Iconografía y organología

El violín de Mozart

Emilio Schmiedegg

viernes, 27 de enero de 2006

Esta historia no empezó en Salzburgo y tampoco es la historia de un mendigo; aunque sea mi historia y la gente crea que soy un mendigo que vaga por las calles de Salzburgo. Ésta es la historia de un rey, y ese rey soy yo.

A Salzburgo llegué casi por casualidad y no con intención de quedarme, sino sólo de pasar un día como turista. En aquella época yo vivía en C... y era ferroviario, concretamente auxiliar de jefe de tren. Controlaba los billetes y daba la señal de salida. Mi horario era irregular, a veces trabajaba once horas en una jornada, a veces ocho, a veces tres. Ese día mi turno de servicio era muy breve: no tenía más que ir a Salzburgo en el interrregional 2095, que sale a las 7.41 y llega a destino a las 9.24. Después podía volver a C... como pasajero o hacer lo que me diera la gana, pues tenía el resto del día libre. Decidí aprovechar la ocasión para visitar Salzburgo.

Pero no, ya lo he dicho al principio: esta historia no empezó en Salzburgo, sino en otra ciudad, antes, mucho antes, cuando yo tenía cuatro años y quería ser rey. Me convencieron, con la crueldad que caracteriza a los adultos, de que esta profesión no estaba a mi alcance. Fue una gran decepción. Tuve que resignarme, pero quedé muy frustrado pues tenía verdadera vocación y, modestia aparte, excelentes aptitudes para el oficio. Decidí entonces ser director de orquesta, que es lo más parecido a un rey que existe en este mundo. En vez de trono, el director tiene una tarima, un atril y una partitura imponente; en vez de manto de armiño y púrpura, viste un frac; en vez de cetro, una batuta. El director de orquesta tiene un poder inmenso. Cuando aparece en el escenario todos los músicos se levantan y el público aplaude. Su soberanía absoluta se cierne sobre un pueblo sumiso de oyentes y una corte de músicos armados de instrumentos de todas clases. Basta un movimiento leve, pero autoritario, de su batuta para que enmudezcan hasta las toses o para que se desencadene una tempestad de notas. Ningún otro oficio es tan parecido al de rey como el de director de orquesta.

Así pues, me enviaron a aprender música. Mi maestro, el profesor Fritz, era un hombrecillo de una edad indefinida (y para mí matusalénica) entre los cuarenta y los cincuenta años. No sólo daba clases, también contaba muchas mentiras. Su embuste favorito era que había nacido en Salzburgo, en la misma casa que Mozart. Nosotros, sus alumnos, intuíamos que era una patraña monumental, entre otras cosas porque el profesor tenía mala memoria y en ocasiones decía haber venido al mundo en otros sitios igualmente inverosímiles, pero bastante menos musicales. Quién sabe qué problemas tendría con su lugar de nacimiento. A mí, sin embargo, me habría gustado que el profesor Fritz hubiera nacido en la casa de Mozart. Hubiera sido algo así como una ejecutoria de nobleza musical. Mozart era para mí una especie de santo patrón o de numen supremo en el inalcanzable olimpo de los genios. ¡Cuánta música suya escuché en mi infancia! Pero, sobre todo, lo admiraba porque se parecía a mí mismo y éste era, sin ninguna duda, el mayor de todos sus méritos. Mozart había sido un niño prodigio ¿No lo era yo también, como demostraba diariamente aprendiendo solfeo, teoría, canto e historia de la música como si fuera un juego? Mozart había vivido sólo para la música, igual que yo, casi olvidada ya mi vocación de rey. Desde luego, yo no había nacido en Salzburgo, pero por las tardes, al salir de la escuela, aprendía a tocar el violín, igual que Mozart, a quien de niño su padre le daba clases. Como por motivos que no vienen al caso, el mío no podía enseñarme música ni ninguna otra cosa de provecho, quien me daba clases era el profesor Fritz.

