España - Madrid

Mucho ruido y pocas nueces - gris Don Giovanni en el Teatro Real

Aaron Vincent

lunes, 10 de octubre de 2005
Madrid, viernes, 30 de septiembre de 2005. Teatro Real. Don Giovanni (Il dissoluto punito, ossia il Don Giovanni), dramma giocoso en dos actos de Wolfgang Amadeus Mozart sobre un libreto de Lorenzo da Ponte (estrenado en el Teatro Nacional de Praga, el 29 de octubre de 1787). Director de escena: Lluis Pasqual. Escenógrafo: Ezio Frigerio. Figurinista: Franca Squarciapino. Iluminador: Wolfgang Zoubek. Elenco: Carlos Álvarez (Don Giovanni), Alfred Reiter (El Comendador), María Bayo (Donna Anna), José Bros (Don Ottavio), Sonia Ganassi (Donna Elvira), Lorenzo Regazzo (Leporello), José Antonio López (Masetto), María José Moreno (Zerlina). Coro (Director del coro: Jordi Casas Bayer ) y Orquesta Titular del Teatro Real (Coro y Orquesta Sinfónica de Madrid). Director musical: Víctor Pablo Pérez. Temporada 2005-2006 Teatro Real

Aunque el Teatro Real ya había ofrecido semanas antes las seis representaciones del Ballet de la Scala de Milán además de un primer título operístico incluido en abono, el Mitridate de Mozart en versión de concierto con Les Musiciens du Louvre dirigidos por Marc Minkowski, en el estreno de Don Giovanni el pasado viernes 30 de septiembre, el ambiente era el de inauguración de temporada.

La nueva producción del Teatro Real, de la que se darán en total 12 funciones -cuya difusión se ampliará considerablemente siendo una de ellas ofrecida en pantalla gigante en la plaza de Oriente, otra televisada en directo por TVE y una tercera difundida internacionalmente por Radio Clásica- había despertado no poca expectación: uno de los pilares del gran repertorio operístico, con fuerte presencia española en el primero de los dos repartos, así como en la dirección escénica y musical, que además disfrutó de una cobertura bastante mayor de lo habitual en los medios de comunicación en los días previos al estreno. Mucho ruido y pocas nueces.

Puede que en buena parte la culpa de que la representación no funcionase resida en la puesta en escena del prestigioso director Lluis Pasqual y el efecto que ésta tuvo tanto en los intérpretes como en el público, aunque desde luego tampoco fue el único factor que contribuyó al desigual resultado final, y es que aunque el cartel prometía mucho, las expectativas no se vieron colmadas.

Teniendo en cuenta que para Pasqual 'Don Giovanni es un personaje que tiene poco interés en sí mismo", según declaraciones recogidas en el programa de mano, puede que sea injusto esperar una gran creación del personaje principal en esta producción. Carlos Álvarez tiene los medios para componer un buen 'Don Giovanni', y así lo ha demostrado en otras ocasiones, pero aquí no logró convencer. Su voz sonó opaca y poco seductora, como si coartada teatralmente no tuviese libertad y espacio para brillar.

Fue eclipsado escénicamente por el divertido 'Leporello' de Lorenzo Regazzo, quien sin hacer maravillas vocales sí supo dotar de vida a su personaje. Por el contrario, el 'Comendador' de Alfred Reiter ya parecía estatua antes de muerto. El papel será pequeño pero se requiere una voz de mucha más enjundia para medirse contra 'Don Giovanni' tanto en la escena del combate inicial como en la breve intervención en el cementerio y su espectral aparición final.

María Bayo y Carlos Álvarez. Fotografía © 2005 by Javier del Real

La 'Donna Anna' un punto cursi de María Bayo podría haber sido perfectamente válida, pero la elegancia y musicalidad de su canto se vieron contrarrestadas por el abuso de unos portamenti dolorosamente prolongados y una desafinación pertinaz que en algunos momentos rozó lo espectacular. Su aria del segundo acto 'Non mi dir' fue un perfecto ejemplo de ello, muy ovacionada, y con toda justicia si se consideran los bellos momentos que consiguió especialmente en la primera sección, pero malograda por las desviaciones y su incapacidad para alcanzar los agudos en la sección final.

José Bros hizo un 'Don Ottavio' bravo y peleón, éste sí con todas las notas del personaje, pero tan pendiente de hacer lo correcto que resultó algo mecánico, falto de matices y de nobleza. Más una exhibición atlética que una interpretación. Apreciado por el público, fue junto a María José Moreno el único que no recibió abucheos al finalizar la representación.

La mezzosoprano italiana Sonia Ganassi hizo una entrada temible como una agitadísima 'Donna Elvira' con un "Ah! chi mi dice mai" sin graves ni agudos, pero fue mejorando a lo largo de la obra, mucho más cómoda en los números de conjunto, aunque lastrada de principio a fin por una respiración inoportuna y audible hasta el punto de resultar molesta.

Probablemente el personaje más redondo de la velada fuese la deliciosa 'Zerlina' de María José Moreno, aun teñida de la apabullante tristeza que impregnaba todo el montaje, con una afinación perfecta y un timbre cristalino, muy suelta sobre el escenario. El 'Masetto' de José Antonio López no pasó de una corrección un tanto pálida.

