Musicología

Paisajitos, no gracias

Teresa Giménez Barbat

sábado, 27 de noviembre de 1999
En las democracias occidentales estamos bastante curados de espantos con los viejos tabúes. Zonas calientes de nuestra infancia, como el sexo y la religión (me refiero a la "oficial", palabra descalificadora donde las haya) no resultan especialmente comprometedoras a la hora de su debate y desmitificación, y una moderada trasgresión de todo ello es, incluso, de buen tono.Señoras y señores: El ArteHablar con ironía de la religión es casi indispensable: estamos todos de vuelta de ello; aunque se aconseja una prudente coletilla tipo "pero algo tiene que haber". Hay que tener "la mente abierta" aunque a veces, a la vista de la explosión de integrismos, supersticiones y magias, más parece que tengamos un agujero en el cerebro, que no es lo mismo. Este "algo tiene que haber" es una de las formas que adopta nuestro deseo de certeza más allá del conocimiento material que tenemos del mundo, de nuestra "necesidad de trascendencia" como dice Paul Kurtz en Towards a new Enlightment.Esta necesidad de creer más allá de lo razonable adopta multitud de formas, y el carisma, la autoridad y el cripticismo son diferentes cantos de sirena a las que entregamos nuestra voluntad de racionalidad, donde abandonamos el pensamiento crítico y el esfuerzo intelectual.Dios murió y en los salones más refinados no se escandalizan ya con el ateo pero hay espacios sagrados mucho más persistentes, precisamente por el desconocimiento que se tiene de las características básicas comunes en los sistemas de creencias. Hay reductos donde La Verdad Vive y esta vez no con el vulgo, sino en la élite, "le monde", el dinero, o "los enterados". No hay nada tan convenientemente obscuro como el arte para darnos la certeza de que tenemos "un espíritu", que somos algo más que "materia". ¿Qué más cómodo que una selva de arcanos para sentirnos iniciados, ergo, superiores?.¿Quién puede decir qué es el arte?. Mucha gente. Lo bueno que tiene el arte es que cualquier definición es legítima (si viene avalada, aunque sea con libre interpretación, por alguna "vaca sagrada").Para muchos, es un tema incómodo. Es un interrogante sospechoso de parecerse a ¿qué significado tiene la vida?. Puede que, como afirma Puente Ojea en Elogio del ateismo, sean preguntas originadas por el hábito religioso de darle una intención a nuestras invenciones (entes metafísicos, que diría Eugeni Trías).Como creemos que la modestia sigue siendo una virtud, pasaremos de puntillas sobre este tema y sólo registremos, a título de anécdota, un par de opiniones al respecto desde orillas contrapuestas.Dice Félix de Azúa en su prólogo al Diccionario de las Artes: "Quizá esta ficción, esa nostalgia enfermiza de dioses y obras de arte, no sea cosa de ahora sino de siempre, es decir, de mañana. Quizá las religiones y las artes nunca han sido otra cosa que nostalgia y enfermedad. Es más: quizá ahora se esté agotando la capacidad de nostalgia y comencemos a librarnos de la ficción de que hay (o hubo) dioses y Arte. Quizá estemos en el comienzo de una vida sobre el mundo sin garantías."Con más seguridad, quizá por ser arte y parte (y nunca mejor dicho) se manifiesta un profesional de las artes plásticas, un pintor consagrado. Tápies dice en el diario El País del 13-5-99: "El arte es una flor delicada y puede ser pisoteada y destrozada. El arte debe estar en sus templos: los museos y las salas de exposiciones".Como vemos, la referencia a la religión que hacíamos más arriba no es banal: ambos están de acuerdo solamente en que hablan de algo sacro. En todo caso, por atractivo que sea el tema ¡helàs!, se queda para otro día.Cerremos esta parte con otra frase de Félix de Azúa (yo no he dicho que sea imparcial): "Mientras exista humanidad, habrá energía creativa y la imperiosa necesidad de imaginar variaciones para lo que nos ha sido dado."Arco: Juana de Aizpiru y los paisajitosQuizá nadie pueda afirmar ya nada con contundencia respecto al arte como concepto, pero por lo menos las cosas están más claras sobre qué no se considera Arte en algunos salones en nuestros días. Aparentemente, hay un consenso general entre la gente que toma decisiones hoy en el mundo de las artes plásticas en que el arte figurativo, el arte realista, ya no es El Arte.De tanto en tanto, surge algún respondón y, una vez más, esto provocó una polémica en la última edición de Arco. Arco, como ustedes sabrán, es una de las ferias de arte más importantes de Europa, en la que se exhiben las últimas tendencias en artes plásticas y donde los talentos más novísimos tienen representación.Como en otras ocasiones, se ha vuelto a discutir si el arte figurativo tiene hoy cabida en un evento como este. Una de sus protagonistas más destacadas, la galerista Juana de Aizpiru, zanjó la discusión con todo la autoridad que le otorgan su prestigio y su experiencia con estas palabras con carga oracular: "Paisajitos, no".Si en una Feria de Arte como Arco sus autoridades deciden que los "paisajitos" no pueden codearse con los demás objetos expuestos, es que los "paisajitos", o no son arte o son menos arte de que lo que ellos patrocinan.