Italia

Combinación perfecta

Raúl González Arévalo
lunes, 20 de febrero de 2006
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Florencia, domingo, 12 de febrero de 2006. Teatro Comunale de Florencia: F. J. Haydn, Las siete últimas palabras de nuestro Redentor en la cruz, Hob. XX/1:A (1786). W. A. Mozart: Vesperae Solemnes de Confessore K, 339 (1780). Valentina Farcas (soprano), Marianna Pizzolato (contralto), Juan Francisco Gatell (tenor), Mauricio Lo Piccolo (bajo). Orquesta y Coro del Maggio Musicale Fiorentino. Riccardo Muti, director
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No es infrecuente encontrar el nombre de los dos compositores ‘austríacos’ asociados en los programas de los teatros de medio mundo. No tan habitual, sin embargo, es encontrar asociadas las obras que con singular acierto ha escogido el maestro Muti, por su perfecta combinación y por su escasa presencia sobre los escenarios. Además, en el cacareado año Mozart en el que el salzburgués estaba ausente del programa lírico florentino, no cabe duda de que ésta es una manera original de homenajearlo, come proponer el fin de semana que viene su versión del Mesias händeliano.

Que Las siete últimas palabras de nuestro Redentor en la cruz es una de las obras más difíciles de Haydn lo saben mejor los músicos que el público en general, que puede tener la impresión contraria por la aparente simplicidad de la melodía. Sin embargo, en realidad es una de esas obras que se aprecian más cuanto más se escuchan, y no hay que tener mucho olfato para concluir que se trata de una obra maestra absoluta, entre las mejores del catálogo de su autor. Un autor que confesó en persona la dificultad de variar los siete adagios que integran el cuerpo de la composición -precedidos por la introducción y concluidos por el ‘terremoto’- para no aburrir al público, sin traicionar tampoco el ceremonial para el que estaba destinada, ni perder el sentido religioso que preside la obra. A fe que lo consiguió: cada una de las siete partes principales tiene una fuerte personalidad propia que se adapta maravillosamente al sentido de las siete últimas exclamaciones -término más apropiado que no ‘palabras’- que la Biblia pone en boca de Jesús.

Pero el sentido de la crítica no es que yo les descubra las maravillas de la obra en cuestión, sino que les hable de la ejecución. Siempre he considerado a Riccardo Muti un director un poco calvinista, de dirección rigorista a la búsqueda de una pureza a veces excesiva en su rigidez, pero que sin duda alguna tiene una enorme coherencia como concepción estilística, con resultados alternos en función del repertorio al que se acerque: excelente ante todo en reforma (Gluck), Clasicismo y el período de la Revolución Francesa y el Imperio (Spontini, Cherubini). Por otra parte, es una óptica que se adapta también a la música religiosa con singular concordancia: la severidad de la dirección hace emerger con mayor fuerza si cabe el fuerte sentido religioso que el conservador y católico convencido Haydn imprimió a la partitura. Con una orquesta entregada, Muti resaltó magníficamente la individualidad de cada número -la esperanza que invade ‘Hodiem mecum eris in Paradiso’; la dulzura de ‘Mulier, ecce filius tuus’; el lamento lacerante en ‘Deus meus, Deus meus, utquid dereliquisti me?’- manteniendo una tensión inaudita -la dificultad de la partitura la exige, por otra parte- pero sin dejar de prestar atención a los detalles. Es posiblemente el director que conoce mejor la obra, con un amor que le ha llevado a grabarla tres veces en el curso de dos décadas. Y se nota: la calidad de la conmovedora ejecución fue excepcional, como evidenció un público entregado en respetuoso silencio y agradecido en los aplausos de reconocimiento unánime.

A su lado, las Visperas mozartianas suponían un gran contraste por la novedad de la música –se notan los nuevos tiempos– y, si me lo permiten, la menor intensidad, lo que han llamado el ‘estilo Colloredo’ que el famoso arzobispo impuso en su corte y a sus músicos: líneas melódicas simples y obras breves. Sin embargo el genio de Mozart no deja de advertirse en la exhuberancia de ciertos números, en especial el ‘Laudate Dominum’, vértice expresivo de la composición por su modernidad y por los vuelos que parece alcanzar la inspiración. El propio director lo subrayó con una pausa más larga con los números que le antecedían y seguían. La intensidad dramática, después del Haydn, era inevitablemente menor, por la forzosa caída de tensión, pero la misma pureza de sonidos estuvo presente. Sería ocioso hablar individualmente de los solitas -buenos- en vista de sus breves intervenciones, salvo para destacar a la soprano Valentina Farcas, en consonancia con el maestro en el ‘Laudate Dominum’.

La alocución de Muti al público antes de comenzar la función fue muy bien acogida, en especial porque, aprovechando la conexión en directo con la radio, tras aludir a la dificultad y la belleza del Haydn, lanzó un mensaje a los políticos italianos en el que reclamaba una mayor atención para la educación musical en Italia, cuyo estado no ha dudado en calificar de ‘precario’. Lo que no ha dicho, pero alegrará igualmente saber, es que ha confirmado todos sus compromisos en la ciudad hasta el 2009. Indudablemente, Muti sigue teniendo una complicidad evidente con Florencia, que lo acoge con gran estima.

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