España - La Rioja

Música bien hecha

Pablo-L. Rodríguez

martes, 17 de mayo de 2005
Logroño, domingo, 3 de abril de 2005. Riojaforum. Palacio de Congresos y Auditorio de La Rioja. la Orchestra della Fondazione Arturo Toscanini. Lorin Maazel, director de la orquesta. Giuseppe Verdi, I Vespri Siciliani, obertura; Luisa Miller, Obertura; Otello, ‘Ballabili’ del acto III; La Forza del Destino, Obertura; Richard Wagner: Die Meistersinger von Nürnberg, Obertura; Lohengrin, Preludio del acto I; Tristan und Isolde, Preludio del acto I y Muerte de Amor; Tannhäuser, Obertura. Propina: Die fliegende Holländer, Obertura

Un mes antes del reciente y polémico estreno en el Covent Garden londinense de su primera ópera, el polifacético artista Lorin Maazel exhibió en Logroño sus dotes como director de orquesta. Y es que Maazel a sus 75 años recién cumplidos se mantiene en activo con una envidiable vitalidad tanto en su conocida faceta como estrella mediática, director de orquesta y violinista, así como también en la menos conocida de compositor. Como estrella de la televisión. los españoles pudimos verle hace algunos años en el anuncio televisivo navideño del cava Freixenet y como director de orquesta además de frecuentar asiduamente eventos de gran difusión pública como los conciertos de año nuevo (tanto en Venecia como en Viena) mantiene su vinculación como titular con la New York Philharmonic desde 2002 y ha iniciado en 2004 otra nueva andadura como director musical de la Orchestra della Fondazione Arturo Toscanini con la que precisamente pudimos escucharle en Logroño.

 En cuanto a su labor como violinista, aparte de sus intervenciones como “espontáneo” en algunos conciertos por él dirigidos (como en el último de Año Nuevo en Viena), sigue tocando este instrumento en aras de recuperar un sonido hoy perdido, si bien su calidad musical con el arco es muy inferior a la que consigue con la batuta. En los años noventa realizó varias actuaciones como solista tocando Bach, Vivaldi, Mozart o su propia Music for Violin and Orchestra Op. 12 (que grabó en 1998 para RCA junto a la orquesta de la radio bávara) y más recientemente en 2001 realizó una gira con el pianista Yefim Bronfman tocando las sonatas de Brahms o incluso en 2002 grabó los solos de violín del CD de Andre Bocelli Sentimento.

 Por otra parte, su catálogo compositivo ha ido creciendo en los últimos años, en los que ha dedicado más tiempo a la composición, y su obra ha interesado bastante poco tanto en Europa como en América. Maazel es un compositor que reniega de la Segunda Escuela de Viena (de hecho, ha manifestado públicamente en varias ocasiones su aversión por la música de Schönberg) y su música se puede relacionar, según ha reconocido él mismo, con el estilo de Bartók, Procofiev, Britten, Berio o Penderecki. Hace pocos días tuvo lugar en Londres el estreno de su primera ópera titulada 1984 que es una adaptación de la famosa novela de Georg Orwell, en donde Maazel ha asumido la dirección musical y Robert Lepage la dirección de escena, junto con un reparto vocal encabezado por el barítono inglés Simon Keenlyside.

 El tratamiento que se ha dado a la difusión de esta nueva obra es más propio de una película de Hollywood que de una ópera contemporánea. De hecho, se ha dispuesto una página web (http://www.1984theopera.com) que de momento está prácticamente vacía pero que tiene toda la estética de una web dedicada a la promoción de una producción cinematográfica. El estreno de esta ópera ha supuesto una división entre público y crítica en Gran Bretaña, pues mientras se han vendido todas las entradas y el público acude en masa a ver la ópera los periódicos se han merendado al “pobre” Maazel. Lógicamente todo tiene truco en el mundo del espectáculo y parece que las entradas valen la mitad que en una función normal, debido a que Big Brother Productions, de la que el director de orquesta francoamericano es el principal accionista, ha costeado la mitad de la producción.

