España - Asturias

El piano de Tannhäuser y el liguero de Santa Isabel de Hungría

Ignacio Deleyto Alcalá

lunes, 24 de octubre de 2005
Oviedo, domingo, 16 de octubre de 2005. Teatro Campoamor. Richard Wagner: Tannhäuser. Libreto de Richard Wagner. Gran ópera romántica en tres actos. Versión de Dresde, 19 de octubre de 1845, Teatro de la Corte. Dirección de escena: Bruno Berger-Gorski. Diseño de iluminación: Andreas Just. Diseño de escenografía: Heinz Balthes. Reparto: ‘Hermann, Landgrave de Turingia’, Andrew Greenan. ‘Tannhäuser’, Wolfgang Millgramm. ‘Wolfram von Eschenbach’, Ángel Ódena. ‘Walther von der Vogelweide’, Francisco Vas. ‘Biterolf’, Felipe Bou. ‘Heinrich der Schreiber’, Alberto Núñez. ‘Reinmar von Zweter’, Ernesto Morillo. ‘Elisabeth, sobrina de Landgrave’, Emily Magee. ‘Venus, diosa del amor’, Graciela Araya. ‘Un pastorcillo’, Beatriz Díaz. Orquesta Sinfónica Ciudad de Oviedo (O.S.C.O). Coro de la Asociación Asturiana de Amigos de la Ópera (A.A.A.O.) y Coro Intermezzo. Director del coro: Francisco Javier Aizpiri. Dirección musical: Friedrich Haider. Producción de la Ópera de Oviedo procedente de la Ópera de Halle. LVIII Temporada de Ópera de Oviedo. Aforo: 1440 localidades. Asistencia: 95%

Era la primera vez que Tannhäuser subía a las tablas del Campoamor y lo hacía con toda la expectación propia de un título wagneriano de esta importancia. Para la ocasión se procuró una producción de la Ópera de Halle bajo la dirección escénica de Bruno Berger-Gorski. Ambientada en la época moderna, con unos decorados propios de una sala de fiestas de finales de los setenta, la producción se caracterizó por su minimalismo (la idea subyacente parecía ser: cuanto más vacío el escenario mejor) y una excesiva simplicidad no exenta de ciertas ideas, más o menos afortunadas, como el piano del protagonista-compositor que permanece en escena durante toda la representación, el pastorcillo convertido en la Virgen María, escenas proyectadas en blanco y negro que se superponen a la escena real, imágenes de cruces volantes al estilo de los primeros salvapantallas de Windows así como detalles de "cráneo privilegiado" tales como vestir a ‘Elisabeth’ en el segundo acto con picardías y liguero aunque, eso sí, de un blanco inmaculado. Ni demasiado transgresora, ni demasiado brillante, la producción no estuvo mal en líneas generales y dejó discurrir el hilo argumental con fluidez. Que podía haber sido mucho mejor, seguro, pero le otorgaremos un aprobado teniendo en cuenta que mucho del Wagner que se ve hoy en los mejores teatros (salvo quizás en el Met) va desde lo decepcionante hasta lo irritante.

Friedrich Haider, que ya había dirigido en Oviedo un excelente Holandés en 2000, fue el responsable de la dirección musical. Aunque el director austriaco está más acostumbrado a partituras belcantistas, ha dirigido Wagner con cierta frecuencia y por formación y condición parece tener suficientes credenciales para sacar adelante esta genial obra. Sin embargo, el primer acto de este Tannhäuser nos hizo temer lo peor. Raquítico y liviano hasta decir basta y carente de cualquier profundidad, sonó a opereta más que a otra cosa. Como ejemplo de lo poco acertada que resultó la dirección en este acto pondremos la famosa obertura, una lectura totalmente plana. Afortunadamente, la cosas cambiaron en el segundo. Hubo tensión, hondura y buen hacer generalizado. El tempo siempre fue rápido si bien esto no es negativo en sí mismo (El Wagner lentorro es sólo propio de los últimos tiempos). El tercer acto fue dirigido con introspección (fantástica la plegaria de ‘Elisabeth’), fuerza expresiva (coro de los peregrinos) y tensión dramática (narración de Roma). En definitiva, una dirección eficiente y, por momentos, inspirada donde las luces superaron a las sombras. La orquesta, algo reducida en número por necesidades del foso, cumplió dignamente y el coro, reforzado para la ocasión, estuvo a la altura de la obra.

A la hora de referirnos al reparto debemos en primer lugar felicitar a la A.A.A.O por haber esperado el tiempo necesario para encontrar a dos artistas como Wolfgang Millgramm y Emily Magee capaces de defender sus partes con garantías. El tenor alemán demostró que se conoce el papel al dedillo. Sin ser excepcional, vocalmente estuvo holgado y además supo dar el necesario contenido expresivo en escena para que su parte fuera seguida con interés. Le perdonaremos los arrebatos de cierto histrionismo en los que cayó en algún momento.

La soprano estadounidense, conocida de los wagnerianos por sus papeles en Bayreuth y sus grabaciones discográficas, cantó con expresividad, lirismo y delicadeza. Cierto es que reveló una voz algo pálida y que su "dich teure Halle" nos supo a poco pero, por lo demás, estuvo a gran altura a pesar de una cierta rigidez escénica. Excelente también fue el ‘Landgrave’ de Andrew Greenan, un bajo inglés con muchas tablas, de voz cálida y rotunda, que dotó a su parte de la autoridad necesaria.

No decepcionó el ‘Wolfram’ de Ángel Ódena que supo cantar con valentía, estilo y buen gusto. Desgraciadamente Graciela Oraya fue incapaz de convencer en su parte. De voz mate y excesivamente vibrada su ‘Venus’ resultó mediocre y aburrida. Tampoco despuntó escénicamente por lo que fue sin lugar a dudas el lunar del reparto. Los comprimarios no pasaron de lo meramente discreto.

En definitiva, nuestras felicitaciones a la A.A.A O. y, en particular, al certero criterio de su director artístico, Javier Menéndez, por presentar a la afición asturiana un Tannhäuser más que aceptable desde el punto de vista vocal similar al que podría haberse escuchado en cualquiera de los más importantes teatros de nuestro país; con la diferencia, claro está, de que Oviedo tiene un presupuesto y unos recursos infinitamente inferiores a los de esos teatros. Queda todo dicho.

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