España - Madrid

Demasiados problemas extramusicales

Aaron Vincent

viernes, 16 de septiembre de 2005
Madrid, sábado, 10 de septiembre de 2005. Teatro Real. Mitridate, re di Ponto KV87 (74a), dramma per musica en tres actos estrenado en el Teatro Regio Ducal, Milán, el 26 de diciembre de 1770. Música de Wolfgang Amadeus Mozart y libreto de Vittorio Amedeo Cigna-Santi, basado en una traducción de Giuseppe Parini de ‘Mithridate’ de Jean Racine. Elenco: Richard Croft (Mitridate, rey de Ponto), Netta Or (Aspasia, su prometida), Bejun Mehta (Farnace, hijo de Mitridate), Ina Schlingensiepen (Sifare, hijo de Mitridate), Andrew Tortise (Marzio, un tribuno romano), Ingela Bohlin (Ismene, una princesa, prometida de Farnace), Pascal Bertin (Arbate, gobernador de Ninfea). Les Musiciens du Louvre. Marc Minkowski, director. Versión de concierto. Temporada 2005-2006 Teatro Real

Si la pasada temporada operística del Teatro Real se clausuró con una polémica Flauta mágica mutilada por La Fura dels Baus y dirigida musicalmente por Marc Minkowski, la nueva echa a andar con otra obra de Mozart, Mitridate, re di Ponto, igualmente dirigida por Minkowski, esta vez al frente de su orquesta propia, Les Musiciens du Louvre, ópera que tampoco se ha librado de la tijera -o la guillotina.

Mitridate fue un encargo del Teatro Regio Ducal de Milán para abrir la temporada de carnaval de 1770-1771. La primera de las tres óperas serias de su autor, compuesta cuando éste contaba con tan solo 14 años, no volvería a interpretarse en doscientos años tras su exitoso estreno. Cada vez más frecuente en los escenarios parece que finalmente se está asegurando un hueco en el repertorio.

Este verano acaba de estrenarse una nueva producción dentro del Festival de Salzburgo, con dirección escénica de Günter Krämer, ya ampliamente comentada en estas páginas. En el Teatro Real se ha contado con casi idénticos intérpretes, aunque en una versión de concierto que mantiene, eso sí, todos los cambios realizados en la partitura para la puesta en escena y que casi constituyen por su extensión una nueva versión de la ópera. De las 22 arias con que cuenta, 5 fueron eliminadas, incluidas una de 'Mitridate' y las únicas que tienen los personajes de 'Arbate' y 'Marzio', que vieron de este modo reducidos sus papeles a recitativo. Se alteró el orden de las arias y se incorporó una marcha extraña a la ópera, se separó el dúo de 'Sifare' y 'Aspasia' del acto II del que forma el final y se eliminaron escenas enteras de recitativo. En total se cortaron unos 40 minutos de música.

Hubiese sido interesante conocer los motivos de estos cambios pero ni el programa de mano ni el libreto contenían explicación o justificación alguna. Para aumentar la confusión, el libretto reproducía el texto original sin reflejar las alteraciones impuestas. ¿Cómo no ver con cierta ironía el gesto de Minkowski de levantar la partitura para que ésta recibiera aplausos al finalizar el concierto?

El tenor estadounidense Richard Croft no parecía estar muy cómodo y tuvo una actuación un tanto irregular en el papel, ciertamente muy exigente, del rey 'Mitridate'. Limitado en la zona alta de la tesitura y con un timbre que experimentaba extraños cambios de color, logró sin embargo conmover gracias a su sentida interpretación llena de musicalidad.

Netta Or fue una 'Aspasia' vehemente, dejándose llevar por la naturaleza desenfrenada de algunas de las arias de su personaje, que adolecieron de falta de claridad en la articulación y unos graves perdidos bajo la tempestad orquestal que levantaba Minkowski. Estuvo más comedida en su bello dúo con 'Sifare', pero su mejor momento fue el aria 'Pallid' ombre', contenida y adecuadamente lánguida.

Menos expansiva que Or, Ina Schlingensiepen era la única que no había participado en las funciones de Salzburgo. Algo insegura y con partitura en mano -aunque finalmente no recurriría a ella- cumplió de manera eficiente en 'Sifare', siendo su 'Lungi da te' uno de los puntos culminantes de la función.

Su hermano mayor 'Farnace' fue interpretado por Bejun Mehta, uno de los mejores contratenores en la actualidad. Su voz no es especialmente grande pero sí bien proyectada, consistente, bastante homogénea y de timbre más bien agradable. A esto se le añade una sensibilidad exquisita, una técnica limpia, facilidad en la ornamentación y una interiorización del papel que situó su actuación en un plano superior al del resto del reparto. Su aria 'Già dagli occhi il velo è tolto', cantada con los ojos cerrados, fue con toda justicia la intervención más aplaudida de la velada.

