Alemania

Heil dir König in Dresden!

Josep Mª. Rota

viernes, 19 de mayo de 2006
Dresde, domingo, 30 de abril de 2006. Semperoper. Lohengrin, ópera romántica en tres actos, texto y música de Richard Wagner. Dirección de escena: Christine Mielitz; decorados y vestuario: Peter Heilein. Kurt Rydl (Rey Enrique), Stephen Gould (Lohengrin), Martina Serafin (Elsa), Hans-Joachim Ketelsen (Friedrich von Telramund), Janice Baird (Ortrud), Markus Butter (Heraldo); Gerald Hupach, Timothy Oliver, Christoph Pohl, Jürgen Commichau (Nobles brabanzones); Gabrielle Müller, Yvonne Reuter, Heike Liebmann, Claudia Mössner (Pajes); Valentin Richter (Gottfried). Chor der Sächsischen Staatsoper Dresden; Herren des Sinfoniechores Dresden (Matthias Brauer, director del coro). Sächsische Staatskapelle Dresden. Klauspeter Seibel, director musical. Ocupación: 90%

La producción se estrenó el 21 de enero de 1983; la función del pasado 30 de abril era la nonagesimotercera de dicha producción. Y lo primero que hay que decir del trabajo de Peter Heilein con los decorados y el vestuario es que es bonito para el tiempo y lugar en que se estrenó, y para los tiempos que corren. Me niego a decir que es “tradicional” o “clásica”; es lo que tiene que ser y punto. Es decir, nada de Regietheater ni de cocos iluminados que pretenden vaya usted a saber qué. Más aún, no sólo consigue concentrar la atención del espectador hacia el drama, sino que llega a emocionar. La aparición del cisne es poética y acertada en ambos actos, como lo es el cortejo hacia la catedral o el lecho nupcial.

Los decorados del acto segundo resultan lo más acertado: balcones practicables a lado y lado, y escalinata al fondo; ésta conduce a la Catedral de Amberes, que abre sus puertas a la pareja nupcial, recibida por el mismísimo obispo; en el ábside, unas magníficas vidrieras polícromas con la Paloma eucarística sobre el cisne. La cámara nupcial de la primera escena del tercer acto resulta también muy agradable a la vista; no así la pradera en la desembocadura del Escalda en los actos primero y tercero: el espacio abierto natural queda transformado en un espacio cerrado por estructuras que semejan hierros forjados y cristaleras, cual estación ferroviaria de finales del XIX.

El vestuario es muy bonito, espectacular en la mayoría de los personajes principales (menos el pobre heraldo) y muy acertado para el coro (pueblo de Brabante, hombres y mujeres), acierto del que quedan excluídos los caballeros brabanzones y sajones, que visten uniformes totalmente fuera de época; mejor sería decir fuera de épocas, pues oscilan desde los coraceros de la guardia de von Zeschwitsch hasta la infantería de línea prusiana en Sedán. El heraldo viste uniforme cual jefe de estado mayor de von Moltke en el Marne. El manto de Elsa es espectacular, por el colorido y por la manera de portarlo sus damas.

Stephen Gould
Fotografía © 2006 by Matthias Creutziger

Pero, sin duda, lo que llevó la función a una altísima cota de éxito teatral fue la dirección de escena; los solistas se movían sobre el escenario con soltura y naturalidad, de acuerdo con una concepción global del drama wagneriano, y no sólo como autómatas canoros. A diferencia de la costumbre de mantener estático al coro, cual orfeón de oratorio, éste actuaba de manera muy eficaz, con unos movimientos que se veían muy estudiados y ensayados. No hay que olvidar que Wagner pensaba en el coro de Lohengrin como un coro de tragedia griega, que interviene activamente en el drama. Ese fue, sin duda, repito, uno de los logros de la velada. Mis respetos, pues, Frau Christine Mielitz. Se dio el corte frecuente en la estrofa de “las hordas del este”, pero se mantuvo el término “Führer” sin ningún complejo.