 La crítica lo más positivo que ha dicho es que se trata de un obra ecléctica en donde se escuchan ecos de Berg, Bernstein, Strauss, Puccini, Gershwin, Britten, Messiaen, Weill, Ligeti y Berio. Por lo demás, ha sido calificada de “fast-food operístico” “carente de valor musical”, “perversión de la obra de Orwell” “banal y obvia”, etc... Curiosamente, la crítica más positiva en toda Europa ha sido la española que fue publicada por el diario La Vanguardia el pasado día 5 de mayo y donde se reconocía la maestría de Maazel como compositor tanto para orquesta como para voces y se atribuía lo ecléctico de la nueva obra a que el director conoce mucha música y lo demuestra.

 Tanto el tema elegido para su primera ópera, como la forma de presentarlo, definen perfectamente la personalidad de Maazel, esto es, la de un músico que combina por principio el arte con el efecto mediático. De hecho, una de las principales dificultades que tiene escuchar a Maazel al frente de una orquesta reside en eso: en diferenciar el grano de la paja, es decir, lo que es arte de lo que no lo es. Es bien conocido que Maazel es un director espectáculo, aunque también que es un músico culto e inteligente al que nadie puede cuestionar su capacidad interpretativa. Su carrera es bastante atípica, pues fue un niño prodigio de la dirección que hizo una espectacular carrera en su juventud y alcanzó altas cotas de madurez con tan sólo 35 años.

 En su famoso libro sobre la dirección orquestal el crítico de La Repubblica Michalangelo Zurletti resume su carrera de un modo bastante épico. Por un lado, destaca su espectacular ascenso desde finales de los cincuenta, tras el que sitúa un periodo intermedio de afianzamiento caracterizado por interpretaciones modestas en los setenta y principios de los ochenta, y finalmente a partir de los ochenta y noventa subraya una recuperación de sus inicios en la que ahora “aplica su maestría técnica a la búsqueda de una elasticidad de pensamiento musical”. Sin embargo, Zurletti reconoce que Maazel nunca ha abandonado en sus interpretaciones un acercamiento frío y calculador a la música que dirige a la que dota de una aire neoclásico y a veces de cierta mecanicidad.

 Su forma de trabajar cada partitura no concuerda, paradójicamente, con esta imagen de músico frío, calculador y apegado al texto musical. De hecho, cualquier interpretación para él pasa por una memorización completa de la partitura con el fin de “liberarse de las notas para construir la música de verdad”. No obstante, en ese proceso de liberación del texto musical Maazel no es proclive a los trucos interpretativos de estirpe romántica y se define a sí mismo como un director práctico cuyo principal objetivo es hacer buenas interpretaciones.

 Para él lo más importante es escuchar a los músicos y no concede ninguna importancia al movimiento de su batuta (¡quien lo diría al verle dirigir!). Sin embargo, Maazel no es de esos directores que acepte lo que ofrecen las orquestas y dice poseer su propio sonido incluso en el caso de dirigir a una agrupación mediocre, pues según afirma “el director tiene una gran influencia sobre los resultados”.

 Evidentemente la Orchestra della Fondazione Arturo Toscanini dista mucho de ser una agrupación mediocre. Es más, técnicamente es una orquesta impecable al más alto nivel. Está formada por músicos de una particular variedad de edades, aunque abunde la juventud entre los primeros atriles. Sin embargo, lo que falla en esta orquesta, como suele suceder con las orquestas italianas de la actualidad, es la personalidad. Fundada en 1975 como Orchestra Stabile dell’Emilia-Romagna ha tenido una desigual colección de directores titulares desde 1980 que no han superado los dos o tres años de vinculación con la orquesta: Piero Bellugi (1980-81), Gunter Neuhold (1982-85), Vladimir Delman (1986-88), Hubert Soudant (1988-91), Gianandrea Gavazzeni (1992-96) o Patrick Fournillier (1998-2000).

 En los últimos años ha estado centrada tanto en la producción operística como en la colaboración con grandes directores y solistas. En el primer caso hay que destacar tanto sus colaboraciones con diferentes teatros de ópera italianos, algunas de las cuales han salido en DVD en los últimos años (a destacar la Aida que hicieron en 2001 en Busseto bajo la dirección de Massimiliano Stefanelli), como también la temporada de ópera que realiza en el Teatro de Municipal de Piacenza que este año ha incluido La Traviata o La battaglia de Legnano y que a finales de este mes les llevará a representar Cavalleria Rusticana y Pagliacci.