La sueca Ingele Bohlin hizo una 'Ismene' más que correcta, aunque el papel bastante inconsecuente de la princesa parta fue el que más cambios sufrió en la revisión de la partitura, incluido el haber optado por la versión original del aria 'In faccia all'oggetto', mucho más discreta que la versión definitiva compuesta expresamente para el lucimiento de Anna Francesca Varese.

El joven y prometedor tenor Andrew Tortise que interpretaba el papel del tribuno romano 'Marzio' delataba su origen inglés con un italiano manifiestamente mejorable. Tampoco se lució el contratenor francés Pascal Bertin en el papel de 'Arbate', quien recitó sus contadas frases de forma desabrida -su corta participación en el coro final fue inaudible. Eliminadas sus respectivas arias y diezmados sus recitativos, cabe preguntarse si realmente era imprescindible su presencia.
 
Minkowski realizó una lectura marcadamente dramática de la partitura, arriesgada pero siempre lograda. Por lo general estuvo atento a las necesidades de los cantantes, mimándoles, aunque en ocasiones sacrificase la audibilidad al efecto. Esa orquesta de virtuosos que tiene en Les Musiciens du Louvre, que reúne pasión y precisión, dejaba sin aliento al espectador mientras seguía su batuta, incansable. Juntos consiguieron que no se echase de menos la escena en ningún momento.

Esperemos que ni los incidentes que se produjeron durante el estreno de la Flauta mágica el pasado julio ni lo sucedido el sábado impidan que Minkowski vuelva a visitarnos, y es que el comienzo del concierto fue retrasado más de media hora debido a una bronca tal que esta función inaugural de la temporada lírica 2005-2006 no será recordada exclusivamente por sus bondades musicales, que se tornan más meritorias aún cuando se toman en cuenta las circunstancias extra-musicales que la rodearon.

En una decisión difícilmente comprensible y asombrosa por la escandalosa falta de previsión y la insensibilidad que revela, se dispusieron los músicos sobre el foso orquestal ampliado y cubierto de tal forma que la visión de los solistas quedaba totalmente imposibilitada para más de 400 espectadores de paraíso cuyas localidades gozan normalmente de buena visibilidad, esto es, más de la tercera parte de las localidades de estas características en todo el teatro. Cuando al salir Minkowski a escena quedó claro que no iban a poder ver a los cantantes, muchos de ellos, sintiéndose estafados, expresaron su indignación a viva voz. Un Minkowski abandonado a su suerte intentó dialogar con el público, pero el alboroto se prolongó en los pisos altos del teatro por espacio de veinte minutos ante la sorpresa e indiferencia del patio de butacas y la platea.

Cuando finalmente compareció en escena el gerente del teatro, Miguel Muñiz, fue para pedir disculpas, anunciar que se devolvería el importe de la entrada a quien así lo pidiese y comunicar que la función se retrasaba otros diez minutos para encontrar una solución. No la hubo. Los afectados que tras el anuncio del gerente formaron una larga cola frente a las taquillas no fueron atendidos -después se anunciaría por megafonía que la devolución del importe de las entradas se llevaría a cabo durante la semana siguiente, y llegado el lunes se comprobó que tan solo se aceptaban reclamaciones de espectadores de paraíso, la zona más afectada pero no la única perjudicada, aunque posteriormente el teatro rectificase y atendiese todas las peticiones. Quien osó hacerlo se recolocó por iniciativa propia en las numerosas butacas vacías en otras zonas, sin que el personal del teatro se ocupase de reubicar a espectadores de forma organizada; muchos optaron sencillamente por abandonar el teatro. La orquesta seguía en el mismo sitio sobre el escenario.

Esto no fue todo: el libretto que habitualmente se pone a la venta en los vestíbulos, en esta función se reservaba exclusivamente como obsequio a los invitados y no se encontraba disponible para el público general que había pagado su entrada, una discriminación inaudita que no recuerdo haber visto jamás en un teatro.

A esto habría que sumarle la discutible inclusión de este concierto único en el abono de estreno, lo cual por un lado redujo drásticamente el número de localidades disponibles por venta libre, que se agotaron prácticamente enseguida, y por otro obligaba a los abonados a comprar entradas para una ópera seria en versión de concierto, algo que a juzgar por la cantidad de butacas -hasta palcos y filas enteras- vacíos no debió parecerles a muchos un buen plan para una tarde de sábado de verano.

Todo ello le resta credibilidad a la campaña publicitaria con la que actualmente se insiste en que el Teatro Real es "para todos" y empaña el éxito de las recientes medidas tomadas con acierto en ese sentido, además de atemperar las expectativas ante la materialización de los publicitados acuerdos a los que ha ido llegando el teatro con diversas instituciones y entes a lo largo del último año.

Para aquellos que nos quedamos en el teatro y tuvimos la suerte de poder disfrutar del concierto, éste fue desde luego una experiencia musical memorable, recompensada con grandes aplausos para los solistas, especialmente Croft pero sobre todo Mehta, y una enorme ovación para Minkowski y su orquesta.

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