¿Porqué ésta señora se permite ser tan despiadada con los "paisajitos", convertir con esta palabra al arte figurativo en símil descarnado de lo cursi y dar de paso un nuevo puntillazo a la figuración? Pues porque en un mundo donde el Arte ha muerto, los "paisajitos" son peor que un cadáver, son anatema, son....repipis. La figuración se asocia al manierismo, a la falta de ideas, al tresillo y la mesa camilla, al gusto del tendero enriquecido. A lo burgués vaya.La imagen de la figuración está así de deteriorada; es un árbol caído del que se puede hacer leña y todo el mundo, es decir, seamos precisos, "le monde", lo sabe (la señora juega sobre seguro, nadie le va a plantar cara).¿Cómo se ha llegado a esto?. La fotografía, dice la historia (1), mató a la estrella de la figuración, y, desde entonces, el arte ha venido haciendo equilibrios (algunos francamente divertidos, como veremos más adelante) para distanciarse del nuevo paria.El artistaUna serie de elementos han ido depositándose en el transcurso de los siglos hasta cristalizar en una figura perfectamente canónica: El artista.El héroe romántico en que resulta El Artista es un arquetipo que a grandes rasgos toma sus agregados más importantes de los trovadores medievales, del estudiante pobre y vagabundo de las novelas del siglo de Oro, del romanticismo con su exaltación del creador atormentado y en los márgenes de la sociedad, de los cenáculos post-ilustrados, y (2) va adoptando unas señas de identidad prácticamente indestructibles, que determinan no sólo un universo propio de conceptos y de comportamientos, sino incluso un "look" que es prácticamente un uniforme reglamentario. Este modelo es adoptado clónicamente por gran parte de los artistas que, en su gran mayoría han perdido todo interés en llevar a cabo una crítica real al sistema, función que, en teoría, es la que creen que les corresponde. Por otra parte, los poderes públicos, irónicamente, han asimilado su carga subversiva convirtiéndose en sus máximos garantes y protectores (3). No sólo eso, la identificación entre artista y subversión es tan patente que, en una necesidad de certezas sobre lo artístico, el mismo sistema exige una vuelta más de tuerca, real o ficticia, para otorgarle credibilidad.Transgrediendo los límites por naricesTodo está ritualizado: el maldito sólo tiene que producir una transgresión ocasional para la que la institución burguesa le prestará comprensiva un espacio idóneo. ¡That's entertaiment! Es cosa sabida: la gente más rara del mundo suele verse por los pasillos de las áreas de prensa y de cultura de los ayuntamientos.Ironiza Vidal-Folch en La cabeza pintada: "..con todos aquellos signos de una bohemia atildada que no conocía el frío y el hambre, De Ruyten representaba el prototipo del artista atrapado entre los deseos de ser genial e incomprendido, de indignarse y rebelarse contra la familia y la sociedad ( un imperativo categórico inducido y aprendido en las aulas de Bellas Artes) y los generosos subsidios y prolongadas becas de la familia, las fundaciones y el Ministerio de Cultura a su propio desarrollo como creador." ¿Qué espacio real existe hoy para el artista en una sociedad opulenta y curada de espantos, en la que la antigua y sana transgresión es un producto más de mercadotecnia?. La presión para la transgresión obligatoria, para ir más allá en el más difícil todavía nos lleva a un arte donde tiene mucha más esperanza de hacerse un hueco lo más desagradable y repulsivo.En La palabra pintada Tom Wolfe dice con sencillez respecto a la abstración: "Para los coleccionistas, encargados de museo y marchantes, toda nueva obra que pareciera genuinamente fea pasó a tener un extraño atractivo"La modernidad y sus gurusLa muerte de la figuración, las nuevas tendencias, el marxismo, la revolución, el psicoanálisis, vulgarizaciones