Mis comienzos con el violín fueron accidentados. El profesor, a pesar de sus supuestos orígenes salzburgueses, empleaba un método didáctico japonés, en aquellos años muy en boga; por algún motivo que ignoro, también los violines de sus alumnos debían ser japoneses y hechos a medida. De modo que, después de medirme brazos, manos y dedos, encargaron para mí un violín a un fabricante nipón. Me parece ver a los japoneses recibiendo el encargo, cortando la madera, manipulándola, dando forma a la caja, la barnizándola, ensamblando puente, clavijas y cuerdas, haciendo el arco, poniéndole (si es verdad lo que se me contó entonces) las blancas crines de un caballo árabe y por fin, metiendo todo en un estuche y despachándolo en un barco que había de cruzar los siete mares para traerme a mí el instrumento. Pasaron meses hasta que el violín hecho a medida llegó a mis manos; y mientras tanto yo había crecido lo bastante para que me quedara pequeño y no me sirviera. Así pues, hubo que encargar otro, previendo que, hasta que llegara, yo habría crecido todavía un poco más.

Un buen día el cartero llamó a la puerta. Traía un paquete cubierto de grueso papel marrón, todo lleno de cordeles, sellos de lacre y timbres de correo con escrituras ininteligibles y estampas del sol naciente. Mi madre cortó los cordeles y rasgó el papel. Apareció un estuche negro. Mi madre lo abrió. Sobre un lecho de terciopelo rojo yacía el violín, brillante como la miel y tierno como un recién nacido. Apenas me dejaron mirarlo.

-No es un juguete –me dijeron- Es muy frágil y caro.

Sólo se me permitía tocarlo en presencia de personas mayores y competentes, únicamente para estudiar, nada de juegos. Estaba tan orgulloso de mi violín que acepté sin rechistar todas las restricciones. Cada vez que tocaba, lo hacía con solemnidad religiosa. Y así fue como el violín adquirió un prestigio casi sagrado. Era mi propiedad más valiosa, hecha para mí y para nadie más por unos hombres de ojos diminutos y párpados tirantes en el otro extremo del mundo. Yo aspiraba a ser un genio y aquél iba a ser el violín de un nuevo Mozart.

Al salir de la escuela, a las seis, mi abuela me llevaba a mi clase de violín en el estudio del profesor Fritz. Hacía frío y los días eran cortos. A esa hora yo ya estaba cansado. Y el profesor también. Yo no era su único alumno, pero sí el más joven. Mi clase era la penúltima, después sólo quedaba la discípula predilecta del maestro: veinte años, alta, esbelta, con una melena sedosa y oscura, grandes ojos verdes y voz acariciadora. Mientras yo repetía mi lección, ella esperaba su turno sentada en una silla con las piernas cruzadas. Su falda de tela escocesa de color rojo, muy corta, dejaba ver unos muslos largos y turbadores, envueltos en un par de medias negras y transparentes. El profesor se impacientaba. Me daba una clase breve y rutinaria, más pendiente de las piernas y la sonrisa de la muchacha que del joven genio que tenía ante sí. A pesar de lo cual, yo, con ingenuo optimismo, seguía creyendo que iba a hacer de mí un nuevo Mozart. La lección se acababa rápido, el profesor encontraba bien todo lo que yo tocaba, no me corregía nunca y de este modo me confirmaba en mis esperanzas, que ya empezaban a ser convicciones. Una tarde, después de la clase, mi abuela y yo vimos al profesor y a su alumna por la calle, tomados de la mano. El profesor tenía un cuarto de siglo más y quince centímetros menos que ella, era calvo, miope y rosado como un lechón, y llevaba un traje arrugado y zapatos con las suelas agujereadas. El amor es una enfermedad misteriosa y a veces también un artero cómplice del destino. ¿Habría llegado yo a ser, sino un segundo Mozart, al menos un violinista pasable, si la muchacha no hubiera estado allí?

Pasó el tiempo y por motivos que no vale la pena explicar, tuve que dejar mis lecciones de música y el que había de ser el violín de un nuevo Mozart acabó por ser vendido ignominiosamente como instrumento de segunda mano. Crecí y al sueño de llegar a ser director de orquesta le sucedieron muchos otros, que murieron antes de nacer. Viajé, me hice adulto, conocí nuevas gentes y tierras, probé muchos oficios, ninguno me gustó, planeé grandes empresas, todas quedaron en proyecto... Y así, buscando siempre sin éxito el rumbo perdido el día en que vendieron mi violín, fui a parar a C..., donde el destino quiso que me ganara la vida como ferroviario.

Y como ese día mi turno de servicio acababa en Salzburgo a las nueve y veinticuatro, decidí visitar la ciudad.

Era una mañana de otoño, azul y dorada y yo vestía mi oscuro uniforme de ferroviario alemán. Bajé del tren, me procuré un plano de la ciudad e inicié el recorrido. Estuve en todos los lugares que visitan habitualmente los forasteros: la catedral, la fortaleza, el café Tomaselli, el Mozarteum, el cementerio, la Residencia...

