Alemania

Por el hueco del tintero

Beatriz López Suevos

lunes, 22 de agosto de 2005
Munich, domingo, 24 de julio de 2005. Teatro Nacional. Charles Gounod: Roméo et Juliette. Libreto de Jules Barbier y Michel Carré basado en la tragedia de Shakespeare. Puesta en escena: Andreas Homoki. Escenografía y Vestuario: Gideon Davey. Iluminación: Franck Evin. Angela-Maria Blasi (Juliette), Marcelo Álvarez (Roméo), Anna Bonitatibus (Stéphano), Heike Grötzinger (Gertrude), Francesco Petrozzi (Tybalt), Martin Gantner (Mercutio), Christian Rieger (Pâris), Nikolay Borchev (Grégorio), Sorin Coliban (Capulet), Maurizio Muraro (Frère Laurent) y Steven Humes (Le Duc). Coro de la Ópera Estatal Bávara. Orquesta Estatal Bávara. Dirección musical: Frédéric Chaslin. Festival de Verano de Munich 2005

Ningún teatro se plantea en la actualidad–y menos aún en Alemania- un montaje tradicional en determinados títulos del repertorio. Por tanto, abandonemos la idea de ambientarla en la Italia del siglo XV. Andreas Homoki plantea en este caso situar la narración en los años 50 transformando montescos y capuletos en escolares con uniformes y centrando la escenografía en un enorme pupitre, que por momentos se abre y con cambios en la iluminación ofrece distintos ambientes (como, por ejemplo, el hueco para el tintero, que se convertirá en el balcón de Juliette).

Encuentro que es una historia que por la edad de los protagonistas podemos situar en la adolescencia, no en la niñez. En ese sentido, los uniformes de los años 50 pueden valer, al igual que la ambientación escolar de los pupitres, estilográficas y lápices en general, así como las lecturas de novelas rosas y los estereotipos de profesores y sacerdote.Y lo hace espléndidamente, como pueden comprobar los lectores en el trailler cuyo enlace ofrecemos más abajo. Pero esa buena creación del universo infantil, ¿cómo encaja después con los acontecimientos que se desencadenan? Si se utiliza esa ambientación, el escenógrafo debe prever cómo explicará que la estilográfica y el lapicero se conviertan en armas mortales. O también cómo hacer creíbles los apasionados diálogos entre los protagonistas (que son tan importantes en la obra de Gounod) con ese vestuario y gestos tan “infantiles”.

En cuanto a las voces, el resultado es desigual. La voz del barítono Martin Gantner (Mercutio) apenas sobresalía sobre la orquesta y se echaba en falta resonancia en los graves, pues en el registro agudo tenía un timbre bonito y se desenvolvía perfectamente. Francesco Petrozzi (Tybalt), en cambio, tenía una voz nasal (que no me gustó demasiado) y que en el registro agudo parecían quedarse encerrados los sonidos. Anna Bonitatibus (Stéphano) tiene una voz bonita, aunque me pareció excesivo el vibrato. Maurizio Muraro (Frère Laurent) se veía ás cómodo en el registro agudo, pues los graves sonaban un poco roncos. Sorin Coliban (Capulet) unió presencia escénica y desenvoltura en el canto.

Angela-Maria Blasi (Juliette) fue mejorando su actuación conforme avanzaba la obra. En el aspecto técnico no me gustó su pronunciación (abría mucho las vocales), y, cuando cantaba en el registro agudo apenas vocalizaba. En los dúos con Marcelo Álvarez su voz quedaba eclipsada por la del argentino, pero se volvía más expresiva. En el dúo final cantó con más seguridad y fortuna que las mostradas en los dos primeros actos.

Escuchar a Marcelo Álvarez (Roméo) justifica plenamente la asistencia a esta representación. Es imposible criticar algo de su actuación, pues la voz técnicamente estuvo perfecta, con buena afinación, dicción, resonancia, vibrato, y, además, había una unión tan perfecta entre el texto y su canto… Quizás en su presencia escénica había menos refinamiento, con movimientos algo bruscos en sus dúos con Juliette, pero si uno se concentraba en la voz, lo demás perdía importancia.

La orquesta no estuvo especialmente brillante: la obertura sonó más ruidosa que impactante, y la aparición del coro no mejoró las cosas. Con problemas de ajuste y afinación, tuvieron bastantes problemas con los agudos. En cuanto a movimiento escénico, no hay nada que objetar, pero apenas se entendía lo que cantaban.

La orquesta funcionaba mejor cuando acompañaba a las voces, e incluso el interludio del 2º acto sonó bastante bien. Pero en los entreactos no aportaba nada: parecía una música de relleno que no preparaba para la escena siguiente.

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