Reino Unido

1984: la anti-utopía de Orwell llega a la escena operística

Anni Oskala

miércoles, 18 de mayo de 2005
Londres, viernes, 6 de mayo de 2005. The Royal Opera House. Lorin Maazel, 1984. J.D. McClatchy and Thomas Meehan, libreto. Robert Lepage, dirección escénica. Carl Fillion, escenografía. Yasmina Giguère, vestuario. Michel Beaulieu, iluminación. Sylvain Émard, coreografía. Simon Keenlyside (Winston Smith). Nancy Gustafson (Julia). Richard Margison (O’Brien). Diana Damrau (Gym Instructress / Drunken Woman). Lawrence Brownlee (Syme). Jeremy White (Parsons). Graeme Danby (Charrington). Mary Lloyd Davies (Prole Woman). Johnnie Fiori (Café singer). The Royal Opera Chorus. The Orchestra of the Royal Opera House. Lorin Maazel, conductor

1984, la nueva opera de Lorin Maazel, ha sido la comidilla de la temporada desde antes de su estreno. La producción es fruto de una exclusiva colaboración entre The Royal Opera y la empresa productora de Maazel, Big Brother Productions. Se dice que la contribución personal de Maazel al proyecto asciende a 400.000 libras (600.000 euros; 800.000 dólares). Esto ha provocado la pregunta de por qué un teatro de ópera de primera acoge el vanidoso proyecto de un rico director de orquesta cuya reputación como compositor dista de ser sólida, en vez de encargar nuevas obras a compositores más pobres y prometedores—que no escasean—como se hizo con Thomas Adès en la pasada temporada.

La ópera recién estrenada resulta única en sus modos productivos. Es una adaptación del clásico de George Orwell 1984, publicado en 1949, que presenta una anti-utópica visión de un estado totalitario en el que el individuo está siendo permanentemente vigilado y privado de libertad. Como fondo, Orwell muestra la historia de amor condenada al fracaso de ‘Winston Smith’ y ‘Julia’, quienes intentan desobedecer el sistema sin éxito.

Sala de espera del Ministerio del Amor. Set Design © 2005 by Carl Fillion

La autoría del libreto es compartida por una pareja incongruente: Thomas Meehan, conocido por sus premiados guiones para musicales de Broadway como Annie, Hairspray o The producers, y J. D. McClatchy, poeta y profesor de inglés en la Universidad de Yale, que ha escrito otros cuatro libretos operísticos. Los esfuerzos de ambos dan como resultado un texto entretenido, aunque desequilibrado, que está cuajado de rimas. Los personajes de ‘Winston’ y ‘Julia’ aparecen pobremente dibujados y su historia de amor es apresurada y vacua, mientras que el espacio dedicado, por ejemplo, al mal definido ‘Hate chorus’ y a otros caracteres secundarios era desproporcionado. También hay un claro desequilibrio en la duración de los dos actos: casi dos horas el primero y unos cuarenta y cinco minutos el segundo.

Winston Smith. Costume Design © 2005 by Yasmina Giguère

Más que rellenar los huecos del texto hablado, la partitura de Maazel era igualmente patchy y ofreció pocas posibilidades de profundizar en los problemas de los personajes. No obstante el buen manejo de los colores y texturas orquestales, que se esperaba de un director experimentado, el Maazel compositor parece estar todavía buscando su propio lenguaje, tomando ideas prestadas en vez de crear su propio estilo. La partitura de 1984 es una intrincada maraña de pastiche y efectos sonoros; el estilo de Maazel yace la mayor parte del tiempo oculto en la mezcla de Puccini, Berg, Bernstein, Sondheim y demás. La inconsistencia del estilo musical cansa y las repentinas, intermitentes y poco delicadas referencias musicales a Broadway distraen al espectador del drama. En los pasajes vocales, menos deudores de otros estilos, la pequeña aportación de Maazel parece ser la triple repetición de fragmentos de texto o palabras individuales que fue empleada hasta el aburrimiento y sin aparente provecho musical.

El apartamento de Winston. Set Design © 2005 by Carl Fillion

Es una verdadera pena lo dicho hasta ahora, dado que la ópera tuvo varios momentos interesantes (o gérmenes de ellos, al menos), cuya fuerza dramática quedó desdibujada. Entre estos estaban en el acto primero la escena de masas de Victory Sqare y la escena final en que ‘Winston’ y ‘Julia’ son capturados. El acto segundo fue mucho más contenido en general. Culminó con la escena de la tortura de ‘Winston’, que lo llevó a la fatídica habitación 101, donde uno se enfrenta a sus peores temores, las ratas, en el caso de ‘Winston’. La escenografía del director canadiense Robert Lepage fue un elemental ingrediente del drama en esta escena y en todo el resto de la ópera. Para representar el dolor de la tortura de ‘Winston’ hizo un sutil y efectivo uso de imágenes proyectadas de primeros planos de su cara. La terriblemente pequeña celda, sobre la que se proyectaban las siluetas de las ratas, ilustró efectiva y simplemente la tensión psicológica de la temida habitación 101. En general, los decorados de Carl Fillion, con la imagen del ‘gran hermano’ permanente y amenazadora en varias pantallas de televisión, se fueron adaptando a las distintas necesidades del drama, siendo sus transparencias un elemento que refuerza la idea del omnisciente control.

Buena parte del impacto de la ópera se debe al reparto estelar. Magistral fue el ‘Winston Smith’ de Simon Keenlyside, si bien es demasiado apuesto para ajustarse a la descripción de Orwell—mantenida en el libreto—de un hombre de edad con varices y cinco dientes postizos. A lo largo de la ópera Keenlyside logró otorgar gravedad y vida incluso a los más banales pasajes melódicos, rimas del texto o vacuas repeticiones. Nancy Gustafson sacó lo mejor de ‘Julia’, siendo su voz y su actuación el cauce de un personaje de sentimientos profundos y sinceros. Richard Margison logró hacer aterradora la transformación de 'O'Brien' de amigo a traidor peligroso, muy a pesar del poco y pobre material musical y dramático con que contaba su personaje. De los secundarios impresionaron Lawrence Brownlee con su canción, así como las agilidades físicas y vocales de la ‘Gym Instructress’ que encarnó Diana Damrau. Maazel dirigió con soltura y logró que la orquesta y el coro se adaptasen admirablemente a las exigencias de la desequilibrada partitura.

Ministerio de la Verdad. Set Design © 2005 by Carl Fillion

En definitiva, el 1984 de Covent Garden es una creación única de Lorin Maazel y un grupo de expertos. No parece que la música vaya a mantenerse viva sin ayuda escénica, pero tomada como un todo, la producción merece un aplauso como experiencia audiovisual que no deja al oyente indiferente, incluso si los sentimientos van desde el interés, a la confusión o la exasperación.

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