España - Asturias

Un Händel a medias

Ignacio Deleyto Alcalá

lunes, 3 de octubre de 2005
Oviedo, domingo, 25 de septiembre de 2005. Teatro Campoamor. Georg Friedrich Handel: Alcina. Ópera en tres actos. Libreto anónimo basado en los Cantos VI y VII de ‘Orlando Furioso’ de Ludovico Ariosto. Dirección de escena: David McVicar. Diseño de iluminación: Paule Constable. Diseño de escenografía: Michael Vale. Diseño de vestuario: Sue Blane. Coreografía: Michael Keegan-Dolan. Producción de la English National Opera. Reparto: Anna Chierichetti (Alcina), Silvia Tro Santafé (Ruggiero), Chiara Chialli (Bradamante), Ofelia Sala (Morgana), Eliana Bayón (Oberto), Francisco Vas (Oronte), David Menéndez (Melisso). Coro El León de Oro. Director del coro: Marco Antonio García de Paz. Orquesta Sinfónica Ciudad de Oviedo (O.S.C.O.). Director musical: Paul Dombrecht. LVIII Temporada de Ópera de Oviedo. Aforo: 1.440 localidades. Asistencia: 100%

Alcina fue el título elegido para dar el pistoletazo de salida a la nueva temporada de ópera ovetense. No es Handel un compositor habitual por estos lares y quizás por ello no se ponga el mismo esmero a la hora de abordar un título suyo que uno, digamos, de Donizetti o Bellini. La consecuencia más directa de este comportamiento es que, a pesar de la extraordinaria puesta en escena, tanto la orquesta como el reparto no estuvieron a la altura de lo que se merece Il caro sassone. Además, incomprensiblemente, la obra se ofreció en una versión con cortes.

Con una producción de la English National Opera firmada por el escocés David Mc Vicar, la puesta en escena fue coherente, alejada de excesos, llena de colorido y gestos teatrales de categoría. Ni muy tradicional, ni muy moderna, plasmó bien el mundo mágico de la isla de Alcina y de los múltiples personajes que pululan por el complicado argumento de este libreto anónimo basado en el Orlando Furioso de Ludovico Ariosto. Llamó la atención que el busto de Handel, guardado en una urna, presidiera desde un extremo del escenario toda la representación aunque fuera hecho trizas cuando al final de la ópera se destruye el mundo mágico de la hechicera. En cualquier caso, la producción -que ya ha sido vista con anterioridad en nuestro país- funcionó a las mil maravillas, pues, está diseñada por un conocedor del teatro barroco (cambios escénicos constantes, ambientación recargada, etc.) y de las posibilidades de un escenario para ofrecer placer estético al espectador más exigente.

No acostumbramos a citar aquí el vestuario pero esta vez parece necesario ya que los cuidados y abundantes vestidos contribuyeron de manera importante a nuestra positiva valoración de lo visto sobre las tablas del Teatro Campoamor. De igual manera el trabajo coreográfico de Michael Keegan-Dolan y el soberbio grupo de bailarines fueron complemento ideal a la visión escénica de la obra.

Otra cosa muy diferente es la parte musical. Para empezar no parece de recibo en nuestros días que una orquesta con instrumentos modernos sea la que se siente en el foso para interpretar a Handel. No vamos a criticar la muy digna intervención de la OSCO, pues realizó una lectura de nivel. De hecho se podría decir que sonó mucho mejor de lo esperado pero una cosa no quita la otra.

Es curioso como un director como Paul Dombrecht, acostumbrado a dirigir agrupaciones historicistas, no haya sido lo suficientemente beligerante como para, al menos, exigir un mínimo de secciones con instrumentos originales. Igual que se refuerza la orquesta y/o el coro para otros repertorios, lo mismo se debe hacer cuando se aborda un título barroco. ¿Falta de tiempo o de interés? El rigor estilístico es algo que los programadores deben tener muy en cuenta.

En realidad, no sabemos si la sustitución de Dombrecht por el inicialmente anunciado Antonini fue ganancia o pérdida. El caso es que Dombrecht con sus incómodos tempi, lentos en demasía, y su escasa imaginación, no hizo más que cumplir la papeleta sin que en ningún momento pareciera motivado por esta partitura de extraordinaria belleza, lirismo y expresividad. Una lástima. Por cierto, ¿qué director con dos dedos de frente puede sugerir o acceder a eliminar el terceto del último acto?

En cuanto al reparto ha habido de todo. Desde cantantes totalmente fuera de lugar hasta otros de gran altura. Entre los últimos mencionaremos a Ofelia Sala, seguramente la mejor de toda la función, un dechado de musicalidad y naturalidad en el canto a la que no podremos perdonar, sin embargo, sus poco ortodoxas ornamentaciones en las secciones da capo y su excesivo afán por la picaresca escénica.

La protagonista, Anna Chierichetti, mostró un instrumento poco centrado en el primer acto para resarcirse en el segundo en sus dos grandes arias: “Ah!, mio Cor!" y toda la escena del encantamiento “Ruggiero crudel...Ombre pallide”. En ellas dominó técnica y expresividad por un igual. La 'humana, demasiado humana' aria final, “Mi restano le lagrime”, un lamento de belleza demoledora, también nos supo a poco. En definitiva, Chierichetti llevó a cabo una lectura de categoría aunque con demasiados altibajos para poder transmitir toda la fuerza expresiva de un personaje tan exigente y complejo como el de ‘Alcina’.

Silvia Tro Santafé tuvo grandes momentos y otros menos. A la valenciana se le notan tablas y facilidad para la coloratura pero su instrumento tiende muchas veces a la nasalidad además de que el color de su voz no es particularmente bello. Tampoco supo transmitir la belleza de “Verdi prati”, una de las arias de mayor lirismo de toda la partitura.

Chiara Chialli mostró una voz de categoría aunque no logró rematar ninguna de sus arias. En su descargo diremos que el director con sus morosos tempi no se lo puso nada fácil. Eso sí, materia prima y rotundidad vocal no le faltan a la italiana.

Eliana Bayón y David Menéndez estuvieron en su sitio al contrario que Francisco Vas, cantante totalmente inapropiado para este papel (y por lo escuchado) para este repertorio.

En conclusión, Händel puede, y debe, sonar mucho mejor de lo oído en estas funciones. Tiempo habrá para programar más ópera barroca pero esperemos que para entonces -sea cuando sea- se haga con todas las garantías.

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