España - Andalucía

Cántala otra vez, Sam

M. Guerrera

jueves, 14 de abril de 2005
Jerez de la Frontera, sábado, 2 de abril de 2005. Teatro Villamarta. Leonard Berstein: ‘Trouble in Tahiti’ (1952) con Escenas del I acto de ‘A Quiet Place’ (1983). Creación y Dirección de escena, Tomás Muñoz. Producción de la Fundación Municipal Teatro Gayarre. Dinah: Marina Morukova, mezzosoprano. Sam: Isidro Anaya, barítono. Selva Barón, soprano. Andoni Arcilla, barítono. David Echeverría, tenor. Grupo Instrumental de los Pirineos. Dirección musical, J. Vicent Egea.

La Fundación Municipal Teatro Gayarre viene apostando fuerte por la difusión de la ópera contemporánea de ‘pequeño formato’ con producciones propias como el Trouble in Tahiti de Leonard Berstein que hoy comentamos, lo que ya es elogiable de antemano pues no son tantas las oportunidades que existen para saborear deliciosos ‘canapés musicales’ de este tipo.

Tras dos exitosas producciones de Pierrot Lunaire de Shönberg y Vanitas de Sciarrino (en 2003 y 2004 respectivamente) se ha presentado este Trouble in Tahiti bajo la firma de su creador y director de escena Tomás Muñoz con dirección musical de Vicente Egea, responsables asimismo de las apuestas anteriores.

La obra de Berstein Trouble in Tahiti, ópera de cámara para cinco voces y banda de jazz, está emparentada estrechamente con formas europeas de la primera mitad del siglo XX, si bien el lenguaje empleado proviene tanto de la música vocal y escénica americana puramente popular, como de una tradición culto-popular ya considerablemente compleja para entonces en su diversas dosificaciones y combinaciones de ambos elementos (Copland, Gerhswin, Weill…). Es precisamente ese equilibrio dinámico lo que la convierte, sin duda, en una obra irresistiblemente atractiva con garantías para conectar con un sector muy amplio del público.

Escrita en 1952, es una pieza luminosa próxima en sus raíces al musical americano. Su conmovedor lirismo en las arias y los dúos, a través de los cuales se retrata salvajemente el fracaso personal de un matrimonio, en contraposición con la búsqueda del éxito profesional y material (trazado musicalmente por las satíricas canciones entonadas por un trío a modo de coro griego), la elevan a categoría de pequeña gran obra dentro del repertorio del siglo XX.

Trouble in Tahiti, con una duración original de 45 minutos, no alcanzó reconocimiento hasta que, a comienzos de los años 80, Berstein decidió incorporarla como segundo acto de otra ópera A quiet place, cuya primera parte se centra en la relación de la pareja protagonista treinta años después. De este modo, el montaje se plantea en formato de flashback hacia las vivencias del matrimonio en los años 50.

La mezcla de dos composiciones creadas por el mismo autor en tiempos tan distintos, genera un espectáculo de enorme fuerza dramática, por cuanto los fragmentos incluidos de A quiet place se desenvuelven en un lenguaje puramente atonal, mientras que Trouble in Tahiti contiene elementos propios del musical norteamericano. Esta fusión, obviamente demanda un elenco de músicos y cantantes muy versátiles que pasen del jazz al más puro lirismo y, de nuevo, al dramatismo más profundo en cuestión de segundos.

Paso a comentar ya la función del pasado 2 de abril en el Villamarta, estrenada en Pamplona el 4 de marzo.

Un sólo trazo bastó a Tomás Muñoz para dibujar el lugar donde transcurrieron las ocho escenas de A Quiet Place y Trouble in Tahiti, respectivamente. Con una pureza de formas digna de elogio, el espacio escénico pasaba por ser la vivienda del matrimonio, la oficina de Sam, un vagón de tren, la consulta del psicoanalista o el gimnasio ... en cuestión de segundos. Se agradeció enormemente la limpieza y pureza de formas propuesta, con ráfagas de luz minimalista a través de las cuales se dejaba traslucir el interior de los personajes. Me encantó el juego de desproporciones –trenecito de juguete, la casita blanca con el ‘cadillac’ y el matrimonio Sam y Dinah, todo ello en miniatura)…convirtiéndose en visión imperecedera frente a la realidad cotidiana del paso del tiempo. La presentación del espectáculo con la escena de A Quiet Place, en la que aparece Sam completamente abatido ante el féretro de su esposa, sentado sobre la ‘casita blanca’ -testigo de sus desdichas- eleva la escena, ya terriblemente dramática en sí misma, a un momento de delirio absoluto.

Por otro lado, dichas desproporciones hacen que el concepto de lejos y cerca, pasado y presente, ida y vuelta, se entiendan como metáfora del indefectible paso del tiempo. La mezzosoprano rusa Marina Makhmoutova, con estupendos medios vocales, encarnó una desdichada Dinah, transmitiendo su desasosiego con gran emotividad. Entre sus dos grandes intervenciones destaca la escena a la salida del cine, si bien en la consulta del psicoanalista se echó de menos el lirismo que tan maravillosa y emotiva escena demanda musicalmente (debería cuidar más el legatto y vigilar en ocasiones su excesivo vibratto).

El papel de Sam viene como anillo al dedo al barítono Isidro Anaya. Física, vocal y teatralmente lo defendió a las mil maravillas. Barítono muy a tener en cuenta, posee una voz de tintes líricos con cuerpo, bien timbrada y manejada con estupenda proyección y seguridad en su amplísimo registro. Musicalmente supo plegarse a las exigencias de la partitura. Cabe destacar en la interpretación de Anaya la gama de matices utilizados para imprimir el carácter de Sam desde sus momentos más delirantes –dificilísima e impecable escena de A Quiet Place- pasando por los de mayor lirismo –dúo-escena encuentro en la calle con Dinah- hasta la apoteosis narcisista en la brillante escena del gimnasio. Sobresaliente, asimismo su dicción (muy de agradecer, por otra parte).

Muy acertada la participación del trío formado por los jovencísimos Selva Barón, Andoni Arcilla y David Echeverría, quienes con un canto muy ‘americano’ sonaron bien empastados como trío radiofónico en combinación con una estupenda coreografía firmada por Yoko Taira, asistente de Nacho Duato en la Compañía Nacional de Danza. Por último, la batuta de J. Vicent Egea al frente del Grupo Instrumental de los Pirineos estuvo atenta al difícil y versátil cometido de hacer sonar una música exigente en los constantes cambios (jazz, lirismo, dramatismo…) comentados anteriormente. Quizás podría achacarse un punto de distorsión sonora en determinados pasajes, quizás por la propia colocación de los instrumentistas con respecto del escenario.

En resumen, una estupenda propuesta con una maravillosa música que podrá ser escuchada el próximo 6 de mayo en Avilés y que el Teatro Real tiene ya programada para abril de 2006, dentro de su próxima temporada. Ojalá otros teatros la tengan en cuenta en sus programaciones para que Sam y sus compañeros puedan cantarla muchas veces.

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