Chile

¿Ligas menores? ¡Ligas mayores!

ClasicayOpera.cl

viernes, 27 de mayo de 2005
Santiago de Chile, viernes, 20 de mayo de 2005. Teatro Universidad de Chile. Patricio Valenzuela (piano), Gonzalo Simonetti (barítono). Orquesta Sinfónica de Chile. Víctor Hugo Toro, director. Tomás Koljatic: 'Wenn es nur einmal so ganz stille wäre '; Edward Grieg: 'Concierto en La Menor para piano y orquesta', Op. 16 y Felix Mendelssohn-Bartholdy: '3ª Sinfonía en la menor', Op. 56 'Escocesa'. Temporada del descubrimiento

Comenzó la Orquesta Sinfónica de Chile su Temporada del Descubrimiento, aquella que ha merecido, desde siempre y por su concepción, al menos mis más grandes halagos. Y no porque se trate de un ciclo de conciertos donde se exponga muy buena (o mala) música, ese no es el fundamento; la gracia de esta segunda parte de la Temporada 2005 es que con ella la Orquesta se hace cargo de una de las tareas más importantes que por ser una institución universitaria tiene que emprender, la pedagógica. Se trata, cada año, de subir al escenario del Teatro Universidad de Chile a jóvenes intérpretes y creadores que, junto a una de las agrupaciones musicales más relevantes del país, muestran su trabajo, por el que se han destacado a pesar de su corta edad.

El puntapié inicial se dió con Wenn es nur einmal so ganz stille wäre para barítono y orquesta, estreno absoluto del compositor Tomás Koljatic, obra quizás demasiado pretenciosa, que, aun cuando resulte interesante su audición, no aporta especialmente a la ya un tanto desgastada escuela expresionista, a la que claramente pertenece. Una sumatoria de efectos orquestales que se suman a la línea vocal, bien lograda en términos generales, son la sustancia de esta página que, aún cuando logra llegar a buen puerto, no tiene nada por lo que destacar.

Gonzalo Simonetti fue el solista de la velada, sin lugar a dudas un muy buen cantante, muy joven también y con un prometedor futuro, pero cuyo nicho no se encuentra claramente en este tipo de música.

Siguió el Concierto en la menor de Edward Grieg, con la participación del pianista Patricio Valenzuela, 1er lugar del Concurso de Jóvenes Solistas de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Con sólo 17 años a cuestas, Patricio tiene ya un currículo interesante como intérprete y aptitudes que le hacen presagiar un gran desarrollo futuro. No es la primera vez que este pianista se presenta con la Sinfónica, con la que ya había tocado en 2003, interpretando en aquella ocasión el 2º Concierto para piano de Beethoven, obteniendo excelente crítica. En este caso, los halagos han de hacérsele una vez más, por la calidad de su lectura del Concierto de Grieg, una de las obras concertantes de piano más queridas de todos los repertorios.

No se me escapa, obviamente, el hecho que Víctor Hugo Toro, el director invitado de la velada, ayudó mucho con su versión para hacerle la tarea más fácil al solista, lo que redundó en una versión un poquito lenta y algo fome de la obra, aunque eso no le quita mérito en lo más mínimo al pianista.

La gracia de Valenzuela está en su musicalidad, en su fraseo, en la claridad con la que encuentra cada una de las melodías y las innumerables líneas en que éstas se entrelazan y en la pasión con la que interpreta esta obra, nacida de la más auténtica escuela nacionalista romántica. El encore, un Procofiev exquisitamente interpretado nos recuerda lo sencillo que resulta a los buenos músicos acometer contra las más intrincadas obras.

Para el final quedó la Escocesa de Felix Mendelssohn-Bartholdy, el clasicista del romántico, admirado por sus contemporáneos pero rechazado por muchos músicos de las generaciones siguientes (entre 1850 y 1950) por considerarlo un baluarte del “viejo orden” al no militar activamente en el movimiento romántico. La perspectiva que da el tiempo y la historia permiten descubrir y admirar en sus partituras a un gran músico, creador de obras que, aunque nunca pretendieron romper con los esquemas, fueron realizadas con un grado de perfección y elegancia inalcanzable por aquellos que lo rechazaron (grandes creadores muchos de ellos, admirables en otros aspectos).

Para este momento se reservó Víctor Hugo Toro pues no se había podido lucir, ni la Orquesta, ambos cuidando resultar buenos acompañantes para los verdaderos protagonistas de las primeras obras. Fue aquí, sin lugar a dudas, donde se logró la más acabada versión, musical, entretenida y muy correctamente interpretada. El director leyó la obra de memoria, sin la partitura, lo que nos habla de un profundo conocimiento de sus páginas, expresado en la gran concentración y pasión con la que guió a sus dirigidos. En términos generales, los músicos de la Sinfónica respondieron muy bien, aún cuando pudieron escucharse muchas imprecisiones de los primeros violines, sobre todo en el movimiento inicial. La interpretación del Adagio, sin embargo, fue de gran factura y el punto más álgido de una muy interesante presentación.

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