Discos

Las dos caras de Stravinski

Alfredo López-Vivié Palencia
lunes, 26 de junio de 2006
Igor Stravinski: Le sacre du printemps; Mavra. Maria Fontosh, soprano; Ludmila Schemtschuk, mezzo-soprano; Lilli Paasikivi, mezzo-soprano; Valerij Serkin, tenor. Junge Deutsche Philharmonie. Göteborgs Symfoniker. Péter Eötvös, director. Productores ejecutivos: György Wallner y Tamás Bognár; ingenieros de sonido: Péter Dorozsmai y Michael Bergek. Un disco compacto DDD de 61 minutos de duración, grabado en la Gewandhaus de Leipzig en septiembre de 2004, y en la Konserthus de Göteborg en octubre de 2003. Budapest Music Center Records BMC CD 118. Distribuidor en España: Diverdi
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Por una vez, vale la pena leerse las notas a la carpetilla, que en este caso vienen firmadas por Zoltán Farkas: en ellas encontrarán ustedes una explicación tan extensa como amena, bien informada, mejor escrita y sobre todo con mucha perspectiva y no poca ironía, acerca de cómo discurrió el quehacer de Igor Stravinski en sus diferentes etapas. Lo cual resulta oportunísimo en un disco que presenta dos obras no demasiado separadas en el tiempo pero radicalmente distintas en estilo; y aún más cuando una de ellas es una composición de la que apenas existen registros disponibles.

Desde su estreno parisino en 1913 La consagración de la primavera no ha dejado de asombrar -a estas alturas creo que puede decirse unánimemente que para bien- a cuantos la han escuchado. Hasta tal punto que me atrevería a decir que el éxito de una interpretación de Le sacre necesariamente reside en el hecho de que uno debe quedarse con un cierto mal cuerpo, mezcla de impresión interior y mazazo físico: algo tiene que pasar cuando se escucha esto. Vaya por delante decir que Péter Eötvös y la Junge Deutsche Philharmonie lo consiguen. Aunque de una manera muy diferente a la que estamos acostumbrados.

Y eso se nota ya desde la introducción, en la que el fagot canta libremente y las maderas le siguen sólo a él, como si no hubiera director; o en la primera danza, que se interpreta casi de puntillas, dejando el drama para más adelante; las ‘danzas de primavera’ son ligeras, discurren en volandas y sin arrastrar, lo que facilita escuchar todas las voces de la orquesta; y la ‘danza de la tierra’ se da de modo trepidante, por supuesto, pero sin dejar de bailar (y de ese modo permitiendo que se oiga el motivo ascendente del metal en la conclusión, cosa que no siempre se logra).

En el comienzo de la segunda parte, Eötvös consigue unos pianísimos increíbles en la cuerda y en la madera, antes de la -ahora sí, salvaje- ‘glorificación de la víctima’; aunque en el ‘ritual de los ancestros’ se enfatiza más el sentido de lo inexorable antes que lo tremebundo, y se llega al ‘sacrificio’ sin que la cosa deje de moverse, pero con más lógica que vértigo. Mientras lo escuchaba me acordé, por lo lejano -en tiempo y en concepto-, de mi muy querido Ansermet; pero también me di cuenta de que esta interpretación, llena de efectos seductores más que de decibielios, está igualmente en las antípodas de la que recientemente ha hecho Simon Rattle con sus berlineses.

Mavra, estrenada también en París en 1921, es algo así como una ópera de bolsillo. En menos de media hora Stravinski echa mano de eso que hemos dado en llamar ‘neoclasicismo’ y su proverbial economía de medios, para darnos la historia de un húsar que se hace pasar por cocinera para estar cerca de su amante, cuya madre y su vecina descubren el pastel mientras el soldado se está afeitando creyéndose solo en casa. Cuatro personajes y una orquesta de 34 miembros (de los cuales 23 son vientos) para que el autor desate su finísima ironía en un remake que mezcla las comedias donizettianas con los dramones de Chaicovsqui.

De la interpretación poco puedo decir, pues no conocía la obra. Aunque está claro que Eötvös le imprime un ritmo incansable, que la orquesta de Göteborg le sigue como un solo hombre, y que los cuatro solistas se lo pasan de miedo en sus respectivas partes. Es una verdadera pena que no se incluya el libreto (sí una sinopsis detallada), que Boris Kochno -secretario personal de Diaghilev- escribió como adaptación de La casita en Kolomna de Pushkin. Pero la toma de sonido -aquí y en La consagración de la primavera- es de muy buena clase.
 
Este disco ha sido enviado para su recensión por Diverdi

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