Opinión

Una herencia dilapidada, o cómo se tira por la ventana un buen trabajo

Carla del Val

martes, 12 de julio de 2005

El reciente auge de auditorios y festivales en España podría hacer pensar que estamos ante un renacimiento cultural de envergadura. Pero lo que ha crecido en los últimos años son sólo pequeñas parcelas de lo que es la vida musical. Junto a esos nuevos espacios y ocasiones para la música, y junto a muchos músicos españoles apreciados por su alto nivel, hay también todo un mundo de profesiones musicales que espera todavía alcanzar un nivel equiparable.

Lo que podríamos llamar la para-música se mueve todavía en España dentro de unos niveles generalmente penosos. La crítica musical, la gestión, la planificación, el diseño de eventos o la organización empresarial, son sectores tan importantes como la interpretación, la composición, o la edificación de espacios, pero no se han desarrollado paralelamente. La crítica es ejercida por aficionados voluntaristas; la gestión, improvisada día tras día; la planificación, desconocida; el diseño de eventos, completamente ignorado; y la organización empresarial, se mueve en niveles empíricos, cuando no experimentales.

Así las cosas, la música es una especie de operación de alto riesgo para quienes se la toman en serio, y un campo libre para los que perciben su desestructurada organización como una mina para explotar en beneficio propio. Si no existe tradición crítica con criterio, si no se sabe cómo evaluar una determinada gestión o si la principal orientación empresarial es sacarle dinero a una administración cultural carente de técnicos formados, no puede pensarse seriamente que el mundo de la música funcione. Lo que funciona es o por casualidad, o porque alguien se empeñó de un modo personal en hacerlo bien, pero no porque las estructuras organizativas de la vida musical estén, en general, bien asentadas (y además, hace que todo salga mucho más caro al final).

La enseñanza musical ocupa un lugar muy importante en este esquema de cosas, porque es el lugar donde se produce la transmisión de los mecanismos profesionales. Y también, porque es el refugio de muchos músicos y para-músicos a los que el mundo de la música en vivo ha dejado fuera. No hará falta repetir aquí los tristes comentarios generalizados sobre el lamentable estado de los conservatorios españoles (considerados siempre en términos generales), que se añaden a ese triste cuadro general de la música española.

Cuando se implantó la LOGSE, hubo algunos centros de enseñanza que fueron capaces de sobreponerse a ese estado de cosas. Uno de ellos fue la Escola Superior de Música de Catalunya. Nacida en medio de una gran polémica, precisamente porque hacía frente a las rutinas tradicionales, sus primeros promotores consiguieron en poco tiempo un elevado nivel de prestigio para ella, atrayendo muchos alumnos y abriendo un rayo de esperanza en el sector. La razón principal fue la posibilidad de contratar profesores de alto prestigio internacional y la existencia de un proyecto racional, muy estudiado, y sensible a ese cuadro general que describíamos más arriba.

Pero pronto aparecieron algunas señales de alarma. El centro había nacido con prisas, a pesar de llevarse planificando desde tiempo antes de abrir sus puertas, y algunos asuntos importantes habían quedado sin organizar. Una vez puesto en marcha el centro, estos asuntos pendientes no fueron enfrentados con el mismo espíritu renovador: la mayor parte del equipo que había planificado el centro quedó bajo el control de cargos directivos designados por el gobierno de Convergència i Unió, mientras que antes había podido trabajar sin interferencias.

Las autoridades políticas no supieron recordar que la Escola había nacido como proyecto emblemático, y que, por ello, al mismo tiempo que tenía que dar muchos réditos en imagen pública, también tenía que darlos en resultados musicales. Satisfecha la primera parte, se desentendieron del nuevo centro, limitándose al trámite de los asuntos ordinarios y sin aplicar mecanismos contrastados de análisis y evaluación. El centro se quedó así ocupando un extraño rincón de la administración, como centro superior por un lado, pero con las limitaciones de un centro de enseñanza secundaria por otro.

Esas autoridades políticas no supieron ver tampoco que un centro de enseñanza musical tan novedoso requería también una atención especial a sus aspectos internos, y éstos fueron descuidados. Se dejó funcionar la cansina lógica de la administración de que si no pasaba nada grave, es que todo iba bien. Una lógica muy poco adecuada para un proyecto que se enfrentaba en solitario a prácticamente un siglo de desestructuración de la enseñanza musical con un proyecto enfocado de modo realista en la realidad del mercado de la música actual. Y en un nuevo centro cuya complejidad organizativa es comparable a la de una facultad universitaria, al impartir múltiples titulaciones superiores diferentes en múltiples esquemas formativos (por lo que, además, se lleva un sabroso pellizco de los presupuestos públicos).