 Por otro lado, esta orquesta ha colaborado regularmente con músicos como Zubin Metha, Mstislav Rostropovich, Salvatore Accardo y Heinrich Schiff. El reciente nombramiento de Maazel como director principal no deja de ser algo que dota a esta orquesta de prestigio que no de calidad, pues el director francoamericano ya no está por la labor de trabajar duro con una orquesta ni de intervenir directamente en su consolidación. Poco antes de ser nombrado en Nueva York afirmaba que su interés no era cambiar ni desarrollar nada allí, sino tan sólo hacer con ellos buenos conciertos y por encima de todo “música bien hecha”.

 Y esa afirmación resume el concierto que escuchamos en Logroño, en efecto, fue música bien hecha con unos momentos muy altos y también otros menos logrados. El programa se dividió en dos partes que incluían diversas oberturas y fragmentos instrumentales de óperas de Giuseppe Verdi y Richard Wagner. Se trataba de un programa muy interesante que más que confrontar la música de ambos compositores evidenciaba dos formas muy diferentes de afrontar la obertura operística en la segunda mitad del siglo XIX.

 Tal como reconoce David Kimbel en su ensayo sobre la música instrumental en las óperas de Verdi publicado dentro del reciente Cambridge Companion dedicado al compositor italiano, las oberturas de Verdi tienen menos vida propia e independencia de las óperas a las que pertenecen que las de Wagner o incluso que las de Rossini. La razón de ello hay que buscarla en la forma musical que tienen, que está a veces más cerca del potpurrí que de la clásica forma sonata.

 De alguna forma, las oberturas de Verdi actúan como un trailer de la ópera en donde se sacrifica deliberadamente cualquier limitación formal en aras de una sensación de movimiento escénico. Y precisamente esa sensación de movimiento escénico es lo que les confiere esa estrecha vinculación con la ópera de la que forman parte y asimismo ello dificulta que hayan conseguido vida concertística.

 La dos primeras oberturas que escuchamos en el concierto de Maazel muestran dos caras de una misma moneda. Por un lado, en la obertura de I Vespri Siciliani Verdi hace uso de una gran cantidad de material melódico procedente de la ópera y, por otro, en la obertura de Luisa Miller el material se minimiza y elabora de una forma sorprendente. Sin embargo, en ambas oberturas a pesar de su oposición inicial hay muchos elementos en común. Claramente uno de los que más llaman la atención es la alternancia tan característica entre elementos líricos y dramáticos, y también entre movilidad y estatismo. El otro es el particular uso que hace Verdi de la forma sonata al estilo rossiniano precedida de una introducción lenta y con una coda al final.

 El uso de numeroso material melódico en el caso de la obertura de I Vespri Siciliani obliga al director a un gran ejercicio de integración musical de cada melodía en un discurso dramático general. Se trata de reconocer en la obertura toda la carga emocional que tiene esta ópera empezando por el motivo de la muerte que sobrevuela por todos los temas de la obertura como destino inexorable de los protagonistas, los deseos de venganza de Elena, el conflicto entre Arrigo y Monforte, padre e hijo situados en bandos opuestos de la contienda o el tema de la masacre.

 Maazel adopta un acercamiento totalmente sinfónico de esta obertura, olvidando su componente dramática. Su interpretación estuvo llena de detalles tímbricos y fue resuelta con gran precisión por la formidable orquesta italiana. Sin embargo, las frases las construyó con mucha prisa y sin preciosismo, algo que se nota especialmente en los contrastes dinámicos que no fueron tan acusados como cabría esperarse.

 Por ejemplo, uno de los momentos más bellos e íntimos de toda la pieza (está marcado como pianissimo dolce espressivo en la partitura) es el pasaje de la sección central en donde suena la melodía que canta Elena cuando se despide de su amada Sicilia al ver que se acerca el momento de su ejecución. Verdi sitúa esta bella melodía entre los intensos motivos de la masacre y la confesión de Monforte a su hijo lo que permite que destaque además por contraste. Pues bien, a pesar de que la dinámica conseguido por Maazel fue correcta no hubo ningún atisbo de musicalidad y para todos nosotros pasó completamente desapercibido ese momento mágico.

