pronto se produce una inesperada fuga que es truncada por los bronces y vuelve el tritono con ecos de amenaza.

Los violoncellos parecen tomar la iniciativa y se llevan como refuerzo a todas las cuerdas, pero los metales entran en puntas de pié ..como disimulando. Las cuerdas parecen no darse cuenta de lo que está sucediendo tan ensimismadas se encuentran sumergidas en su sonido lleno hasta que el timbal, malhumorado termina la discusión.

Esto sirve para que bronces y cuerdas se reconcilien entonando una canción, ahora sí que esta todo bien encaminado, las trompetas (como siempre) anuncian el triunfo de la armonia y el triunfo de la orquesta plena, el tritono asoma su cabeza pero ha perdido la amenaza y es ignorado. La cabalgata final es espectacular con los bronces abiertos reafirmando la armonía y el triunfo de la música.

No es una obra definitiva que haya cambiado el panorama musical de su país ni de un continente como lo hicieron Bruckner o Brahms o el mismo Chaicovsqui, pero es una obra que tiene mucho que decir desde su punto de vista y no olvidemos que representa a mucho de su época y por eso es una obra testigo y válida.

Las cuerdas de la Orquesta Nacional de Rusia son espectaculares, no creo haber escuchado tanta intensidad y tanto terciopelo en ninguna orquesta occidental. No es una orquesta refinada aunque pose los ingredientes para serlo. No, lo que se le pide a esta orquesta es sonido visceral y eso lo dan a carradas.

Mikhail Pletnev dió con su orquesta una lección de entusiasmo y sobriedad en un mundo dado al gesto publicitario de la media. No hay nada efectista en estos músicos pero sí mucha sinceridad y dignidad además de respeto por el género, y por eso este concierto llegó a ser, al menos para quien escribe, maravilloso.

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