Víctor Pablo Pérez. Fotografía © 2005 by Javier del Real

La dirección musical de Víctor Pablo Pérez no ayudó: los cantantes tuvieron que vérselas con unos tempi caprichosos que les pusieron en apuros en más de una ocasión y una descoordinación del foso con la escena casi continua, tanto que daba la impresión de estar asistiendo a un ensayo, no a un estreno. Desde las primeras notas de la obertura, tan faltas de empaque que perdían su carácter premonitorio, se vieron claramente los límites por donde iba a discurrir el resto de la ópera, sin apenas contraste en una lectura que se quería delicada y que efectivamente logró momentos interesantes, casi camerísticos, pero que nunca terminaba de levantar el vuelo.

La monotonía del foso se veía reflejada en una puesta en escena gris, incoherente y deslavazada. Se había hablado mucho previamente de la decisión de trasladar la acción de la ópera a la posguerra española, y en general la obra resiste bien el cambio de época, salvo algunos flecos mal resueltos: por ejemplo, 'Donna Anna' no tendría más que apuntar la matrícula, bien visible, del lujoso coche en el que se refugia su agresor para descubrir su identidad. Este tipo de incongruencia, sin dejar de ser irritante, no pasaba sin embargo de lo anecdótico.

Algo más grave, lo que parecía retrotraerse a los años cuarenta durante la mayor parte de la función no fue tanto la ambientación como la propia dirección de escena. Ni estaban bien dibujados los personajes, ni acababan de funcionar las escenas individuales ni éstas se engranaban bien con las demás, ni tampoco trascendía una concepción general clara de la obra. Escenas concretas podían empezar con cierta fuerza para quedarse sin fuelle enseguida, como por ejemplo la huida de 'Don Giovanni' al comienzo de la obra, o la impactante irrupción de la estatua ecuestre del 'Comendador' en la cena, aparentemente suspendida en el aire, pero que pierde toda tensión al moverse torpemente de un lado para otro, empalada sobre el brazo extensible de una grúa demasiado visible sin constituir en ningún momento una presencia verdaderamente amenazante. Cuando 'Don Giovanni' finalmente acompaña al 'Comendador' lo hace como quien se monta en una noria de feria. Tensión nula.

Carlos Álvarez y Alfred Reiter. Fotografía © by Javier del Real

Claro que tampoco muere 'Don Giovanni': después de haber mostrado muy poca simpatía por el personaje durante el resto de la obra, Pasqual decide salvarlo in extremis, haciendo que sea él quien cierre la acción con un golpe de claqueta delante del telón caído, tras una última escena particularmente confusa en la que mientras el sexteto superviviente cantaba su moraleja, se proyectaban imágenes del No-Do que francamente no venían a cuento de nada, si no buscaban la provocación gratuita.

Lo mejor que puede decirse del trabajo de Lluis Pasqual es que en general respetó a los cantantes y no les obligó a cantar en posiciones comprometidas, lo cual aunque no debería ser siquiera reseñable, dados los tiempos que corren es muy de agradecer. El único momento en que se apartó de esta regla fue el aria de Zerlina 'Vedrai, carino', que tuvo que cantar mientras daba vueltas a 'Masetto' montada en bicicleta, una estampa muy atractiva.

La escenografía de Ezio Frigerio fue, como siempre en este gran veterano de la escena, de una suma exquisitez, pero no se libraba de la incoherencia general de la producción, en este caso por su falta de lógica arquitectónica interna. El sólido hiperrealismo de los decorados -muros de medianería expuestos tras demoliciones reproducidos hasta el más mínimo detalle, incluidos azulejos y fontanería, una atracción de feria con coches de choque iluminada de forma casi onírica en contraste con la oscuridad reinante durante el resto de la obra, una severa rotonda granítica de reminiscencias neo-herrerianas que hacía las veces de mausoleo del 'Comendador' y comedor de 'Don Giovanni'- acababa pesando sobre la escena y dificultando una interpretación fluida de la acción, por muy flexibles y móviles que fuesen los distintos elementos.

El amplio vestuario -incluso 'Zerlina' cambió cuatro veces de traje- de Franca Squarciapino fue igualmente atractivo, y muy adecuado a la ambientación de los años cuarenta, siendo de lo poco aparte de la matrícula madrileña del coche de Don Giovanni que anclaba la acción en España. Se permitió además un guiño a la época de composición de la ópera en los trajes dieciochescos y carnavalescos para el baile de máscaras en casa de 'Don Giovanni'.

Todo ello fue bañado por la iluminación lúgubre de Wolfgang von Zoubek, quien logró que incluso las escenas de bullicio y luz verbenera resultasen irremediablemente tristes en su exceso. De hecho estaba ausente de esta lectura del dramma giocoso todo el aspecto buffo -agridulce quizás, pero presente en el libreto- como tampoco se exploraron las relaciones sociales entre iguales y entre clases distintas, desperdiciándose momentos clave como la boda de 'Zerlina' y 'Masetto' y la cena final con soluciones banales que nada aportaban.

En el transcurso de la función algunos cantantes ya habían sido abucheados después de sus intervenciones solistas, pero fue al finalizar la ópera que el descontento de gran parte del público se desató. Hubo división de opiniones, a partes iguales, pero en un teatro en que casi se aplaude por sistema, quizás sería imprudente no tomar nota de un rechazo tan extendido que impide hablar con un mínimo de seriedad de conspiraciones, clacs o lecturas en clave política. Sólo se salvaron de los abucheos Bros y Moreno, casualmente los que mejor defendieron sus papeles. Las mayores muestras de desaprobación se reservaron para Víctor Pablo Pérez y para Lluis Pasqual, quien viendo lo que se le venía encima decidió no terminar de acercarse al borde del escenario para refugiarse entre los cantantes antes que recibir él solo el veredicto del público como responsable escénico, como sí habían hecho por el contrario cada uno de los cantantes.

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