Junto a esta carencia en la organización interna, las señales de alarma fueron detectándose en 'detalles' tales como el desigual procedimiento de contratación del profesorado y sus desiguales condiciones salariales, la corporativa organización interna, la carencia de medios democráticos para el nombramiento de los cargos electivos, la falta de cauces de expresión para alumnos y profesores, y la brusca burocratización para profesores sin preparación previa para ello. Pero, sobre todo, se detectó claramente en el régimen de sutiles coacciones que pronto vició la vida interna del centro.

Esas sutiles coacciones se encuentran en todos los estamentos. Los estudiantes, por ejemplo, siguen un régimen individualizado de tutorías que en algunos casos podrían llevar hasta la manipulación (recordemos que la enseñanza musical se realiza generalmente con ratio 1/1). Este régimen anticipa el futuro régimen de enseñanza individualizada que se implantará en toda la enseñanza superior con motivo de la convergencia europea, pero en lugar de haberlo cuidado para poder presentarlo como experiencia avanzada, se ha dejado deteriorar por parte de los órganos directivos del centro en función de los intereses pragmáticos del día a día, al no haber sido atajados esos riesgos. En esas tutorías individualizadas, los profesores-tutores pueden llegar a realizar intromisiones en las vidas privadas de los alumnos, cuestionando elementos de su vida personal, lo que en un medio como el musical, donde se cultivan tradicionalmente los elementos carismáticos de la enseñanza, podría dar lugar a abusos psicológicos.

Los profesores, por su parte, tienen contratos en los que los salarios son proporcionales a la cantidad de alumnos en sus aulas. La razón estriba en que, al tratarse de una enseñanza altamente técnica con ratios tan bajas, y al igual que en los trabajos de investigación universitarios, son los alumnos los que eligen al profesor. Esto podría llevar, por ejemplo, a la perversión de inducir a los profesores a modificar las calificaciones de sus alumnos para no comprometer sus futuros ingresos salariales, pues los alumnos descontentos con su calificación podrían escoger en el/los cursos siguientes a otro profesor más complaciente.

La vida interna de la Escola se distingue por la falta de contacto entre sus profesores, debido a que está organizada exclusivamente en departamentos y no hay ninguna forma de representación interdepartamental. A cambio, existen numerosas comisiones para resolver asuntos concretos y especializados, de manera que el profesorado está muy fragmentado. Los profesores se desconocen unos a otros, y su tarea se realiza en total aislamiento respecto al curriculum global del estudiante. Nadie puede tener una visión de conjunto de lo que sucede en la Escola, con lo que la función docente se realiza en condiciones como mínimo desfavorables para el desarrollo integral del alumnado.

El único órgano representativo interestamental, el Consell de la Escola, no es operativo, pues no tiene apenas más funciones que las consultivas. Todas las decisiones recaen en una serie de personas que hasta el momento han sido a veces designadas directamente, o que, en todo caso, hasta el momento no han sido refrendadas por procedimientos electivos. Cuando se han dado estos procedimientos electivos, no han respetado las reglas democráticas y se han manipulado condiciones, requisitos, o plazos, provocando quejas que han sido resueltas mediante resoluciones sin fundamentar. Como el centro no se rige por el derecho administrativo, estas decisiones son inapelables. Dicho de otro modo: los directivos de la Escola pueden realizar una política basada en principios del derecho privado, pero con dinero público y con objetivos de interés público. Si no se ejercen controles externos  -y no parece que se estén ejerciendo-  esa política privada podría afectar a los principios constitucionales básicos como el de libertad de expresión o los de igualdad, capacidad y mérito, además de falsear esos objetivos de interés público.