 Desde luego su interpretación estuvo muy lejos del mítico director italiano que da nombre a la orquesta dirigida por Maazel, pero también de otros directores actuales como Riccardo Muti o Claudio Abbado. Sin duda, hoy Muti dota a esta obertura de una fuerza dramática absolutamente sobrecogedora, a la par que Abbado da a la música de Verdi la consideración sinfónica que se merece con la elegancia que le caracteriza.

 La obertura de Luisa Miller tiene todavía mayor peligro que la anterior al ser por el contrario prácticamente monotemática. Sin embargo, a pesar del peligro que tiene una lectura literal de la partitura (monotonía, aburrimiento, etc...), la orquesta sonó muy bien engarzada y las intervenciones de los solistas, como por ejemplo del clarinete, fueron una verdadera delicia.

 Maazel iba entrando cada vez más en el concierto, a pesar de hacerlo con una pieza menor. Como es bien sabido, el 'Ballàbili' de Otello es la última pieza dramática del catálogo verdiano. Fue escrito en agosto de 1894 para el estreno parisino de la ópera en octubre de ese año y se insertaba en el tercer acto en el momento en que Otello se prepara para recibir a los embajadores. El propio Verdi después del estreno parisino afirmó de esta pieza que “artísticamente hablando es una monstruosidad” y la excluyó de la publicación de la ópera ya que rompía la intensidad dramática del tercer acto (no obstante, Ricordi incluyó el 'Ballàbili' como apéndice en la edición de la partitura).

 Desde luego hay muy pocos directores que interpreten esta pieza en las salas de concierto (tan sólo hay grabaciones de Toscanini y Levine), pero Maazel no sólo la interpreta sino que también es el único que la ha grabado en su destino original. No sabemos si ello tiene algo que ver con la famosa película de la ópera que hizo Franco Zefirelli, pero parece ser que el director francoamericano disfruta dirigiendo esta música. De hecho, resulta muy apropiada para su forma de dirigir la música de Verdi y fue de lo más destacado de la primera parte, especialmente en la parte final donde “La Muranese”, por ejemplo, sonó con gran elegancia y vivacidad.

 La primera parte concluyó con una formidable versión de la obertura de La Forza del Destino. Bueno, formidable fue más bien la primera mitad de la obertura aunque compensó con creces después de lo escuchado. Aquí Verdi da un paso más en su concepción de la obertura de herencia rossiniana y camina de forma decidida hacia la superación de las limitaciones formales al individualizar mucho más cada sección y dar así un aire de potpurrí. La carga dramática es mayor si cabe y de nuevo encontramos contrastes dinámicos muy acusados.

 Maazel se metió en el papel de Leonora desde el comienzo e hizo un bellísimo motivo del destino. A ello unió una modulada interpretación de la melodía del dúo entre Don Alvaro y Don Carlos que moldeó con un legato exquisito en la madera y un uso muy apropiado del rubato. A continuación la plegaria de Leonora partió desde un pianissimo inaudible y fue fraseada con gran elegancia por la cuerda (marcando, eso sí, todos los acentos con gran precisión). Después el crescendo funcionó bien, aunque resultó menos tremendo de lo esperado. Sin embargo, tras ello la música cambia de forma brusca de Mi menor a Mi mayor y este cambio representa a Leonora buscando la paz de su alma en un monasterio. Desgraciadamente, Maazel no fue capaz de contarnos el resto de la historia con su interpretación y le faltó fuerza, contraste y dramatismo.

 La segunda parte supuso un importante cambio de tercio. Dejamos las oberturas de Verdi en donde el compositor italiano camina a partir del modelo rossiniano para adentrarnos en las de Wagner que toman senderos beethovenianos, weberianos y lisztianos. Aunque el objetivo es el mismo tanto en Verdi como en Wagner, en este último caso el compositor alemán construye un verdadero poema sinfónico como pórtico de algunas de sus óperas que dota muchas veces de un planteamiento programático que explicaba en las notas al programa de los conciertos. De hecho, este acercamiento al poema sinfónico de las oberturas de Wagner está claramente relacionado con el hecho de hayan estado siempre presentes en las salas de concierto.

