España - Aragón

¿Convencional? No, gracias

Juan Antonio Gordón

miércoles, 4 de enero de 2006
Zaragoza, domingo, 18 de diciembre de 2005. Auditorio Eduardo del Pueyo del Conservatorio Superior de Música de Aragón. Recital de Fazil Say (piano). Joseph Haydn, Sonata nº 48 en Do mayor Hob.XVI 35 y Sonata nº 35 en La bemol mayor Hob.XVI 43. Ludwig van Beethoven, Sonata nº 23 Op.57, ‘Apassionata’. Fazil Say, Black Heart. Paganini/Rachmaninov/Say, Paganini Jazz. Mozart/Say, Alla Turca Jazz. Gershwin/Say, Improvisaciones sobre Summertime y I Got Plenty of Nothing, y Rhapsody in Blue. Aforo: 480 butacas. Ocupación: 50%

El pianista turco Fazi Say salió al escenario del nuevo Auditorio del Conservatorio Superior zaragozano con un aire de jovenzuelo despistado, como recién levantado de una buena siesta, envuelto en una generosa chaqueta de terciopelo y con el pelo algo enmarañado. Desde el primer momento, los presentes tuvimos claro que no estábamos ante un pianista convencional. Ni en la forma ni en fondo. Sobre lo primero, hacemos notar que Say canturrea, gesticula y ‘teatraliza’ su interpretación. Son cosas que, o gustan o no. No hay término medio. Como mucho, ‘que no moleste’. Otras sorprenden, como esa manera suya de atacar el pedal derecho, con el tacón del zapato en el aire, empujando la pierna desde arriba, con la rodilla en la parte inferior del teclado.

Pero es sólo la forma. El fondo es donde está la miga. Y ahí vamos, porque Say nos ofreció un recital a ratos brillante, soberbio, y a otros rayano en la catástrofe. Desde luego, nada convencional.

Su Haydn fue fantástico, brioso, límpido, totalmente ‘mozartiano’ y vivo. Vibrante en sus adornos, ágil en sus tempi, claro en sus planos sonoros, delicado con los matices, usando muy sutilmente ese pedal que antes citábamos. Sonó bonito el Bösendorfer, ayudado por la buena acústica de la sala. Sólo se emborronó un poco ese vibrante Haydn en el último movimiento de la Sonata 35, que se nos mostró algo precipitada y menos limpia.

Lo malo es que aquel último tiempo fue el preludio de un Beethoven francamente discutible. La ‘Apassionata’ empezó sólo regular y acabó peor. El primer movimiento (‘Allegro assai) fue brusco, agresivo, bronco. No hubo en ese inicio ni continuidad dinámica ni discurso lógico. Todo se movió a golpes, casi de forma compulsiva, adornado con zapatazos al suelo y gestos ya un poquito histriónicos. La pulsación, durísima, nos hizo recordar al Pogorelich de sus peores días.

Tampoco siguió bien la sonata en su segundo movimiento, un ‘Andante con moto’ del que desapareció cualquier imagen evocadora para trasladarnos a un panorama casi militar (¿fanfarrias turcas?). Puede que estemos ante la visión personalísima de un joven genio pero, si es así, sinceramente, no la entendimos. La dureza del sonido, muy metálico y agresivo, y los extraños tempi de Fazil Say desembocaron en un ‘Allegro ma non troppo’ loco, brutal, acelerado, sin fraseo ni sentido. Acabó casi sin aliento, golpeando agresivo teclas y pedal ante un público en el que hubo, claro, división de opiniones.

En la segunda parte, Say se abonó al espectáculo y a la libertad creadora, terreno donde, seguramente, más disfruta y puede dar rienda suelta a su virtuosa digitación. Eligió un repertorio con alguna obra propia original y distintas versiones, paráfrasis e improvisaciones sobre temas bien conocidos, desde el tema de Paganini que inspiró la famosa Rapsodia de Rachmaninov hasta ‘Alla turca’ mozartiano. Gran protagonista en esta segunda parte fue también Gershwin, con una bonita improvisación sobre Summertime y una fastuosa versión de la Rapsodia en Blue.

En ese repertorio, Fazil Say jugó con el sonido para evocarnos tanto la pianola del saloon del lejano Oeste como los garitos de blues de Nueva York, sin racanear momentos de apoteosis sonora y ‘digital’ que lo situaron a la altura (o casi) de un Volodos. (Por cierto: en versiones de la Marcha turca, preferimos la paráfrasis del ruso, mucho más rotunda armónica y técnicamente). También hubo evocaciones orientales muy interesantes, sobre todo en ese Black Heart en el que el pianista y compositor manipula el sonido del instrumento para convertirlo en un gran cimbalón.

Los alardes técnicos de Say encandilaron al público, que aplaudió con ganas y se marchó satisfecho a casa en una fría noche de domingo con al sensación, indudable, de que habían escuchado (y visto) a un pianista controvertido y distinto. Mereció la pena, sin duda, este debut de Fazil Say en Zaragoza.

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