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Entre rusos anda el juego

Mikel Chamizo
miércoles, 5 de octubre de 2005
Maxim Vengerov © Diago Mariotta Mendez | IDAGIO Maxim Vengerov © Diago Mariotta Mendez | IDAGIO
San Sebastián, lunes, 29 de agosto de 2005. Auditorio Kursaal. Beethoven: Concierto para violín y orquesta en Re mayor, Op.61. Chaicovsqui: La Bella durmiente del bosque (arreglos de M. Pletnev). Maxim Vengerov, violín. Orquesta Nacional Rusa. Dirección: Mikhail Pletnev.
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El segundo de los conciertos de la Orquesta Nacional Rusa se erigió probablemente en la cita más esperada de la presente edición de la Quincena Musical junto con la Sinfonía 'de los mil' de Mahler que se pudo disfrutar tres días antes. ¿La razón? Un programa popular a más no poder (Concierto para violín de Beethoven y La Bella durmiente de Chaicovsqui) y la presencia sobre las tablas del prestigioso, y joven, y también ruso violinista Maxim Vengerov, quien llegó acompañado de la habitual vorágine informativa que suele acompañarlo allá donde va. Se podría pensar que en la pequeña batalla campal por conseguir entradas que se formó (pues el concierto quedaba fuera de abono y muchos de los abonados no lo supieron hasta que ya era demasiado tarde) no tuvo una gran influencia la presencia de la Nacional Rusa, considerando además que en su primer concierto, con programa monográfico Shostacovich eso sí, dejaron bastantes localidades libres. No obstante, el trabajo de la orquesta fue esencial en la versión del concierto Beethoveniano que firmó Pletnev y Vengerov, y también en el Chaicovsqui, que ya adelanto fue algo fuera de serie.

Curiosamente, ocurrió algo en el Concierto para violín de Beethoven que me sorprendió, y es que bastantes de los aficionados con los que tuve oportunidad de cambiar opiniones en el descanso, como siempre hago, coincidían en que Vengerov y Pletnev habían tocado el concierto de forma distinta, es decir, bajo concepciones diferentes. Digo que me sorprendió esta apreciación porque desde mi punto de vista solista y director abordaron la interpretación desde una óptica anclada en la tradición interpretativa de este concierto, puramente romántica, sin rarezas ni modernismos. Fue una versión de libro si no fuera por una flexibilidad casi excesiva en los tempos empleados por Pletnev, que articulaba el paso entre algunas secciones de una manera un tanto extraña, con cambios de velocidad considerables entre ellas. Tampoco esto desembocó en mayores problemas, pues la dirección del ruso estuvo cuidada al detalle, la exposición formal fue clara y la orquesta funcionó en sus niveles habituales de calidad.

Lo que resultó estupendo fue el trabajo de Vengerov, quien no cabe duda es uno de los mejores violinistas de la actualidad, con una predisposición especial para el gran repertorio romántico que le sitúa en el top 3 de las super estrellas del violín. Aunque no soy muy dado a elogiar la calidad del sonido por encima del resto de cualidades que ha de presentar una buena interpretación, tengo que reconocer que escuchar unos agudos como los que emite Vengerov con su violín es casi un placer físico. Y como los agudos todo el registro del violín, de un equilibrio y homogeneidad de timbre envidiables. Y al margen de la excelencia técnica, que es indiscutible, Vengerov presenta también ese punto de arrebato lírico que lo entronca con un Oistraj o un Stern y que le va tan bien para interpretar las obras de Beethoven, Mendelssohn, Brahms, Sibelius o Chaicovsqui.

Precisamente a este último compositor estuvo dedicada la segunda parte del concierto, con una selección de números del ballet La Bella durmiente del bosque, arreglados ligeramente por Pletnev para crear transiciones entre unos y otros. De sobra es conocida la visión clarividente que tiene Pletnev de Chaicovsqui, de quien tiene grabada prácticamente toda su obra orquestal en Deutsche Grammophon, con críticas más que excelentes, además del repertorio pianístico en su otra faceta como intérprete. Esta Bella durmiente de San Sebastián fue una lección de magisterio orquestal, dramatismo, emotividad y sobre todo de exaltación de la belleza de una música que es sencillamente maravillosa. La Nacional Rusa regaló momentos inolvidables como el Entreacto sinfónico (sueño) o el famosísimo Vals, con una cuerda de precioso color y unas maderas fantásticas (todavía resuena en mi memoria un unísono de flautas y oboes). Fue probablemente uno de los mejores Chaicovsquis que se puedan escuchar en la actualidad, por parte de unos músicos que han hecho del compositor ruso su carta de presentación en todo el mundo.

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