DVD - Reseñas

¿Para qué, el Norte?

José C. Manzano

jueves, 6 de octubre de 2005
Confesión, una película de Aleksandr Sokurov. Leda Semyonova, montaje. Un DVD doble de 210 minutos, codificado para toda las zonas. Formato NTSC 4/3 - Dolby Digital 2.0. Subtítulos: español, inglés, francés, italiano y alemán. Incluye DVD ROM con notas editoriales, biografía y filmografía del autor. Edición de Ideale Audiences. Distribución en España: Diverdi. T.O Povinnost, 1998.

"...Quizás quiera decir, y desde mi punto de vista constituye una de sus primeras funciones, que el arte nos prepara para la muerte. En su esencia misma, en su belleza, el arte nos fuerza a repetir ese instante final un número infinito de veces; posee una fuerza capaz de conducirnos hacia esta idea. Para que el día en que estemos confrontados con la muerte, podamos hacerle frente, entregarnos a ella sin mucha dificultad. ". Aleksandr Sokurov

Aleksandr Sokurov, nacido en una provincia rusa el día de San Juan de 1951, soporta en sus anchas espaldas los prejuicios con los que la audiencia occidental recibe a las producciones cinematográficas rusas, y en particular a declaraciones de principios como la que abre este comentario, harto incompatibles con el concepto contemporáneo del cine como industria y disciplina del entretenimiento. Dicho con simpleza, el nombre de Sokurov ondea hoy en lo alto del mástil que acogiera a ilustres como Tarkovski o, en mucha menor medida, Elen Klimov, prodigios incontestables del cine existencial ruso. El mero hecho de que se distribuyan sus obras (parte de la filmografía de Sokurov está al alcance en el MACBA de Barcelona, que le dedicó una amplia retrospectiva) puede considerarse un hecho tan insólito como su tajante concepción del tempo cinematográfico

Cineasta total, Sokurov es guionista y director de 25 documentales de muy variados argumentos (desde biografías literarias y musicales hasta dramas sociales e históricos) y 15 obras de ficción, género que, en países como éste, define a los cineastas como tales, tal es el desprecio por el documental y sus grandes autores, desde los clásicos hasta la fecha. Su distribución en España, queda dicho, es patética por insignificante y fugaz, a la altura de la misteriosa desaparición de otros cineastas de gran talla artística, clásicos y contemporáneos. Y es que el concepto de Sokurov de lo audiovisual como recipiente insaciable, sin concesiones a la gramática impuesta por la lógica del mercado, se refleja de manera obvia en filmes como Russkij koucheg (El arca rusa, Rusia, 2002, 96 minutos), una obra magna y original que ha generado tanto odio como afecto eterno: el recorrido en un solo plano -"estoy harto de editar", clamaba el cineasta en el affiche publicitario de la película- por la historia de Rusia a través de las salas del histórico Museo Hermitage de San Petersburgo es una de las más tórridas historias de amor entre un cinéfilo y el celuloide que pudieran concebirse: un auténtico sueño húmedo perseguido en su día por autores como Hitchcock o Murnau.

Confesión, rodada en 1.998 en soporte video pero formato panorámico de 16:9 -con lo que ello exige y sobre todo, contribuye a la composición del encuadre- es la última parte de una trilogía sobre el Ejército (sobre los militares, más concretamente) iniciada en 1995 con el cortometraje Soldatskiy son (Los sueños del soldado, 12 minutos, Rusia con música de W. A. Mozart, L. van Beethoven, Messiaen, R. Wagner, P. Tchaikovsky, y T. Takemitsu) y seguida por Dukhovnyye golosa (Voces del espíritu, Rusia, 1995, 327 minutos), película nodriza de la primera, en la que se incluyeron descartes de su montaje final. Planteada Confesión a su vez como una serie de cinco episodios televisivos, esta estructura se mantiene en la espléndida edición en un doble DVD (editado por Ideale Audiences con subtítulos en cinco idiomas, entre ellos el castellano) que acoge este relato fílmico, una "novela corta cinematográfica" cuyo tema y personajes son "una invención del autor", según rezan sendos créditos iniciales en cada uno de los capítulos que comprende.

Su contenido no defrauda las expectativas que el cineasta pueda generar: en tonos grises y con fugas oníricas hacia el color tan dispersas como inquietantes, los grandes temas de la melancólica alma del cineasta se dan cita a lo largo del metraje: el destino, la decadencia, el poder, la sumisión, la soledad, el sexo: la muerte. Un viaje visible a través de temores grises y lechosos, sobre los que episódicamente se ilumina una vela de esperanza y calidez. Sin excesivas concesiones a la plasticidad por la durísimas condiciones del rodaje (en interiores abodegados, miserables, carentes de luz natural; en exteriores árticos, gélidos, tempestuosos, imposibles), Sokurov desvía la carga autoral de su relato cinematográfico hacia lo que le es posible controlar: la composición de los encuadres, los zooms que le permite la óptica de su equipo de video, la narración en off y la planificación más precisa de algunas secuencias aisladas, en los que los elementos de ficción imperan y la dirección de fotografía adopta modos pictóricos, jugando con sombras y rostros al modo del expresionismo.