varias sobre la ciencia y, muy importante, la emergencia de un mercado muy específico y poderoso, contribuyeron a crear una nueva idea del arte paradójicamente muy rica en su momento, una especie de "explosión cámbrica", pero al final mucho más sagrada, circular y dogmática de lo que jamás había sido. Como aquel que se declaraba ferozmente monógamo, pero "sucesivo", una monogamia sucesiva ha sido la respuesta de los "enterados" intentando dar orden a la orgía generalizada.Esto comenta Tom Wolfe de una de las corrientes artísticas modernas de su país: "En poco tiempo la pintura plana, la abstracción, la pureza formal y cromática, la expresividad de la pincelada (action), todas las teorías, sin fin, dejaron de serlo para convertirse en axiomas, en parte de un legado, tan básica como los Cuatro Humores fueron una vez en cualquier consideración sobre la salud del hombre. Ignorar esas cosas significaba no estar en "posesión de la Palabra". ¿Qué permite la aparición del gurú en toda creencia?. La imposibiidad de la razón. Una de las características del arte moderno es que, al romperse las pautas de la figuración, al dejar de ser la habilidad, la técnica, el parecido con la realidad los cánones clásicos, los referentes intersubjetivos y de consenso para la interpretación de la obra de arte, ésta pasa a convertirse en una idea siempre definitiva pero a la vez cambiante, caprichosa (al menos, aparentemente), en un secreto para iniciados, en un arcano que necesita siempre del entendido para su interpretación. Ahora más que nunca el arte plástico (y, con matices, por extensión las otras artes -música, arquitectura etc) por no hablar de la literatura y de la filosofía post-moderna, (4) necesitan siempre de la interpretación, de la traducción. En el arte de este siglo un gurú reemplaza a otro gurú que sólo tiene en común con el anterior la cualidad básica de todo gurú: el dogma, la intransigencia y el infierno para "los paisajitos" del momento.Si no cómo podríamos interpretar no sólo los ensayos especializados sino las meras críticas de las obras expuestas en galerías y museos. Veamos un texto cualquiera, una crítica al azar y tomada sin mala idea. Una incluso de las más claras y modestas de las que podemos ver en cualquier sección cultural de un periódico: "En sus cuadros las geometrías no son formas impositivas que limiten categóricamente un espacio si no una especie de recreación de territorios diferenciados pero con fronteras abiertas a la interrelación con otras formas y colores. Todo situado en un espacio mucho más amplio, una especie de fondo infinito que hace de la obra de X un universo abierto y, a priori, sin límites". ¿Mande?Tom Wolfe recoje en su libro La palabra pintada una crítica de arte aún más osada y lírica: "Vestigios de sensibilidad vulnerada se abren camino dubitativamente por un campo de azul cobalto no siempre propicio".No puedo evitar imaginar a Wolfe haciendo muecas jocosas cuando la reproducía.En La Cabeza de plástico, libro inteligente y desopilante donde los haya, Ignacio Vidal-Folch describe a su protagonista (un "Pontífice" según sus palabras, un endiosado e incontestable experto en arte vanguardista y director de un importante y ficticio museo) con "... una habilidad prodigiosa para dar empaque retórico y legitimidad con un "discurso" a los proyectos más etéreos, espesándolos con nuevos y sorprendentes conceptos, sintetizándolos con sentencias ideales para titulares de prensa ... " ... "cuyo brillante discurso daba al arte del país todas las garantías y el plus de sentido del que tan necesitado estaba".Nadie puede apreciar ya el arte sin una teoría que lo explique. Todas ellas efímeras, desde luego. El gurú se convierte así en imprescindible.La derechona versus la izquierdona o todo por la pastaEl arte moderno se asimila, como comentábamos antes, a la trasgresión, a la revolución en cada momento, al progresismo, a una cómoda idea del izquierdismo de corazón, que no de bolsillo, y de un mito no menos potente de eterna juventud que conlleva todo lo anterior. Por otro lado, coincide con la emergencia de una clase media que accede por primera vez a un consumo cultural antes exclusivo de las clases más poderosas, con ciertos resabios puritanos de nuestra tradición judeo-cristiana que la impiden disfrutar de los placeres sin excusas. Se necesita algo "distinto" para que nada cambie. El romanticismo del artista incomprendido se lo va a brindar.Para Tom Wolfe se trata de .."una moderna