España - Castilla y León

Variadas calidades

Samuel González Casado
martes, 18 de octubre de 2005
--- ---
Valladolid, jueves, 13 de octubre de 2005. Teatro Calderón de la Barca. Heitor Villalobos: Bachianas Brasileiras nº 5; Benet Casablancas: Epigramas 2 y 3. Gustav Mahler: Sinfonía nº 4, en sol mayor. Raquel Lojendio, soprano. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Alejandro Posada, director. Ocupación: 95 %.
0,0001302

El primer concierto de la temporada siempre provoca expectación, como cualquier evento que hace tiempo que no ocurre, y no sólo por el hecho estrictamente musical: la vuelta al recinto y a la "rutina", el reencuentro con viejos amigos, los cambios en los palcos (entiéndase "cotilleo", inherente al elemento social de este tipo de manifestaciones culturales), etc., hacen del primer día algo único. Sin embargo, no suele la orquesta estar en su mejor momento, después de la parada, pese a algunos compromisos, que supone el periodo estival. Así, este primer concierto se saldó con un resultado irregular, que pasamos a resumir a continuación.

De lo mejorcito fue la lectura del famoso nº 5 de las Bachianas Brasileras de Villalobos, obra habitual en las salas de conciertos (es injusto que la atención sobre este autor se ciña a una sola obra, pero así son las cosas). Excelente fue el acompañamiento de los ocho chelos, muy bien guiados por Posada, aunque el sonido no nos llegara todo lo nítido que quisiéramos: variado y contrastado, con ritmos punzantes. Muy apreciable la interpretación de Lojendio. Se trata de una soprano bastante ligera pero reforzada, sobre todo en la zona media-alta, lo cual provoca que en el resto de tesitura se aprecie cierto desequilibrio, por ejemplo en la media y en los graves, aunque cuando puede meter el registro de pecho se observa buen trabajo en este sentido: el sonido es natural, no exagerado ni grosero. Quizá le falte algo de color. La voz no es muy hermosa, hay dificultades para apianar el agudo y los matices son un poco en claroscuro, muy técnicos, así que falta sutileza y vuelo, si bien la proyección de sus mejores notas y la técnica respiratoria señalan buena escuela. Apreciable, como decimos, la cantante, que dio relevancia al texto a través de sus recursos canoros mejor dominados, sobre todo con la alternancia y gradación entre voces medias y plenas.

Los Epigramas para orquesta 2 y 3 de Benet Casablancas denotan un estupendo estudio de la tímbrica en general y de los efectos de la fusión de distintos sonidos instrumentales en particular, y su capacidad para lo sugerencia: del mismo modo podemos tener la impresión de estar en una concurrida calle, con tintineos, pitidos, etc, como disfrutar de un ambiente cálido y calmo, íntimo, todo con un carácter artesanal y quizá algo conservador en el matizado expresionismo de recursos como el crescendo y ciertos ecos stravinskianos en la utilización del metal. Con suficiente prestancia dirigió la obra Posada, sin que se apreciaran grandes cosas. La cuerda no sonó demasiado conjuntada, pero los metales cumplieron en sus espectaculares momentos. Obras que deben ser tenidas en cuenta y que no sobran en ninguna programación, tanto porque no suponen dificultad para el público de a pie como por su valor artístico implícito.

En la medianía se mantuvo, igualmente, la interpretación de la Sinfonía nº 4 de Gustav Mahler, obra que a todos complace, ya que parece que lo tiene todo en su grado justo: desde un grotesco baile de la Muerte hasta un memorable "poco adagio", pasando por la falsa "naiveté" de sus cascabeles y flautas y terminando por la evidente mala leche del último movimiento. No anduvo nada bien la OSCYL en los comienzos: metales realmente fallones y cuerda poco agradable no hicieron justicia al concepto de Posada, siempre interesante con su estilo un poco de la vieja escuela romántica, con su agógica en extremo contrastada, que da lugar a un discurso siempre ameno. Falta a veces algo de rigor y un trabajo más a vista de pájaro, mejor estructurado, en sus interpretaciones, aunque la personalidad de lo que escuchamos sea indiscutible; asimismo se echa en falta en ocasiones comedimiento en la utilización de algunos recursos que, en exceso, pueden llegar a molestar: esos portamenti, que por supuesto están escritos, pueden hacerse más discretamente; es lícito buscar la expresividad en los cambios bruscos de tiempo, pero no hay que olvidar que la elegancia y el arte de la transición entre frases no están reñidos con lo anterior.

Por parecidos cauces discurrió el segundo movimiento, si bien con una realización orquestal más cuidada y buenas intervenciones de la concertino Wioletta Zabek, con su violín de siempre y también con el necesario, afinado un tono por encima, para interpretar la grotesca danza. El sonido, lástima, llegó algo anémico, más por razones de acústica que por la labor de la siempre rigurosa y circunspecta dama (la cuerda no empasta nada bien con los metales cuando ambas secciones tocan en piano). Notables, sin embargo, los dos últimos movimientos, impecable en sus primeros compases el tercero, con unos chelos de sonido hermosísimo y que parecían uno solo; y excitante el último, lleno de contrastes y expresión, con una Lojendio sin voz angelical pero muy metida en su papel, una orquesta a gusto, plena de vitalidad, y un Posada claramente motivado por esta música, tan plácida y a la vez oscura en sus aviesas intenciones.

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.