Y se interesa el autor sobre todo por los acentos descriptivos, traducidos mediante un montaje extremadamente malicioso, marca de la casa (la montadora es su habitual Leda Semyonova), que se esfuerza a través del plano secuencia en conducir la mirada ajena, casi por hastío, hasta hacerla rendirse ante la voluntad y la mirada subjetiva del cineasta. Sokurov mantiene como máxima que "las personas tenemos una idea extremadamente simple y breve de lo visible", razón por la cual él dedica su esfuerzo como cineasta "a desvelar ese misterio". El cineasta como demiurgo. En este sentido, el del deseo de doblegar la voluntad del espectador y propiciar su rendición ante la decisión estética y moral del cineasta, el filme es tan cristalino como osado.

A nivel argumental, Confesión narra en sus cinco capítulos -de estructura semejante pero contenidos relativamente distantes, como las célebres muñecas rusas- la travesía de un buque de la Marina Nacional rusa que "cruza las aguas glaciales del Mar de Barents. A través del prisma de la vida a bordo de una tripulación de reclutas, de sus trabajos, de sus conversaciones, el comandante del barco esboza una reflexión profunda sobre sí mismo, favorecido por la soledad. En un largo trayecto nocturno sembrado de apariciones fantasmagóricas, Alexander Sokurov traza un fresco humano de una intensa emoción sobre el que se revelan los contornos del destino histórico de Rusia".

Esta es la sinopsis oficial de una película que limita con el norte, ese norte feroz y negro que, se pregunta el comandante, "¿para qué nos es necesario, si él no nos precisa?". El Ulises protagonista del relato, interpretado por Sergei Bakai mediante el recurrente recurso de un monólogo en off y apariciones contundentes a cámara -como en el primer tercio del tercer episodio- nos conduce -y vigila - a lo largo de la narración, un tránsito iniciático en el que asistimos en el estrecho interior del barco a la severa rutina de la vida a bordo, retratada con la minuciosa argucia del plano fijo y de gran duración. Un estilo no poco tendencioso: la cámara mira de frente y descuida la espalda, apenas cuenta secretos: "Lo verdadero no es la realidad. Lo real y lo verdadero son dos cosas diferentes" dijo Robert Bresson. La mirada sobre el hecho en sí -la cocina, la higiene, el descanso, las maniobras y tareas (entre ellas, la sobrecogedora tarea de descongelación literal de un poblado ártico)- no revela más que una dinámica filmada. Pero advierten de una realidad y en ello, en lo que supera a la representación, está su auténtico valor. Y reside, por la paciencia del cineasta, en las miradas ocasionales y los gestos rituales, aún más pacientes, resignados, aparentemente inmunes, de una marinería desvestida de singularidad (añadidos a su blancuzca piel báltica los patrones del pelo cortado, el uniforme, el silencio disciplinado).

Los pequeños detalles apenas abundan pero son capitales en este relato cuya legitimidad procede de esa atenuada radicalidad en la puesta en escena: el plano general, de grupo, apenas se interrumpe para focalizar sobre un personaje; cuando esto sucede se adivina la pasión del autor por revelar la angustia, la lucidez, la sensualidad que se adivina y se estrangula en el conjunto. Ellos guían las reflexiones de la autoridad a bordo, alter ego del autor, que ve en los hombres el abismo y el vacío, como también la heroicidad y las cumbres del ser humano. Así la excepcional secuencia de la ducha común ¡con agua helada! del grupo de marineros observados con concupiscencia por un compañero que no pierde detalle de su desnudez -escena filmada con tanta pudibundez como montada con transparencia- revela -como alguna otra: el "Carón de Dante" que, solo, dirige su pequeña embarcación hacia el puerto helado- la necesidad de liberación, de independencia, de intimidad aún en las condiciones más extremas, así como la dificultades para sustraerse de la tiranía de las normas.

La imagen final, fuera de campo, del marinero de guardia en cubierta que, bajo los efectos del frío mortal, apenas balbucea el recuerdo de su madre evidencia la angustia íntima y personal de esta "novela cinematográfica", que inevitablemente trae el recuerdo de Mat i syn (Madre e hijo, Rusia,1997,73 min), obra previa de Sokurov con un fondo común.

Esta serie de películas que forman Confesión, paradigma de lo que se da en llamar "documental de creación", revela, más allá incluso de su recado, y como el sudor ante el esfuerzo físico, el padecimiento de los técnicos e intérpretes, como también el de sus azarosos protagonistas. A lo largo del metraje se acumulan la monotonía de la masculinidad, la dificultad de ser filmado y la de filmar, el desasosiego ante lo inútil y absurdo del oficio -esa alegoría del norte inhóspito que a nadie llama y sin embargo se puebla de intrusos-, la preocupante soledad incluso en camarotes ínfimos y baños comunales, la rigidez de cualquier acto, expuesto ante la libertad del pensamiento y el sueño. El calor dentro del hielo.. La incertidumbre ante el destino. Grandes cuestiones y muchos minutos para arriesgarse en el empeño de compartirlas.

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