España - Galicia

Decepcionante

Maruxa Baliñas
viernes, 4 de noviembre de 2005
A Coruña, domingo, 16 de octubre de 2005. Palacio de la Ópera. Compañía de Danza Española Aida Gómez. Aída Gómez, dirección artística y bailarina principal; Carlos Saura, dirección escénica. 'Sueños' de Aida Gómez sobre músicas de Juan Pedro Acacio, Vicente Amigo, Carlos Piñana y Jorge Pardo. Felipe Ramos, diseño de luces. Juana Corvillo, González y Maty, vestuario. 'Salomé' de José Antonio sobre música de Roque Baños, con la colaboración de Tomatito. Pedro Moreno, diseño de vestuario. Organizan: IMCE y Caixanova
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La compañía de Aida Gómez tiene buen nivel técnico, sin duda, pero sus planteamientos no acaban de convencerme. No sé cuál puede ser la mejor solución para crear una compañía de danza española que no esté anclada en el pasado, pero lo que hacen Aida Gómez y Carlos Saura me resulta decepcionante: tanto en los momentos en que parodian, copian u homenajean los espléndidos trabajos de Antonio Gades para Saura, como en esas ocasiones en las que Aida Gómez se 'suelta el pelo' y va a su aire. Para mal de José Antonio, Salomé es excesivamente dependiente del ojo de la cámara, lo que obliga a Aida Gómez a moverse en encuadres concretos, mientras que Gades componía para el espacio escénico y a la hora de llevar su obra al plató hacía los ajustes oportunos o exigía de Saura que se adaptara y filmara escenas corales al estilo de Fellini o Berlanga.

Esto es muy evidente en ocasiones, como en la propia danza de los siete velos, donde Aida Gómez no se movía espontáneamente por el escenario, no 'bailaba', sino que presentaba momentos visuales bellos pero aislados y sin un nexo dramatúrgico, lo que los conviertía en simples brotes histriónicos. Además hay un problema dramático que José Antonio -quien parece haberse inspirado en el modelo de espectáculo erótico ofrecido en Leaving Las Vegas o películas semejantes- resuelve incorrectamente. En la danza de los siete velos, Aida Gómez va provocando sucesivamente a diversos cortesanos como si fuesen los espectadores de primera fila de un porno-show: en ningún momento su objetivo parece ser Herodes e incluso cuando muestra sus senos lo hace de cara al público y no frente al rey. Pero tanto en el relato bíblico como en el drama de Wilde, el planteamiento es el opuesto: Salomé baila para el rey, ante su corte escandalizada. El rey es su único espectador y la excitación de este procede precisamente del exhibicionismo de la situación.

A esto se añade que los códigos gramaticales del flamenco no han sido desarrollados con fines narrativos, al contrario que los de la escuela bolera o el ballet clásico, y resulta enormemente difícil contar una historia con ellos. En realidad, es difícil con cualquier tipo de danza de zapatos, como siempre han sabido los coreógrafos de claqué o de irish dance que intercalan la danza en la narración dramática, pero no intentan hacer narración dramática con la danza. Al igual que las otras danzas de zapatos, la danza flamenca es un estilo de baile 'puritano', que pide un cuerpo tenso y una contención de movimientos que se adaptan mal a las exhibiciones requeridas por Salomé, que por el contrario debe tomar sus movimientos de las danzas del vientre y similares.  

Mal va la cosa cuando en un espectáculo de danza resulta más interesante la música que el propio baile. Y eso me pasó en algunos de los números que componen Sueños: disfruté especialmente de 'Mensaje' porque tenía un apasionante música de Vicente Amigo y por supuesto de 'Silencio rasgado' con el siempre cálido saxo de Jorge Pardo, mientras me aburrió bastante la 'Suite española', con música de Juan Pedro Acacio. Y en menor medida, algo similar me ocurrió con Salomé, donde también por momentos fue la música la que mantuvo mi atención.

Los elementos técnicos fueron notables, tanto en el vestuario como en la iluminación, es obvio y positivo que ya nadie dude de la necesidad de una alta competencia en materia de atrezzo, pero también aquí se echó en falta una mayor creatividad. No hubo nada que se saliera de lo correcto y esperable en un espectáculo semejante. No se puede decir lo mismo de la amplificación, absolutamente estruendosa y desagradable. Evidentemente una compañía no puede ir de gira con música en directo pero de ahí a convertir la sala en una discoteca barata y mal sonorizada, hay un abismo.

Mientras la danza flamenca siga siendo tan conservadora en sus puestas en escena, mal podrá convertirse en una oferta poderosa dentro de un mercado internacional tan competitivo como el actual. El flamenco está aun muy lejos de conseguir las cotas de mercado que alcanza por ejemplo la música caribeña, cuyos artistas hace tiempo que renunciaron al exotismo y al misticismo para hacer lo que mejor saben hacer. El arte flamenco tiene muchos puntos para conseguir éxitos semejantes, pero tiene que desprenderse de unas tradiciones que ya son simples tópicos y de unos valores que hace tiempo que se han convertido en rutina, por mucho que se les concedan premios nacionales.

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