Llevaba todo el día rondando por la ciudad, me sentía cansado y en la mano me pesaba el maletín de ferroviario con la linterna de señales y los planes de viaje. Sin embargo, aún faltaban dos horas para la salida del próximo tren hacia C... Me puse a caminar sin rumbo, mirando sin demasiado interés las tiendas y las casas. De pronto, mis ojos toparon con una inscripción en una fachada: “Casa natal de Mozart”. De lo hondo de mi memoria saltó una caterva de recuerdos de infancia ¡Así que esa era la casa en que había nacido Mozart y también, supuestamente, el profesor Fritz! ¿Cómo era posible que la hubiera olvidado?

El precio de la entrada me pareció excesivo; pero, a fin de cuentas, era la casa de Mozart. La visita fue decepcionante. La casa de Mozart era simplemente una casa, y tan corriente que hasta empecé a creer que era verdad que el profesor Fritz había nacido allí. De los objetos expuestos, pocos habían pertenecido al ídolo de mi infancia.

La tarde había ido cayendo lentamente y se acercaba la hora de mi partida. Ya estaba a punto de irme, cuando advertí que todavía me quedaba una habitación por ver. Estaba casi a oscuras, iluminada apenas por la claridad confusa del ocaso. Entré sin entusiasmo, esperando encontrarme con alguna otra colección de botones dieciochescos o con la reproducción de algún otro cuadro mediocre. Pero, nada más cruzar la puerta, me quedé como petrificado. En medio de la estancia, envuelta en la luz brumosa del atardecer, se levantaba una vitrina aislada. Y en la vitrina estaba él, desnudo y solitario, desprotegido y expuesto a todas las miradas, crucificado entre paredes de vidrio. Me acerqué poco a poco, cauteloso, con pasos mesurados, la garganta anegada de estremecimientos, sin poder creer lo que veía. Atado a unos hilos colgaba el violín. El violín de Mozart. Y mi violín. Pues ambos, extrañamente, eran el mismo instrumento. Llegué frente a la vitrina. Sí, aquél era mi violín; y también el de Mozart, el primero que había tenido, con el que había aprendido a tocar sus primeras notas. Se notaba que Mozart lo había usado más que yo, que lo habían dejado jugar con él. Ya no brillaba como la miel, como cuando lo tenía yo. Con el uso, el barniz había perdido lustre, la madera estaba manchada, los bordes gastados, los cantos mellados. Era el violín de un niño, era un violín-niño. Cómo podían ser ambos el mismo violín, el que hicieron los japoneses para mí y el que Mozart usó en su infancia, es algo que no sé, pero de lo que no me cabe ninguna duda. Reconocí mi violín nada más verlo.

Llegaron otros visitantes. Pisaban pesadamente el suelo de madera, hacían temblar la vitrina y el violín se mecía dolorosamente, colgado de los hilos transparentes. Nadie le prestaba atención. Pasaban, lo miraban con indiferencia y se alejaban. Sólo yo seguía allí, sin poder dejar de admirarlo. Sentía hacia él piedad y amor inmensos. Algunos visitantes me miraban más a mí que al instrumento, que para ellos no era más que un violín viejo; no podían entender que yo lo contemplara sin pausa, desde todos los ángulos posibles, casi en éxtasis. Pero es que ellos no podían ver lo que yo veía. Yo veía su piel de madera latir débilmente y estremecerse de frío, de soledad y de vergüenza. El violín estaba vivo, era un niño, un niño venerable y milagroso, era mi violín y el violín de Mozart. Lo habían dejado allí, impúdicamente colgado a la vista de todos, huérfano y abandonado. No sé qué era más terrible, si mi misericordia o mi indignación ante tal atrocidad.

Hubiera querido postrarme, arrodillarme ante el violín y adorarlo con los ojos llenos de lágrimas. Ese violín no podía seguir ahí, tenía que reposar en una cuna de terciopelo y oro, en un sagrario, en el corazón de un templo, protegido de toda mirada profana, custodiado día y noche por hierofantes y sibilas de alma inmaculada; durmiendo plácidamente, despertando sólo para recibir el amor nutricio de sus adoradores y, una vez al año, quizá la noche de Navidad, reír las melodías fantásticas que palpitaban en su pecho de madera. Y en vez de eso, lo tenían colgado de unos hilos en un tosca urna de vidrio y todo el que pagaba unos cuantos chelines podía manosearlo con la mirada.