Las sutiles coacciones han llegado a no ser tan sutiles en algunos casos, y en ellos se detecta la posibilidad de que se estén dando actuaciones negligentes o interesadas en algo que afecta a las responsabilidades del Estado. Por ejemplo, los estamentos directivos del centro han practicado una política directamente coercitiva por la vía de la práctica sistemática del despido improcedente. Algunos profesores y jefes de departamento fueron despedidos por la sencilla razón de que no aceptaron el régimen impuesto de falta de debate interno y de falta de transparecia. Estos despidos se produjeron tras muy poco tiempo de ejercicio como docentes de la Escola, por lo que solamente cabría pensar que, o bien habían sido mal seleccionados  -y entonces debería investigarse la calidad de los procesos selectivos-  o, en caso contrario, los despidos fueron un brindis al sol que se cerraba con el generoso desembolso de mucho dinero público para tapar bocas disidentes. Directivos y profesores están frecuentando con demasiada asiduidad los juzgados de lo social de Barcelona, cuando el interés y novedad del proyecto "Escola" requeriría que dedicaran toda su energía a cuestiones más constructivas. Una sociedad democrática sana buscaría investigar estos casos, pues son numéricamente significativos, y han supuesto desembolsos económicos muy notables. Pero, sobre todo, porque han instaurado un régimen de coerción constante sobre el profesorado en un centro "de iniciativa pública".

En todo caso, parece que el bolsillo del contribuyente está financiando un centro de enseñanza que, de ser una avanzadilla representativa de las nuevas formas de planificación y gestión educativa, ha pasado a sostener su prestigio únicamente en la figura de algunos profesores individuales. Como la convivencia interna es difícil, esto fragmenta aún más una enseñanza que ya venía siéndolo en exceso, y en el mejor de los casos produce músicos brillantes en áreas limitadas. No se consigue favorecer el nuevo tipo de músico que la rápida evolución de los medios técnicos y sociales de la música está exigiendo hoy día; en el mejor de los casos, se producen músicos al viejo estilo en el que España fue deficitaria durante décadas, pero cuyo perfil profesional hoy es ya muy diferente y cuya demanda está a la baja.

La llegada de Esquerra Republicana al Departament d'Ensenyament supuso la apertura de nuevas esperanzas. El nombramiento de un nuevo Coordinador general (un cargo con atribuciones especialmente gerenciales) y de un nuevo Director (con atribuciones 'artísticas', pero ¿por qué no pedagógicas?) se produjo con un desfase temporal, de modo que este último aún no se ha incorporado a su cargo. Pero el nuevo equipo de coordinación, es decir, la parte gerencial de la Escola, ya ha tomado decisiones educativas antes incluso de la llegada del nuevo director, y ha seguido aplicando las mismas técnicas que el anterior: acaba de despedir al Jefe de Estudios mediante el procedimiento ya conocido del despido improcedente. Nótese bien: no ha destituído al Jefe de Estudios de su cargo, dejándole sus clases como profesor, sino que le despide totalmente de todo su trabajo en el centro. ¿Qué margen de maniobra tendrá un director que llega en medio de este panorama? ¿Quién se atreverá a hacer propuestas que no coincidan con el pensamiento de los directivos? ¿Cómo se va a garantizar que la enseñanza no quedará atrapada en el dirigismo autoritario de personas designadas políticamente y no elegidas por los integrantes del centro? ¿Cómo se van a cultivar los valores del diálogo, el contraste de pareceres, la creatividad personal, en un ambiente tan asfixiante? ¿Qué quedará de la 'formación integral' de los estudiantes?

Si ese tipo de despido ya resulta escandaloso en la vida laboral habitual, lo es aún más en un centro de enseñanza (superior) donde la libertad de expresión debe ser la práctica común. Y es aún más escandaloso porque trata de enviar a toda la comunidad escolar un mensaje de amenazas. Con ello, la Escola no sólo ha perdido su espíritu renovador inicial, sino también su dignidad como institución financiada con fondos públicos. Teniendo en cuenta además que este Jefe de Estudios fue el impulsor de los más avanzados conceptos pedagógicos que se pusieron en práctica en la Escola, y del curriculum que había levantado las esperanzas (y las envidias) de todos los centros de enseñanza del mismo nivel en el resto del Estado, cabe preguntarse si alguien, aparte de los despedidos y los atemorizados de la Escola, se toma en serio la enseñanza musical en España.

El nuevo Director tiene ante sí un reto muy grande: reubicar la Escola en un proyecto renovador, curar heridas y sanear el infeccioso clima de trabajo que estas prácticas han instaurado por la dejación de sus responsables últimos. Es un handicap muy pesado para quien debería poder empezar mirando hacia adelante, pero que tendrá que mirar hacia atrás, pues se encuentra tomando posesión de una herencia dilapidada. La Escola demostró, en sus primeros momentos, que la enseñanza musical sí tiene solución en nuestro país, pero ahora habrá que volver a demostrarlo, o bien dejar que permanezca en la atemorizada mediocridad general de los conservatorios españoles.

Pero para eso no hace falta nombrar impresionantes cargos directivos ni organizar complicadas fundaciones.

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