Suiza

Promesse de bonheur que nunca llega a materializarse

Andoni Munduate

lunes, 22 de agosto de 2005
Lucerna, domingo, 14 de agosto de 2005. Auditorio de Lucerna. Mahler Chamber Orchestra, solistas de la Lucerna Festival Orchestra. Dirección Daniel Harding. Soprano: Lisa Larsson. Arnold Schönberg : 2ª Sinfonía de cámara Op. 38.Gustav Mahler: 4ª Sinfonía

El pasado 14 de agosto tuvo lugar el concierto que la MCO, bajo la batuta de Daniel Harding, ofreció en el Auditorio de Lucerna. Como era de esperar, las expectativas generadas no pueden compararse a la de otros conciertos del festival y la prueba evidente es que la edad media había bajado 25 años de golpe. El programa no podía haberse escogido mejor, ya que coincidían dos obras, incontestables, pertenecientes a la cantera vienesa representada por Schönberg y Mahler. Era la ocasión para poder encontrar las similitudes, diferencias y evoluciones, que una determinada espacio-temporalidad musical ofreció el pasado siglo.

Pero antes de focalizar la atención en dichas obras, quizá convenga centrarnos brevemente en Daniel Harding, director en alza, que abrirá la temporada scaligera el próximo 7 de diciembre y “protegido” de los maestros Abbado y Rattle. Lo primero que se nos ocurre es cuestionar si toda esta reputación adquirida tiene continuación en el podio, y desde mi punto de vista me temo que no del todo. Cierto que la juventud es un valor respecto de los fallos debidos al ímpetu de cambio y que junto con la honestidad pueden hacer que se transmita una forma de concebir la música directa y vibrante, pero en el caso de Harding, no tan misterioso como en el de Fellner, se tiene la sensación de que se nos dio menos de lo que se nos debía. Solo cabe esperar que los halagos precipitados y los aplausos habituales no malogren los valores que sin duda podemos encontrar y que extiendo a otros casos, como el de Gustavo Dudamel.

La primera obra interpretada fue la Kammersymphonie, n. 2. Obra comenzada en 1906 y finalizada en 1938, que en su génesis nos acerca temporalmente al Mahler de la cuarta, segunda obra  del programa, y que sirve como ejemplo de evolución de un músico en el que la reformulación  de su propia obra y de la tradición son fundamentales. Lenguaje en el que se dejan adivinar las experiencias tonales de la época, me refiero a finales de 1939. Harding  acometió el “adagio” con incisividad, claridad en las frases y separación de instrumentos. Sonido muy apropiado el de la orquesta, de una cierta dureza pero lleno de expresividad. En el segundo movimiento 'con fuoco' los tics de Harding convirtieron intensidad en nerviosismo y el crescendo en prisa. Lástima que no se ciñese a dejar hablar a la partitura, pues su Schönberg es cercano aunque epidérmico.

Daniel Harding y Lisa Larsson
Fotografía © 2005 bt Priska Kotorov

De la Cuarta sinfonía de Mahler poco hay que añadir. Harding hizo una versión irregular, pero no a nivel de movimientos sino de síntesis, es decir creó una contradicción interna en la sinfonía que en lugar de mostrarla en su complejidad interior, acabó por darnos la sensación de que se trataba de un mosaico al que le faltasen piezas. Que nadie intentase buscar la referencias infantiles, o las que nos remiten a una naturaleza acogedora e inasible; todo se quedaba en una pura gestualidad, a veces con la falsa impresión de que incluso tenía raíces no volitivas. La orquesta no pudo llenar esos huecos porque a pesar de su honestidad, carecía de una poética a la que asirse. Larsson fue incapaz de reintegrarnos en una positividad tras un tercer movimiento más cerca de lo afectado que de lo sentido.

Lástima que este tipo de festivales te permitan tener demasiado cerca, en presencia real y en presencia estética a los grandes de la dirección de nuestro tiempo. Tras ellos estas figuras grandes in nuce y repletas de protección se nos aparecen como esa promesse de bonheur  que nunca llega a materializarse. Aunque no debemos nunca olvidar que para algunos las himmlische Freuden son como la última gota de un vino de una añada excepcional.

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