El museo se había ido quedando vacío y en penumbra. Aún no habían encendido las luces. El crepúsculo otoñal derramaba una luz turbia por las ventanas. Y ahí estaba yo, con mi uniforme azul, mi gorra y mi maletín de ferroviario, hipnotizado ante el violín, sin poder separarme de él.

Aquello no podía ser, una barbaridad como ésa no podía seguir tolerándose. Tomé entre mis manos la vitrina, la alcé y le di la vuelta. Fue fácil, muy fácil, sacar el violín. Los hilos que lo ataban cedieron sin resistencia. Lo metí en mi maletín y salí de la habitación caminando despacio. El timbre de la alarma sonaba histérico y un tropel de ordenanzas y vigilantes se precipitaba escaleras arriba. Pasaron a mi lado sin mirarme. Uno de ellos me empujó y me pidió disculpas. Los uniformes, aunque no sean más que de ferroviario, inspiran confianza y eximen de toda sospecha a quienes los visten. Nadie me molestó ni me preguntó nada. No se les ocurrió que un hombre de uniforme pudiera ser el ladrón.

Salí a la calle, tranquilo, sin prisa, y decidí no volver a trabajar nunca más de ferroviario. Ni de ferroviario, ni de nada. Ni regresar a C... Con el corazón martilleándome el pecho, me alejé hacia el río, me senté en un banco de la orilla, abrí mi maletín y saqué el violín. Me miró, sonrió y se quedó dormido. Pasé toda la noche sentado en aquel banco contemplando su sueño plácido. A la mañana siguiente gasté todo el dinero que tenía en un estuche para el violín, el mejor estuche que encontré: negro y luciente por fuera, por dentro mullido y tibio, forrado de terciopelo carmesí. Es un estuche magnífico.

Desde entonces vivo con el violín, vagando por las calles de Salzburgo. Duermo en un parque y, si hace demasiado frío o llueve, en un asilo para pobres. Pero esto último no me gusta, no por mí, sino por él, por el violín. El asilo no es un lugar para un niño y menos para una criatura divina, que tendría que morar en un palacio sagrado, como los antiguos emperadores de Constantinopla ¿Pero qué mejor palacio que la noche, con sus techos azules y sus caireles de estrellas?

La gente cree que soy un mendigo, porque vivo en la calle y llevo un viejo uniforme de ferroviario, arrugado y sucio. Se ríen de mí porque hablo con un violín sin cuerdas. Creen que soy un mendigo loco. No saben que soy un rey. Soy el rey de la música. Gracias a mi violín, que es como un dios, poseo un imperio prodigioso. El violín me lo ha regalado, es la recompensa por haberlo liberado de su cautiverio humillante.

Toda la música me pertenece. Me basta con pensar en ella para que acudan todos los sonidos y se postren a mis pies. Las notas son mis súbditos. Soy un monarca absoluto. Cuando quiero y donde quiero puedo escuchar la música que se me antoje, sin que nadie la toque. No necesito instrumentos, ni partituras, ni intérpretes. Las notas, sumisas, vienen riendo a mis oídos y danzan en ellos según mi capricho. Puedo escuchar toda la música, toda la habida y la por haber, la que nadie ha compuesto ni tocado nunca, la que nadie ha escuchado ni escuchará jamás, toda la música posible, toda, toda, me pertenece y acata. De vez en cuando, salgo a galopar montado en un par de corcheas, recorro inmensas estepas monódicas o me interno en espesas selvas de intrincada armonía. En invierno un tresillo de negras arrastra mi trineo. Si tengo prisa, engancho a mi carroza ocho fusas briosas y parto a la carrera. En ocasiones solemnes me hago llevar por cuatro pesadas redondas. Escalo cumbres de agudos, bajo a las simas cavernosas de los graves, cruzo paisajes de sinfonías y sonatas, navego por mares procelosos de fugas, ya parsimonioso, adagio, ya raudo, presto con fuoco. Y todos los territorios que atravieso me pertenecen, todas las notas me rinden pleitesía. Todavía no he acabado de recorrer mi reino. Entero, no podré conocerlo nunca, pues es infinito. El contrapunto teje sobre mis sienes una doble corona de oro. La clave de sol es mi amante. Soy un rey que pasea sus oídos por el pentagrama y nadie lo sabe: todos creen que soy un mendigo loco.

Soy un rey, el rey de la música. Y mi violín es el violín de Mozart.

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