Alemania

Otro país, otra seducción

Beatriz López Suevos
lunes, 16 de mayo de 2005
Colonia, domingo, 20 de marzo de 2005. Oper Köln. Salomé, ópera en un acto de Richard Strauss con libreto basado en la traducción alemana de Hedwig Lachmann de la obra de Oscar Wilde. Dirección de escena: Katharina Thalbach. Escenografía: Momme Röhrbein. Vestuario: Angelika Rieck. Iluminación: Dirk Sarach-Craig. Camilla Nylund (Salomé), Bruno Caproni (Jochanaan), Alexander Fedin (Herodes), Dalia Schaechtern (Herodías), Hauke Möller (Narraboth); un(a) paje, 5 judíos, 2 nazarenos, dos soldados, un capadocio, una esclava. Gürzenich-Orchester Köln. Markus Stenz, director musical. Aforo: 100%.
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Curiosamente, cuando parece que los europeos nos estamos igualando tanto, de repente asistes a una ópera y te das cuenta de que en otros aspectos seguimos teniendo sensibilidades muy distintas y que eso no parece que vaya a cambiar, si no más bien a ir aumentando. Musicalmente la Salomé que se escuchó en Colonia fue similar a la que se podría haber oido en cualquier otro teatro europeo o americano, pero en el aspecto escénico fue típicamente alemana, adaptada a un carácter y una forma de entender la sexualidad muy distintos. De hecho, para esta crítica se barajó el título de Con pis y harina se consuela la niña.

La escenografía -que se mantuvo sin cambios durante toda la ópera- se basó en la separación de dos planos visibles: ocupando el centro del escenario vimos una enorme cocina industrial con todos sus utensilios y una gran mesa de trabajo central, y, a los lados, unas escaleras que llevaban al nivel superior, en el que se mantendrá durante toda la representación una inmensa luna. Este nivel superior servirá para que los nazarenos y judíos presencien varias escenas sin invadir la cocina. Finalmente, habría un tercer nivel oculto, desde el suelo de la cocina se abrían unas 'compuertas' que comunicaban con el calabozo en el que estaba preso 'Jochanaan'.

En cuanto a la iluminación, aparte de la luna iluminada en toda la ópera (que se oscurece cuando se ve la cabeza de Jochanaan), sólo merece la pena señalar la luz cenital que acompañaba cada intervención de 'Jochanaan'. Es verdad que tiene algún detalle más -como cuando Jochanaan le dice a Salomé “¡Estás maldita!”, momento en que baja la luz en el escenario- pero prácticamente nunca se salió de lo convencional.

De la dirección de escena empezaré por los aspectos menos comprometidos. Me pareció adecuada la caracterización de los soldados de 'Herodes Antipas' como modernos guardaespaldas, con sus trajes con corbata e interfonos; tampoco me molestó ver que el paje de 'Herodías' (enamorado de 'Narraboth') era una mujer que no se vestía de hombre, aunque me pareció abusiva su presencia escénica (aparece en casi todas las escenas de la representación sin que se sepa por qué está allí) y no entendí por qué en un momento dado sale vestida de enfermera ni por qué presencia la danza de 'Salomé' escondida detrás del cubo de la basura. Misterios de la ópera.

Lo que resultó sorprendente fue el 'maltrato' que recibió Salomé de la directora de escena Katharina Thalbach. En la famosa escena de la Danza de los Siete Velos, Camilla Nylund tuvo que anudarse unos paños de cocina y empezar a contonearse frenéticamente mientras destrozaba todo tipo de frutas sobre su cuerpo, se lanzaba lascivamente sobre Herodes, colocaba sobre la mesa de la cocina una palangana con leche sobre la que se sentaba -como no había “traducción simultánea” no puedo asegurar con qué finalidad, puesto que hubo división de opiniones al respecto, y, cuando parecía que no podía superarse el espectáculo en ordinariez, se pone a manosear una masa pastosa que no llegaba a cuajar y con la que, finalmente, consigue amasar una forma fálica. A 'Herodes' se le salían los ojos de las órbitas, pero a los demás .....

Después de la escenita (que a cualquiera dejaría agotada) 'Salomé' tiene que cantar el largo y exigente monólogo a la cabeza de 'Jochanaan', y, en ese momento, la dirección de escena se olvida de 'Salomé' abandonándola a su suerte (ningún movimiento escénico o cambio de iluminación), y tiene que acabar cantando tumbada con la cabeza de 'Jochanaan' entre las piernas. A esto se le llama “mimar a la artista”.

 

Pero hablemos ahora de la artista. Camilla Nylund estuvo soberbia: al monólogo final no le faltó ni tensión, ni intensidad ni profundidad. Consiguió unos cambios dinámicos extraordinarios, su voz se movía con soltura por todos los registros y mantuvo la afinación en todo momento. Su movimiento escénico también fue notable (¡con la dificultad que presentaba!), así que sin duda fue lo mejor de la noche. El público la premió al final con una gran ovación muy merecida.

Bruno Caproni también tuvo una gran intervención. Su voz resonante se adaptaba bien al papel, con una buena proyección en las notas graves y bastante uniforme en los registros. Su vestuario y 'peluquería', y la iluminación que acompañaba sus intervenciones, le ayudaron en su imponente presencia escénica.

A Alexander Fedin le faltaba un poco de peso a su voz. Si bien no parecía tener problemas en la afinación o colocación de la voz, 'Herodes' languidecía al lado de 'Salomé' y eso es algo que no puede ocurrir, porque se pierde uno de los triángulos sobre los que se construye la obra.

Dalia Schaechter como 'Herodías' mantuvo ese sonido áspero de su personaje y el rechazo que provoca, pero resultaba excesivo su apego a la botella y su desapego hacia su hija 'Salomé'.

Mientras, el tenor lírico Hauke Möller en el papel de 'Narraboth' movía continuamente a la compasión. Graduó perfectamente el dramatismo haciendo que cada vez que pronunciaba “¡Prinzessin!” la carga emotiva fuese aumentando, y de hecho, gracias a su intervención, el comienzo de la ópera fue mucho más creíble que la parte final, donde continuamente -excepto en el caso de 'Salomé'- parecen escaparse las motivaciones de los psersonajes. Y la historia que quieren contar Lachmann-Wilde y Strauss no es un cuento amable, pero si perfectamente creíble.

La orquesta simplemente cumplió. Los pequeños fallos de ajuste, y, en ocasiones, la excesiva presencia sonora de los metales no contribuyeron a su lucimiento, precisamente en una obra en que la orquesta es fundamental. El Interludio y la Danza de los Siete Velos sonaron un poco mecánicos. Y no atribuyo esta rigidez en los tempi a la orquesta sino a su director (Markus Stenz), pues tuve ocasión esos días de escuchar a la orquesta con Johannes Debus en Idomeneo y el resultado fue francamente satisfactorio. En general, la orquesta acompañó mejor a las voces que cuando se quedaba sola.

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