redención (del pecado de Opulencia) ..."las personas que más incómodas se sienten con respecto a su opulencia son precisamente las más atraídas por la idea de coleccionar arte contemporáneo, arte de vanguardia, calentito y recién sacado de la Buhardilla"No todos los intelectuales coinciden en la relación arte moderno/progresismo izquierdista. De hecho, el arte abstracto español estuvo fuertemente apoyado por el franquismo en los sesenta, pues creía ver más fuerza subversiva en la figuración, que señalaba sin lugar a falsas interpretaciones y sin ayuda de teorías la lacra social elegida.Por otro lado, Wolfe tampoco está tan convencido de que todo ello no sea una máscara y la amenaza de la mesa camilla no esté latente tras el comprador vanguardista:..."Podemos dejar establecido como un principio, al llegar a este punto, que los coleccionistas de arte contemporáneo no quieren comprar arte difícilmente abstracto, excepto cuando es lo único que hay. Siempre preferirán arte realista con tal que alguna nueva autoridad les garantice que es a) nuevo y b) no realista.Para ello, a partir de cierto momento, los artistas se aplicarán en inventar sofisticados sistemas con este fin. Por ejemplo, en la época en que privaba la "pintura plana", eran capaces de pintar tumbados en el suelo para cerciorarse de que ninguna pincelada fuera tan gruesa como para sobresalir un milímetro, según nos cuenta Tom Wolfe. O, en la época anterior al "pop-art", en pintar cosas que "ya" fuesen planas, como letras o banderas. El "pop-art" trajo un necesitado respiro ya que el pintor se expresaba con "representaciones iconográficas", que permitían la figuración sin peligro de ser figurativo.En todo caso, la aceptación incluso por parte de las élites adineradas y cultas, "le monde", de la pintura abstracta, parece que no está tan clara. Hay quien opina que en un inhibido rincón del corazoncito del burgués, sigue existiendo un fuerte apetito por entender "algo", de disfrutar con lo obvio, incluso ¡horror! con lo "bonito".El arte moderno y el públicoNo sólo el negocio privado está fuertemente involucrado con las nuevas tendencias artísticas. Con un crecimiento abrumador de la demanda de productos para el ocio y espectáculo, vemos a unas instituciones públicas que necesitan justificar continuamente un presupuesto, una función y unos objetivos. Asistimos así, en su esfera cultural y artística, a un frenesí altamente competitivo, a la creación de nuevas salas y museos con exposiciones que demuestren su talante vanguardista, su saber estar con las nuevas corrientes y de detectarlas antes que nadie.Para esto se necesita un público entrenado para entender o para creer que entiende unos guiños culturales, unos lenguajes, y que dedica su tiempo libre, sus vacaciones y su dinero a este disfrute. Ante este fenómeno, hay que quien siente incredulidad o que por lo menos da la voz a los incrédulos y la manifiesta a través de sus personajes, como hace Vidal-Folch en este sarcástico diálogo de La cabeza de plástico: "porque sabes tan bien como yo que a esos infelices los puedes llevar a emocionarse y disfrutar en los museos con lo que a ti te de la gana, de igual forma que otros los llevan a misa, a los estadios de fútbol, a las urnas comiciales o a las trincheras, con entusiasmo tan genuino y tan inducido, como el de esos aficionados al arte de que me hablas".Esto lo vió muy claro Jan Ahman, director y comisario de la Fundación Färgfabriken en Estocolmo. Era el encargado de celebrar una gran exposición con motivo de los actos de Estocolmo Capital de la Cultura 1998. Al no recibir el dinero prometido para ello y al no llegarle el presupuesto para atraer los artistas mundiales prometidos decidió ¡inventárselos! .La exposición fue todo un éxito de crítica y los doce falsos artistas fascinaron. Cuando tuvo que confesar su fraude, creó unas situaciones de gran riqueza paradójica y sociológica, como pueden imaginarse.Bien, ¿un poco excesivo quizá? Es un punto de vista que obliga a pensar.Arte y moda en la cultura del espectáculoYuri M. Lotman en su libro Cultura y explosión afirma que la moda es "la encarnación de la novedad inmotivada". No parece descabellado, una vez descartados los argumentos clásicos de belleza o realismo como razón de ser del arte, suscribir para el mismo una afirmación como ésta.Hay importantes paralelismos: Igual que en el arte moderno, la moda es algo que el público debe no entender, o, mejor que mejor, debe provocar su alarma, su asco o su indignación. Ésta