 En Wagner más quizá que en Verdi está clara la intención de contar una historia al oyente en sus oberturas y eso es algo a lo que el intérprete debe atenerse en el momento de darles vida. Efectivamente hay muchas formas de contar la misma historia, pero bien es verdad que el efecto de una buena historia es directamente proporcional a lo bien o lo mal que la cuente el narrador.

 Maazel no es desgraciadamente un narrador excepcional aunque sí es un estupendo músico. Su interpretación de todas las oberturas sin ser generalmente preciosista fue musicalmente muy interesante. La segunda parte se abrió con la obertura de Die Meistersinger von Nürnberg donde se derrochó sonido por todos lados. El director francoamericano se tomó al pie de la letra la indicación de “fastuosa solemnidad” que hizo Wagner en un programa de mano en 1863 al explicar el comienzo de esta obertura y la interpretó a un paso bastante moderado y pleno desde el punto de vista sonoro. Sin embargo, a pesar de que este planteamiento funcione para los motivos de los maestros o del rey David, los motivos relacionados con el amor necesitan otro sonido. De hecho, si como dice Wagner, los maestros encarnan el rigor escolástico, el enamorado Walther von Stolzing es la libre inspiración poética y ese contraste entre rigor diatónico (maestros) y libertad cromática (enamorado) no emanó con claridad de la lectura de Maazel.

 El preludio de Lohengrin que vino a continuación funcionó mucho mejor. A pesar de que le faltó un poco de magia al principio en el sonido del Grial, esta vez sí que Maazel logró con efectividad y musicalidad resolver la esencia de esta soberbia página orquestal. El crescendo sobre el motivo del Grial que representa la llegada de Lohengrin lo consiguió equilibrando perfectamente todas las secciones de la orquesta y su culminación en fortissimo funcionó realmente bien. Asimismo, la vuelta al pianissimo que representa la partida de Lohengrin y su separación de Elsa fue verdaderamente ideal y el motivo del Grial en pianissimo que cierra la obertura sonó a pura seda en los violines en divisi.

 Desde luego, tras lo escuchado hasta ese momento nadie de nosotros podía sospechar lo que nos esperaba en el preludio y muerte de amor de Tristan und Isolde. Maazel se transformó en el director más elegante y preciosista que imaginarse pueda y nos ofreció lo mejor de su arte. Una vez más, en este preludio Wagner resume en unos pocos minutos toda la complejidad del drama. De hecho, el compositor se centra en el motivo del filtro de amor y en el motivo del deseo cuyo desarrollo conforma el delirio de amor que conduce a la muerte. En esta ocasión escuchamos también el complemento ideal a la obertura, es decir, la parte final de la ópera (sin voz, claro está) en donde Wagner parte del tema de la muerte de amor de Isolda y concluye con el “supremo deleite”, es decir, la unión de los amantes más allá de la muerte.

 Maazel consiguió mantener la tensión durante toda la obra sin caer en exageraciones ni en excentricidades y moldeó el tempo y la dinámica como no había hecho en el resto de concierto. Por ejemplo, fue absolutamente sobrecogedor cómo hizo cantar a la cuerda tras la aparición del primer motivo del deseo (sigo la clásica denominación de Lothar Windsperger), especialmente los pasajes cromáticos de los chelos en donde retuvo el tempo rebajando el sonido hasta un  fortissimo inaudible. Asimismo fue muy emotivo el final en donde retuvo el tempo en cada repetición del motivo que representa el “supremo deleite” de Isolda haciendo más deseable la resolución de toda la carga armónica acumulada en más de quince minutos de música maravillosa.

