España - Aragón

Ejecución sin tensión

Isaac Lahoza

miércoles, 8 de noviembre de 2000
Zaragoza, martes, 31 de octubre de 2000. Auditorio de Zaragoza. Sala Mozart. Obras de G.F. Händel: “Suite nº 2 en Re” de la “Música Acuática” (1717); W. Piston: “Divertimento para flauta, oboe, clarinete, fagot y cuerdas” (1946); W.A. Mozart: “Concierto en Sol para flauta y orquesta”, K313/285c (1777); G. Rossini: “Variaciones en Do para clarinete y orquesta”; S. Barber: “Adagio para cuerdas” (1938); F. J. Haydn: “Sinfonía Concertante para oboe, fagot, violín, violoncello y orquesta” (1792). New York Chamber Soloists. VI Temporada de Grandes Conciertos de Otoño. Aforo: 1992 localidades Asistencia: 90%
De más a menos. Este fue el denominador común de esta propuesta ofrecida por la orquesta americana, fundada en 1957 y avalada por su inmenso repertorio, hasta 250 obras. Y de más a menos no en lo referente al concierto en general sino a la interpretación de cada obra o movimiento de la composición en particular. Sorprendió que esta formación se presentase sin director, hecho que no hubiera sido más que una anécdota si no se hubiera tenido repercusión en el resultado musical conseguido.La interpretación de la "Suite nº 2 en Re" de la Música acuática no fue precisamente un feliz comienzo. Tal vez, por ser la obra que abría el fuego, el resultado sonoro transmitió inseguridad, timidez y castró las posibilidades de esta composición de Händel que por otra parte es una pieza llena de circunstancias musicales bellísimas pero que pasaron inadvertidas. Ganó empaque la noche con la interpretación de Pinston. Su obra, inmersa en el neoclasicismo, no hay que olvidar que este compositor americano fue alumno de la Boulanger, transpiró calidad y reivindicó ser incluida con más asiduidad en los programas de concierto. La propuesta de los norteamericanos de su primer movimiento, a la postre, acabó siendo de lo mejor del concierto. Sin embargo, fue en el segundo, el denominado 'Tranquilo', en el que salió a escena el personaje que iba protagonizar toda la velada, la no tensión. En los momentos en que el tempo no era alto y que la exigencia de una mayor intensidad entre los diferentes instrumentos quizás se demandaba con más fuerza fue donde con más claridad se observó como poco a poco se iba desvaneciendo el interés musical de las interpretaciones hasta resultar un esfuerzo mantener la concentración en la audición de la obra.En el conocidísimo y publicitado Adagio para cuerdas de Barber se percibió nítidamente. Conforme el tema pasaba por los diferentes instrumentos de cuerdas se perdía el interés musical. Bien es verdad que hubo aspectos brillantes en esta obra- como el bonito sonido que proyectaron los violoncellos cuando recayó sobre ellos la responsabilidad temática- sin embargo, acabó tan falta de intensidad que incluso creó problemas para que se terminase de una manera precisa y, mermó así, el disfrute que suele dejar un redondo final.No obstante y, a pesar de esta constante, hubo momentos brillantes. En la interpretación de la Sinfonía Concertante de Haydn, compuesta en 1792 ya fuera de la influencia de la familia Eszterhazy y enmarcada dentro de los conciertos de Salomon, se consiguieron momentos de gran conjunción tanto entre los cuatro instrumentos solistas como entre estos y el resto de la orquesta. Pero fue durante el desarrollo de las composiciones de Mozart y Rossini en donde se alcanzó una mayor calidad. Tanto el flautista, David Fedele, en su interpretación del Concierto para flauta y orquesta de Mozart como el clarinetista Allen Blustine en las Variaciones en Do para clarinete y orquesta mostraron ser unos sólidos instrumentistas. El protagonismo de ambos sirvió de guía a la orquesta obteniendo, ésta, un resultado más compacto y estable. Este logro, en su confluencia con unas interpretaciones solistas llenas de virtuosismo, con un sonido bonito, preciso, claro y expresivo, consiguió proyectar grandes instantes de música en la que se evidenció el genio mozartiano y sorprendió el rendimiento que se le puede sacar a una música superficial, llena de adornos y vitalidad desde la personal interpretación que propuso el versátil clarinetista de la formación americana en la obra de juventud de Rossini que, en mi opinión, se erigió en la mejor interpretación de la noche.A pesar de los aplausos del público, no se tocó ningún bis y acabó un concierto de heterogéneo repertorio y diferentes estados de calidad y en el que pienso, que bajo la dirección de una buena batuta, hubiera resultado bastante más atractivo y musical.

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