El vilipendiado por crítica y afición Stephen Gould hizo un ‘Lohengrin’ más heroico que lírico; si su presencia escénica no es nada del otro mundo, la creación de su personaje no está exenta de belleza. La voz es adecuada al papel y no pasó apuros en ningún momento.

A su lado, Martina Serafin compuso una ‘Elsa’ impecable de medios vocales, soñadora primero y abrumada por la duda después. Su voz es rica en armónicos y se proyecta con naturalidad; su buena presencia escénica remató sin duda la faena, que ya estaba prácticamente ganada en lo vocal.

Hans-Joachim Ketelsen y Janice Baird
Fotografía © 2006 by Matthias Creutziger

La pareja de “malos” la formaban el ya experimentado Ketelsen y la debutante Janice Baird, ésta sustituyendo a la indispuesta Gabriele Schnaut. La voz es extensa y corre sin dificultad, con agudos brillantes y graves no forzados, pero tiene un serio inconveniente: es liviana; y esa falta de peso en la voz es la que le resta credibilidad como ‘Ortrud’. Por lo demás, tanto su presencia escénica como sus dotes dramáticas hacen de ella un valor en alza en el campo de la lírica. Ketelsen, wagneriano de pro, compuso un ‘Telramund’ muy bueno escénicamente; sin embargo, su obsesión por dar expresividad al canto lo llevó a hacer algunas cosas “feas” de las que no tiene ninguna necesidad.

Como los buenos vinos, la voz de Kurt Rydl ha ido envejeciendo a mejor: el color es ideal y ha ganado también en redondez; esto, unido a sus muchísimas tablas, le permitió crear un ‘Rey Enrique’ ciertamente regio, aunque no desprovisto de un aire marcial.

El 'Heraldo' de Markus Butter fue lo más flojo: la voz es fea y no está bien proyectada (se traga el aire); su presencia sobre el escenario nunca fue digna.

El otro logro de la velada, previsible, ciertamente, fue la prestación de la Staatskapelle sajona a las órdenes de Klauspeter Seibel. La orquesta más antigua del mundo, fundada por el Príncipe-Elector Mauricio (que Dios tenga en su gloria) en 1548, camina con paso firme hacia su medio milenio de brillante existencia. Una de las mejores orquestas de concierto del mundo y, posiblemente, la mejor orquesta de foso actualmente. La cuerda es excelente, el metal es poderoso y la madera, en fin, tiene poco que envidiar a la de cualquiera otra centuria. Aquí viene a cuento recordar la cita del mismísimo don Ricardo: ”No hubiera habido partitura de Lohengrin sin el brillo crepuscular de los violines dresdenses, ninguna obra posterior sin el recuerdo de la suave cantilena de su madera, de la espléndida sonoridad de su metal”.

Con esos mimbres, hay que ser muy chapucero para no hacer un buen cesto. No es el caso, afortunadamente. Herr Seibel demostró ser un sólido Kapellmeister, curtido en estas lides pero nunca rutinario. ¡Y eso que no tiene que ser fácil coger la batuta que levantaron los mismísimos von Weber, Wagner o Strauss! Los inicios fueron algo toscos en el etéreo preludio pero, poco a poco, director y orquesta le fueron tomando el pulso a la última ópera romántica wagneriana. El discurso fue cada vez más fluido y dúctil, poderoso también cuando se requería. La más wagneriana de las escenas, la inicial del acto segundo, fue excepcional gracias a los pesos pesados de la orquesta; bellísima fue también la transición en el cambio de escena, con una cuerda precisa en el crescendo. El interludio del acto tercero, por citar ya un último ejemplo, sonó verdaderamente marcial y caballeresco. Del coro sólo cabe decir que son una formación compacta, poderosa y afinada, que encima actúa con soltura.

En conclusión, una velada magnífica, que en cualquier teatro de nuestras latitudes sería excepcional y que en Dresde pasa por habitual. El teatro presentaba una muy buena entrada pero no estaba completamente lleno.El público aplaudió sin vacilaciones pero de manera sobria. Supongo que a los que comen caviar cada día les debe pasar lo mismo. ¡Qué mal repartido está el mundo!

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.