Chile

¿Quién dijo que a Santiago no le gusta Wagner?

ClasicayOpera.cl

jueves, 30 de junio de 2005
Santiago de Chile, martes, 21 de junio de 2005. Teatro Municipal. Lohengrin. John Horton-Murray (Lohengrin), Susan Anthony (Elsa), Fyodor Kuztnesov (Rey Enrique), James Jonson (Telramund), Jeanne-Michèle Charbonnet (Ortrud), Ales Jenis, Diego Saavedra, Iván Rodríguez, Ricardo Seguel y Sergio Gómez. Orquesta Filarmónica de Santiago, Coro del Teatro Municipal. Maximiano Valdés, director

Desde que tengo uso de razón se asevera en Chile que el público local de la lírica, bastante conservador (se dice) para sus gustos, no gusta de las óperas compuestas más allá del año 1900 y de aquellas que provengan de fuera de la península itálica o, al menos, del mundo latino. Así, dice el mito, ni los compositores contemporáneos, ni Wagner, los rusos y mucho menos los ingleses, norteamericanos y latinoamericanos, verán grandes éxitos en el Teatro Municipal.

La buena memoria obliga a recordar casos insignes de los últimos años que tiran por tierra todo aquello: Wozzeck (2000), Los Maestros Cantores de Nürenberg (2001) y Peter Grimes (2003), sólo desde el cambio de siglo, no hubieran tenido el éxito que tuvieron y no se hubieran convertido en el montaje más importante de sus respectivas temporadas si fuera cierto. Tal es el sitial que espera a Lohengrin este 2004, donde la temporada se viene mucho más competitiva que las antes citadas, con títulos y artistas que hacen pensar en un año lírico de excepción en el Teatro Municipal.

Hacía mucho tiempo que no se escuchaban las ovaciones que se dejaron caer sobre los responsables de este montaje, estrenado en el Municipal la semana recién pasada. La calidad y pertinencia de la versión hizo saltar de sus butacas a los asistentes del estreno ya desde el primer acto que, entre paréntesis, resultó el menos logrado de todos.

Si se quiere actuar con justicia, gran parte de los laureles deben asignársele al director musical de la puesta, el titular de la Orquesta Filarmónica de Santiago, Maximiano Valdés, debutante en las lides wagnerianas, pero que supo, junto a sus dirigidos, llevar a excelente puerto una partitura extensa y muy exigente, que a cada paso requiere más y más a los ejecutantes. Destacó la interpretación del preludio al tercer acto, lleno de vitalidad y brillo. La principal dificultad de la obra, en mi opinión (algo que sucede con la mayor parte del repertorio de este compositor), es que cada acto y cada pasaje es más pesado que el anterior, hecho que requiere del director, los instrumentistas y cantantes gran resistencia, pues si se sufre cansancio durante el trascurso de la ópera no se tendrán fuerzas para llegar hasta el final. No ocurre lo mismo en otros repertorios, donde hay momentos para descansar en medio de las obras.

Mención especial merece en esta ocasión el Coro del Teatro Municipal, del que siempre se destaca su nivel profesional, pero que en este caso brilló especialmente pues tiene una participación muy activa y se desempeñó, en lo vocal y en lo escénico, de brillante manera.

Cierto es, también, que otro de los personajes que hiciera de esta puesta una de altísimo nivel fue el régie alemán Alfred Kirschner, que imprime un sello muy característico que no es necesario conocer de antemano pues se reconoce a simple vista de principio a fin. Lohengrin adquiere en sus manos una gran cuota de teatralidad, algo de lo que extrañamente suele carecer la ópera en estas latitudes y que en otras es tan relevante (como debe ser) como lo musical. Ramón López, escenógrafo e iluminador, tiene una participación brillante también en ambas tareas. María Elena Amos, por último, tiene más bajos que altos, con una excelente propuesta para el personaje de Ortruda y una muy poco feliz para Lohengrin, por ejemplo, que viste una especie de colchón desteñido de pectorales.

También los roles protagónicos mostraron excelentes niveles de interpretación. Destaca, por cierto, y se agradece, el hecho que se contara con un elenco de rendimiento muy parejo. Quizás la única decepción pueda haber sido el Lohengrin del tenor alemán John Horton-Murray, cuya actuación dejó mucho qué desear durante el primer acto, cuando su emisión resultó calante y forzada en todo momento, de escaso brillo y desagradable timbre. Ya para el segundo y tercer acto mejoró grandemente, llegando a un nivel adecuado, aunque nunca destacado. Susan Anthony, Elsa, resultó mucho más convincente, aunque no todo lo que se hubiera esperado de ella, con una fantástica interpretación escénica pero algo falta de brillo en lo vocal.

Los “malos” de la película se robaron el set sin lugar a dudas, con composiciones memorables en todos los aspectos de Telramund por parte de James Johnson y, muy especialmente, de Orturd por Jeanne-Michele Charbonnet. Esta última, catalogada como soprano en sus antecedentes, se pasea sin ningún tipo de empacho por el registro bajo, como si de una potentísima mezzo se tratara, con un nivel de colocación y brillo envidiablemente parejos hasta las notas altas, gran potencia vocal y una teatralidad admirable en la voz.

También merecen grandes elogios el bajo ruso Fedor Kuznetsov y el barítono eslovaco Ales Jenis, ambos de gran desempeño.

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