es la clave del éxito, nos atreveríamos a decir, tanto en el arte como en la moda.Los parecidos con el mundo de la moda no son simples coincidencias. De hecho la confluencia es cada vez más evidente y los métodos y técnicas de marketing aparentan ser cortadas por el mismo patrón. En los desfiles de famosísimos y mediáticos diseñadores de moda se muestran trajes o no-trajes de calibre tal que ninguna persona en su sano juicio se atrevería a salir a la calle con ellos. Siempre nos preguntamos quién se pondrá esas cosas.Bien, pues casi nadie. Son meros espectáculos del más difícil todavía, en los que en realidad no se pretende ni siquiera vender vestidos (o por lo menos, no "esos"). El objetivo real de estos desfiles o espectáculos es promocionar lo verdaderamente importante económicamente hablando de la marca en cuestión: perfumes, colonias, o pequeños bolsitos que son su producción más asequible y de lo que viven en realidad.Nos sorprendemos al ver la obra que exhiben famosos artistas en las salas de exposición y los museos. Vemos, por ejemplo, en una prestigiosa sala de arte, todo el espacio ocupado por un montón de adoquines, tal cual hubiese pasado un camión volquete y lo hubiese soltado allí mismo. O una enorme jaula con una solitaria silla en su interior. Pensamos: ¿quién se llevará esto? .No debemos preocuparnos. Si ha llegado hasta allí, es que el artista vive y vive muy bien de los adoquines. Tampoco pretende vender jaulas: éstas las comprará alguna institución afanosa de estar a la última, después de seguir un intrincado entramado de intermediarios no siempre llevados por el amor al arte. El artista vive, como el modisto o el diseñador del espectáculo anterior, de la "pequeña" obra que vende el galerista a los particulares.El público para quéUn personaje de La cabeza de plástico en un ataque etílico se pone así de hiperbólico:.."los profesores como yo, les decimos: "venerad esta mamarrachada, familias, venerad esta plancha de madera ondulada, esta escoba, porque la ha mirado un artista y mirarla os mejorará, os depurará. Y ellos la venerarán con la misma unción beata que en el servicio militar besarán un trapo de colores.(.....)Al fin y al cabo no es para ellos para quien actúa el teatro del arte (....) Te voy a contar un secreto, Wagner: ellos son sólo la excusa, los figurantes (....) los que proporcionan el estado de carencia y envidia, y el sentimiento de asombrada inferioridad que es lo que hace que el hecho de comprar esos bultos con escobas (...)y tubos de neón, más adecuados para anunciar pescado (....) en fin, toda esta pacotilla, resulte trascendente para tus artistas y codiciable para sus verdaderos clientes: los ricos, los banqueros, los reyes del neumático y del pollo asado, los actores de Hollywood, los modistos con complejos, todos estos acaparadores de moneda falsa, esos monederos con patas ¡para ellos trabajan con dolor tus pintamonas! ¡para ellos se rascan sus llagas para ver que encuentran dentro! ¡para ellos se suicidan!(...)Y si no llegan a entenderse, que es lo más frecuente porque la transacción se produce entre dos especies diferentes y las negociaciones se siguen en jergas igualmente irracionales, pero incompatibles, no hay problema, para eso tu y yo, los mamporreros del arte, les explicaremos cómo llegar a un acuerdo en que los dos salgan ganando, y nosotros con ellos".¿Tendrá algo de razón este señor?. ¿Es todo esto sólo un negocio?. Como la señora de los "Paisajitos, no", la palabra del entendido ha de ir forzosamente a misa. ¿Duda alguna vez el Papa?. Tenemos que creer antes de abrir la bolsa. Éste es otro motivo por el que el arte se ha vuelto sagrado y oracular, por el que es incontestable y blindado: mueve millones. El marchante de arte debe ofrecer tanta o más confianza al cliente que un agente de cambio y bolsa. De hecho, no hay mucha diferencia. El inversor ha de creer con fe ciega que lo que dice su marchante es la verdad suprema: si se rompe el encantamiento el mercado se desploma. Frases como "paisajitos, no" redundan en la confianza del inversor, especialmente para aquel que no consigue recordar por que lado se cuelga el cuadro que acaba de comprar.