España - Cataluña

Entrañable Bebo Valdés

Antonio Mª Iglesias

jueves, 7 de diciembre de 2000
Barcelona, miércoles, 15 de noviembre de 2000. Palau de la Música Catalana. Bebo Valdés cuarteto + Patato. Bebo Valdés: piano. Patato Valdés: congas. Joe Santiago: contrabajo eléctrico. Enrique Fernández: flauta, percusión. Rickard Valdés: timbales, pailas, cencerro. Festival Internacional de Jazz de Barcelona.
Llegó el pianista Bebo Valdés a Barcelona acompañado de una formación más o menos convencional y junto a su compañero de fatigas, el conguero Patato Valdés, toda una institución en el mundo de la percusión cubana.Y llegó para triunfar en una noche donde puso clase, arte y, sobre todo, un saber estar envidiables a su edad. No lo olvidemos, este señor nació en 1918 y todavía tiene la energía suficiente para embarcarse en giras por medio mundo en conciertos donde no se escatima nada: dos horas largas de música.

En un ambiente familiar desde el instante cero (Bebo hizo la presentación de la banda como si nos conociera 'de toda la vida') y con una sonoridad muy envolvente, este señor se hizo con el público nada más empezar con las primeras notas de su piano. Un largo repertorio repasando los compositores clásicos cubanos, con algún guiño al jazz (nada más que un pequeño tributo en forma de blues a Dizzy Gillespie) pero nada parecido al Latin Jazz, fusión de estilos o cruce de caminos fueron la constante de un programa de pura música cubana, con estilo y toque distinguido.

Lo de Bebo con el piano es una pequeña historia de largo recorrido, sin ningún tipo de prisa, sabiendo en cada momento donde debe ir el peso de los dedos, el ritmo de las frases, la articulación y la expresión. Una sonoridad muy llena (con acordes muy densos), pero a la vez sencilla, directa. Sinceramente, ver a ese hombre disfrutando de la música como lo hace Bebo es un placer: con humildad, sencillez y un gran respeto por el público.

Bebo llega al piano cargado de partituras y papeles. En el fondo, conecta directamente con la audiencia sin mirar ni una sola hoja: sólo el orden del repertorio le queda lejos de su memoria. Lo otro es pura sabiduría: explica en cada uno de los 'números' cuál va a ser el devenir del sonido: autor, ritmo, formación ... y luego se pone manos a la obra. El resto del combo le mira con ojos expectantes: Bebo domina, indica los ritmos, las dinámicas. Si algo no le gusta, dirige, mira, controla. Sus acompañantes siguen sus deseos con alegría. El combo respira, funciona. Todo está bajo control, la música emana con suma naturalidad, música cubana sin concesiones.'Voy a tocar un tema arreglado por mí mismo, que es un poco complicado. A veces fallo, perdónenme, pero espero que esta noche salga bien, con la ayuda de todos ustedes'. No, no es normal que un músico en un escenario y delante de más de 1.000 personas, después de recibir múltiples aplausos, tenga un acto de humildad semejante y ponga al público en jaque. Lo hizo, salió bien y lo agradeció tanto él como la concurrencia: "Esta vez salió bien, gracias a ustedes", y arrancó un sonoro aplauso: era el conocidísimo El Manisero de Moisés Simons.

Del resto del combo hay que destacar ese personaje a medio camino entre el bufón y el histrión, el músico y el entertainer que es Patato Valdés. Hombre entrado ya en edad, su repertorio ha quedado bastante limitado con el paso del tiempo (es normal, imagínense que ustedes llevaran más de 60 años tocando unas congas -en concreto 5- de un peso considerable, enorme volumen, y se dedicaran a golpear la piel con sus propias manos hasta sacarle algún tipo de sonido apreciable). Claro, el hombre tampoco está para demasiados alardes técnicos, pero su presencia fue muy agradecida. Era la pieza que hizo encajar la percusión proveniente de Rickard y el bajo 'continuo' de Joe Santiago. Patato estaba allí para dar la nota de color, contrapunteando en cada ocasión, llenando vacíos, creando espacios.Joe Santiago aportó, con su trabajo oscuro, sin brillantez aparente, esa cinturón sonoro que une percusión y melodía, una sonoridad discreta pero muy eficaz, el contorno que dejaba respirar libremente el círculo. El hijo de Bebo, Rickard, hizo las veces de caja de ritmos humana y estuvo brillante en los solos de timbales de los que pudo disfrutar. Y el flautista/percusionista Enrique Fernández estuvo a la altura, con una flauta muy caribeña, sin reminiscencias jazzy, fraseo imaginativo y sonoridad no muy brillante.Una velada entrañable con un grande, y sabio, de la música cubana. Y es que los años, no pasan en balde, afortunadamente.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.