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Escaso ocaso

Andoni Munduate

lunes, 12 de septiembre de 2005
San Sebastián, sábado, 27 de agosto de 2005. Auditorio Kursaal. Franz Schubert: Sinfonía número 5 en si bemol mayor. Richard Wagner: Muerte de Isolda de 'Tristan e Isolda', Marcha fúnebre de 'Sigfrido' y escena final de 'El ocaso de los Dioses'. Nadine Secunde, soprano. Orquesta Sinfónica de Galicia. Víctor Pablo Pérez, director musical
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El sábado pasado, todavía con la resaca de la Octava de Mahler que interpretó la Orquesta Sinfónica de Galicia el día anterior, nos acomodamos (es un decir) en las butacas del Kursaal para adentrarnos, de la mano de los mismos intérpretes, en un programa compuesto de Schubert y Wagner.

La Quinta sinfonía de Franz Schubert, quien la compuso cuando tenía tan solo diecinueve años, es ejemplo de un clasicismo evolucionado. La rareza de la falta de introducción lenta precede a un movimiento lento a modo de lied característico schubertiano, aunque con claras reminiscencias mozartianas que incluso al menos entendido le recordará a algún pasaje de La flauta mágica, por ejemplo; en el tercer movimiento, 'Menuetto' (un scherzo, en la práctica) deja entrever la identidad de su sinfonía preferida, la cuadragésima de Mozart, y el cuarto, 'Allegro vivace', está compuesto con extraordinaria habilidad.

La corrección reinó en la interpretación de los gallegos, aunque estuvo falta de flexibilidad en algunos fragmentos, especialmente en el 'Menuetto', lo cual conlleva el problema de mantener una expresividad homogenea en la ejecución. A pesar del correcto uso del conjunto por parte de Victor Pablo Pérez, hubo falta absoluta de charme y de proyección de ese optimismo moderado y elegante que recorre la obra.

Liebestod

El comienzo de la segunda parte nos presentó un Liebestod en el que no murió nadie, ni siquiera la 'Isolda' insuficiente y avejentada de una Nadine Secunde con un vibrato omnipresente y la sensación de que se observaba a sí misma. Estuvo acompañada de una dirección más centrada en el autorreferimento y la pincelada, que en la creación de una atmósfera musical tendente a lo sublime. Lo inconveniente de su colocación en el programa y la dificultad que conlleva comenzar ex nihilo uno de los momentos musicales claves en el entrelazamiento de música instrumental y voz humana, en el cual el pathos debe funcionar a toda máquina, ya que es el amor el que mata, consiguieron una interpretación irrelevante desde el punto de vista intelectual y tediosa desde el de la recepción musical.

El acercamiento de Víctor Pablo se limitó a un recorrido epidérmico, insustancial y detallista que unido a los agudos destemplados de una 'Isolda' que no pudo comunicarnos su estado interior, nos dio la impresión de que no debería haberse programado.

En cuanto a la orquesta, fue llevada al límite y cumplieron con profesionalidad, pero sin virtuosismo ni la densidad necesaria para este tipo de música.

Cerraron el concierto la música fúnebre de Siegfried y la escena final de Götterdämerung, con unos resultados similares, el Wagner de Pablo es de una falta de profundidad manifiesta, y aunque la Secunde mostró que un día fue una 'Brühnhilde' de gran calidad, la imposibilidad de mantener más allá del silencio el nudo wagneriano, nos volvió a sumir en una especie de inconsecuencia, con una manifestación leitmotívica que difícilmente podía sacarnos del tedio.

Al menos Victor Pablo y su orquesta nos dejaron el espacio suficiente para poder imaginar lo que faltaba a una interpretación que podría ser mucho más interesante en otras obras, pero que no aporta nada al discurso wagneriano, ni como exégesis ni como momento de honestidad ante un lenguaje de complejidad manifiesta.

Al monólogo de 'Brühnhilde' le faltó la conciencia de saber que un mundo se está diluyendo, convirtiéndose como el resto de los momentos de la interpretación en un intento imposible autorreferencial e idioléctico, con la pretensión pero sin la consecución. No hablamos aquí de profesionalidad, que la hubo, pero sí de una insuficiencia poética que al final es lo único que debe hacernos repetir. La pobre superviviente, ma breve, de una de las aventuras estéticas más importantes de la ópera, en manos de orquestas y directores no muy inspirados consigue que el Wallhalla que se quema en la lejanía no sea más que una caseta de feria víctima de unos petardos caducados.

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