¿Será muy duro lo que dice Tom Wolfe?: "La idea de que al público le es dado rechazar o aceptar algo en Arte Moderno, la noción de que el público desdeña, ignora, no acierta a comprender, es causa de ruinas y desilusiones o comete cualquier otro crimen en contra del Arte o lo artistas es una mera ficción romántica. El encuentro ha terminado y se han repartido los trofeos mucho antes de que el público se entere de algo".Quizá por ahí vayan las manifestaciones vertidas por Tàpies a "El País" el día 13-5-99: "El sacar el arte a la calle ya no es tan imprescindible".Sin comentarios.El mito que lava más blancoLa idea del arte siempre en revolución, empujando los límites hacia delante, transgrediendo fronteras, ha tenido lugar paradójicamente dentro de un marco que, por sus propias condiciones, se interpreta siempre desde dentro, condenando todo intento de explicación, de análisis externo que, por definición, siempre tiene que ser racional. Como en el caso de la religión, del mito, en el arte se han efectuado prolijas racionalizaciones, pero que son acercamientos relativistas, políticamente correctos pero siempre desde el interior sin hacer preguntas desde fuera. Las preguntas realmente peligrosas son las que se hacen desde fuera. Lo demás son meros cismas.Nadie llora por un tiempo en el que uno sabía a qué atenerse con el arte. Puede que siempre haya sido mentira; pura convención espacio-temporal, pura autoridad. En todo caso siempre es La Historia, El tiempo el que pone las cosas en su lugar (juguemos por un momento a que sí son entes reales). O no.Pero viendo como vemos en las salas de arte pretenciosas repeticiones de apolilladas transgresiones, artistas que visten de artistas, hablan como artistas, cuyas tortuosas vidas privadas son susurradas con complacencia por sus clientes, tranquilizados al descubrir que se mueren del sida o por la heroína, comportándose en fin como se espera de ellos, podemos preguntarnos: ¿Habrá también "paisajitos" en el Arte Moderno? ¿Cómo puede uno reconocerlos y defenderse de ellos?. Dicen que el primero que comparó los ojos de una mujer con las estrellas era un poeta y que el segundo era un imbécil (¿es una idiotez ese cuadro o es que no entiendo?).Tápies, sin embargo, tiene claro que el imbécil es un tercero. O por lo menos, si no imbécil, un menor de edad cultural, al que se debe proteger. Dice en el mismo artículo citado arriba:"No es capital que las masas [sic] vean de golpe [sic] las obras. Hay cosas que son populares que sólo conocían 12 personas."¿No es conmovedor? En que alta estima se tiene y como da jabón al esnobismo de unas clases (sus clientes) encantadas de apreciar algo que el "parvenu" no puede entender. ¡Con la élite hemos topado!Victoria Combalía, la comisaria más famosa a este lado del Mississipi, acudió a una exposición fotográfica- seguramente preciosa por lo que describe- sobre una sesión mediúmnica realizada por la feticheuse de un grupo tribal en Costa de Marfil. Después de lanzar los consabidos anatemas contra "la mentalidad occidental, empírica y racionalista", no contenta con hacer su trabajo de crítica de arte políticamente correcta, ha de dejar bien patente su convicción de sentirse parte de una especie de aristocracia de la sensibilidad y la lucidez metafísica. La Sra. Combalía se permite terminar su artículo de esta forma tan modesta: "Burócratas y paseantes seguían su camino en La Rambla mientras algunos espectadores nos mirábamos con la secreta complicidad que produce el haber descubierto, por fin, algo que iba más allá de la pretenciosidad contemporánea.""Pretenciosidad" puede ser la palabra clave. Pero a ver quien es el pretencioso. Con ciertas pretensiones nos atrevemos a sugerir que "paisajitos" son todo aquello que no venden los que tienen claro qué son "los paisajitos".Volvamos a dejar que cierre este artículo Félix de Azúa (por mor del sesgo de la autora). Para que saquemos algo en claro nos dice que: "Una obra de arte es una obra de arte si aparece en una galería de arte. Incluso en ocasiones podemos sufrir una confusión y tomar, por ejemplo, los útiles de limpieza de una galería por una obra de arte. No sería la primera vez que sucede"Vamos avisados, luego no nos quejemos.Notas1 Es una historia falsa, de todos modos. El arte figurativo de este siglo ha estado muy influenciado por la fotografía y ha conseguido importantes logros gracias a ella.2 No sólo los artistas plásticos adoptan este look. Cualquiera que quiera "parecer" artista3 Efectivamente, y salvando las excepciones, el artista no tiene ningún inconveniente en aliarse con el poder y el poder conoce la medida de su tolerancia: está todo ritualizado. Es el nacimiento del artista/funcionario.4 Véase, Sokal y Bricmont: Imposturas intelectuales

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