España - Aragón

La vitalidad de la muerte

Isaac Lahoza

martes, 28 de noviembre de 2000
Zaragoza, viernes, 24 de noviembre de 2000. Sala Mozart. Auditorio de Zaragoza. Obras de J. Brahms: ‘Un Requiem Aleman’, Op. 45. La Chapelle Royale Collegium Vocale Gent y La Orchestre des Champs Elysées, director: Philippe Herreweghe. VI Temporada de Grandes Conciertos de Otoño. Aforo: 1992 Asistencia: 85 %
Empezaremos con un calificativo, inmenso. Inmenso concierto el ofrecido por esta orquesta y coro que bajo una dirección serena, precisa y elegante transportó, a su máxima expresión, la también inmensa composición de Brahms.Y es que esta obra- cuyo desarrollo compositivo se prolongó durante catorce años, antes de ser estrenada definitivamente el 18 de febrero de 1869 en la Gewandhaus de Leizpig bajo la batuta de Karl Reinecke – no es un Requiem al uso. No está pensado para insertarlo en una celebración litúrgica y, quizás, por ello, se le ha denominado en varias ocasiones el Requiem ateo. Sin embargo, este adjetivo no le hace justicia ya que su música esta llena de espiritualidad, de transcendencia pero no místicamente lejana sino humanamente cercana. Brahms, impulsado primeramente por la muerte de su gran amigo Schumann en 1856 y reforzado en su idea de acabarlo después de la muerte de su madre en 1865, creó una obra en la que se percibe la tragedia de la muerte pero en un ambiente, se podría decir, de aceptación serena y de resignación esperanzada ante algo que no deja de ser un capítulo más, el último, del discurrir vital. Esta visión música los textos que el compositor eligió del Antiguo y del Nuevo Testamento conformando una obra especialmente brillante.Como preciosa fue la propuesta que los músicos, tanto los de orquesta como los del coro, bajo una excelente dirección, como se ha subrayado, ofrecieron en el coso musical zaragozano. Esta composición se encuentra impregnada de numerosos colores conseguidos a través de excelentes dinámicas, armonías sorprendentes, sugerentes ritmos; colores que se superponen y que representan conceptos que confluyen en la vida y en la muerte. Todo esto, no es fácil de proyectar desde la compenetración de una orquesta, coro y voces solistas pero, si se consigue, surge el resultado que se pudo escuchar en la sala Mozart, magnífico. Bajo una inspirada orquesta hay que resaltar la espectacularidad de la interpretación del coro, siempre uno, siempre profundo, logrando sensaciones inefables en un público que no echo en falta un descanso que no se produjo haciendo que se captase en toda su dimensión la grandeza de estos sonidos.Quizás se deben reseñar dos peros, las voces solistas. Ante la espectacularidad de la conexión del coro y la orquesta, el barítono, Stephan Genz, y la soprano, Anna Korondi, quedaron algo desdibujados en sus intervenciones. El primero, con un bonito timbre, no consiguió el suficiente desahogo sonoro para transmitir en plenitud la expresión y musicalidad de su texto mientras que la soprano, con una voz sin peso y sin carácter quedó disminuida ante la grandeza que ofrecía el resto del conjunto.No obstante, fue una noche importante en calidades musicales e inolvidable en emociones espirituales con unos sonidos que, a modo de encantamiento, nos guiaban hacia un fatal destino pero sin miedos, sin temores incluso con una paradójica ilusión mortal transmitida desde una enérgica vitalidad. Y es que, debemos de aceptar, que la muerte no deja de ser más que una parte de la vida.

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