 El concierto finalizó con la obertura de Tannhaüser quizá una de las piezas orquestales más acabadas formalmente de Wagner. En ella el compositor utiliza un claro esquema en tres partes ABA que incluye una introducción, una sección central en forma sonata y una coda. Las partes extremas están centradas en el famoso coro de los peregrinos mientras que la sección central utiliza motivos del Venusberg. Lógicamente Wagner dispuso también aquí un comentario programático en donde resaltó de manera clara la oposición entre los peregrinos como día (salvación) y el monte de Venus como noche (perdición).

 La introducción y la coda disponen los dos motivos principales extraídos del coro de la escena inicial del tercer acto. El primero abre la obertura y representa la alegría por la vuelta al hogar de los peregrinos que después se transforma por aumentación en el motivo de la gracia de la salvación y en medio queda el motivo del arrepentimiento. Sin duda, Maazel tenía todas las cartas tras lo que había hecho con la pieza anterior para ofrecernos una gran interpretación, pero aunque en este pasaje hubo momentos muy bellos como las reducciones dinámicas que hizo al presentar en los chelos el tema del arrepentimiento, en conjunto no estuvo a la altura de lo anterior y el motivo de la salvación resultó monótono por abuso del fortissimo.

 Sin duda, lo mejor de la obertura de Tannhäuser fue la parte central del Venusberg. Aquí Maazel con la ayuda del virtuosismo de la orquesta consiguió resolver con claridad la compleja textura orquestal que dispone Wagner, tanto en el tema de la bacanal como en la alabanza al amor del protagonista. Sin embargo, fue especialmente bello el pasaje del desarrollo de la forma sonata en el que aparece Venus y se escucha el canto de las sirenas que sonó de forma memorable en la sección dividida de violines en registro agudo.

 Pero una vez terminado el concierto, Maazel premió la ovación del público con una propina. Fue la obertura de Die fliegende Holländer que completaba a la perfección el ciclo de preludios y oberturas escuchado. Aquí, al igual que en Tannhäuser nos encontramos con otra forma acabada, si bien no tan clara. Básicamente estamos ante otra forma sonata en donde el primer grupo temático representa al Holandés y el segundo a Senta, tras lo que sigue un amplio desarrollo, una recapitulación reducida al segundo tema y una coda. Sin embargo, la aparición de material melódico nuevo en el desarrollo acerca en esta ocasión a Wagner a una forma potpurrí.

 Una vez más Wagner dispone un programa en donde nos presenta al comienzo al Holandés en medio de una terrible tormenta que agita su barco y lo atrae hacia la costa donde espera encontrar la salvación. Sin duda, en esta parte un director debe hacer rugir a su orquesta para que suene un verdadero temporal y la verdad es que Maazel consiguió desde el principio el nivel dinámico y la determinación necesaria para dejarnos empapados de sonidos. El resultado fue de nuevo memorable tanto en los momentos bravíos como en los más intimistas como el motivo de la redención extraído de la balada de Senta. No faltó tampoco la elegancia en el motivo del canto de los marineros de Daland ni tampoco un fraseo formidable en el motivo de la fidelidad. Para terminar Maazel siguió la indicación “un poco ritenuto” con la que se expone el tema de la redención al final de la pieza, aunque hizo un efecto muy particular con la orquesta que al contenerla provocó su derrumbamiento sobre ese motivo, como queriendo remarcar algo inevitable.

 Para concluir unas palabras sobre la organización del evento y la sala. La verdad es que sorprende mucho ver un concierto como éste en Logroño, una ciudad que no dispone todavía de una sólida temporada de conciertos, aunque parece ser que el Gobierno autonómico está volcado en que eso cambie. No hay duda de que en esa ciudad hay un volumen de público entusiasta que llena la espectacular sala de conciertos Riojaforum que fue inaugurada el año pasado. Una sala que no tiene nada que envidiar a muchas salas españolas construidas recientemente, a pesar de que tiene un sonido un tanto seco y tienda a vibrar en los momentos sonoros más extremos (que fueron muchos con Maazel en el podio). La nota quizá más negativa fue el programa de mano que aparte de no incluir notas (algo importante en un concierto de esta categoría) disponía el currículum de Maazel por duplicado y con alguna que otra errata (por ejemplo, “Mazzel”). No obstante, es seguro que estas cosas se irán mejorando en esta muy joven y prometedora sala de conciertos riojana.

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