Italia

Cuadros en movimiento

Raúl González Arévalo
jueves, 22 de junio de 2006
Turín, jueves, 15 de junio de 2006. Teatro Regio de Turín. G. Verdi: Don Carlo, ópera en cuatro actos (1867). Libreto de François-Joseph Méry y Camille Du Locle en traducción italiana de Achille de Lauzières y Angelo Zanardini. Hugo de Ana, dirección escénica, escenografía y vestuarios; Leda Lojodice, coreografía; Sergio Rossi, iluminación. Marcello Giordani (Don Carlo), Violeta Urmana (Elisabetta de Valois), Ferruccio Furlanetto (Felipe II), Roberto Frontali (Rodrigo, marqués de Posa), Mariana Pentcheva (la Princesa de Eboli), Eric Halfvarson (el Gran Inquisidor), Deyan Vatchkov (un fraile), Fabiola Masino (Tebaldo), Daniela Schillaci (Una voz del cielo), Bruno Ribeiro (el Conde de Lerma), Emmanuele D’Aguanno (heraldo), Irina Dobnik (la Condesa de Arenberg), Michele Bianchini, Alessandro Busi, Flavio Feltrin, Alessandro Inzillo, Devis Longo y Enzo Maria Tisi (los diputados flamencos). Orquesta y coro del Teatro Regio. Semyon Bychkov, director
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Qué difícil es el 'Don Carlo' de Verdi. Con seis grandes personajes en búsqueda de seis grandes cantantes que les hagan justicia, sabemos todos que es complicado hacer pleno. Y en una noche de estreno más. Eso dejando de lado la tarea de hacer funcionar la versión milanesa en cuatro actos -a la que se ha añadido en esta ocasión una escena con coro entre ‘Elisabetta’ y ‘Eboli’ al inicio del segundo y otra entre ‘Filippo’ y ‘Don Carlo’ tras la muerte de ‘Posa’- que me sigue resultando coja lo mire por donde lo mire: sin Fontainebleau no se entienden demasiadas situaciones dramáticas y citaciones musicales.

En el plano estrictamente musical las cosas funcionaron a tirones, en parte también debido a la errática dirección de Semyon Bychkov, al que faltó sentido del drama, por extraño que pueda resultar después de la magnífica interpretación que es capaz de conseguir de otra gran ópera de dificultades parecidas a este Don Carlo verdiano, el Boris Godunov de Musorgsqui. Pero el ruso no es el italiano y en no pocas ocasiones el tempo elegido resultaba chocante: si el inicio del ‘Autodafé’ (el coro ‘Esultate, ecco il dì’) fue metronómico -menos mal que levantó el vuelo durante la procesión de los condenados- en otras ocasiones se andaba a marchas forzadas como en el cuarteto ‘Ah! si maledetto’. Personalmente encontré difícil compartir algunas elecciones, más aún cuando con demasiada frecuencia la orquesta tendía a cubrir las voces -y no estamos hablando de voces pequeñas, miren qué reparto- y el director no respiraba con los cantantes, sino que incluso los ponía en aprietos, como en el trío del jardín de la reina. Quizá sea cuestión de (falta de) empatía.

A sus órdenes tampoco la orquesta tuvo una noche especialmente inspirada, sin superar la mera corrección, con elementos más altos -el violoncelo en la introducción de ‘Ella giammai m’amò’- y más bajos -decididamente los metales-. El coro tuvo mejor prestación, luciéndose especialmente en el segundo acto.

Los elementos más débiles -entiéndase dentro de un nivel alto- fueron la mezzosoprano y el barítono. Mariana Pentcheva tiene una gran voz y el carácter suficiente para encarnar una buena ‘Eboli’, pero sorprendentemente resultó mejor la ‘Canción del velo’ que ‘O don fatale’, al que llegó cansada y con tendencia a calar en el agudo. En su descargo diré que, sin duda alguna, fue la más perjudicada por la dirección de Bychkov. Por su parte, Roberto Frontali se encuentra en un momento vocal más adecuado para otros papeles verdianos más comprometidos (‘Jago’, ‘Boccanegra’) que para encarnar al idealista ‘marqués de Posa’, con una línea de canto demasiado pesada en ocasiones, algo evidente en la escena de la muerte.

Marcello Giodani no pareció sentirse demasiado cómodo al inicio de la noche; con todo, se fue creciendo a lo largo de la velada y al final encarnó un protagonista joven y dinámico, apasionado y atormentado. El personaje es sin duda difícil, sin un solo momento solista tras el aria de salida ‘Io l’ho perduta’; pero el tenor siciliano supo aprovechar las oportunidades que le brindaban los dúos con la soprano y la escena del ‘Autodafé’, luciendo agudos fulgurantes.

Marcello Giordani  y Violeta Urmana en el Acto I
Fotografía © 2006 by Ramella & Giannesse / Fondazione Teatro Regio di Torino

‘Elisabetta’ es el tercer debut de Violeta Urmana al que asisto tras ‘Lady Macbeth’ en Sevilla y ‘Tosca’ en Florencia y, precisamente debido a la admiración y respeto que me inspira, siento decir que, a la primera, es el papel en el que menos me ha convencido. Me temo que sufrió el síndrome del estreno -como ya le ocurrió en la Tosca florentina, donde se creció mucho en la segunda función- y no me cabe ninguna duda de que sabrá hacer suyo el personaje en posteriores ocasiones. Evidentemente las notas estaban todas sin problemas (estoy pensando especialmente en ‘Tu che le vanità’) y con recursos de gran expresividad, como todos los piani, pero faltaba conexión emotiva, el resultado era un punto frío. Por fortuna tiene todas las bazas para ser una gran reina en el futuro, de la que ha sabido trazar mejor la noble resignación y el carácter regio.

Ferruccio Furlanetto en el Acto II 
Fotografía © 2006 by Ramella & Giannesse / Fondazione Teatro Regio di Torino

Ferruccio Furlanetto construyó probablemente el personaje más completo. Vocalmente nunca ha sido un basso profondo, pero el contacto con ‘Filippo’ a lo largo de más de dos décadas le ha permitido sin duda profundizar en su psicología, retratando un personaje de una gran austeridad y severidad, con momentos de gran humanidad como aquéllos en los que se muestra devorado por los celos. Con ‘Ella giammai m’amò’ -más íntimamente doliente que devastado- cosechó la mayor ovación de la noche.

Eric Halfvarson ha paseado su ‘Gran Inquisidor’ por muchos escenarios, ofreciendo un retrato terrorífico del personaje, con gran éxito justamente: la introspección en la escena con el rey fue notable. El ‘Tebaldo’ de Fabiola Masino fue inusitadamente juvenil y fresco; Daniela Schillaci cumplió como ‘Voce dal cielo’ y Emmanuele D’Aguanno fue un estupendo ‘Heraldo’. Correctas las demás partes.

Gran escena del Acto II 
Fotografía © 2006 by Ramella & Giannesse / Fondazione Teatro Regio di Torino

El aspecto más alto de la representación fue la espectacular puesta en escena diseñada por Hugo de Ana y que ya ha sido vista en Madrid y Génova: monumental y funcional a la vez, es una obra maestra en la que no hay una sola pincelada al azar. La arquitectura del espacio es impresionante en todas sus facetas (desde el Monasterio de Yuste hasta la Iglesia del segundo acto), creando ambientes -ayuda el excelente trabajo de iluminación- que se adaptan al momento dramático y psicológico con una rara adecuación. En lo que respecta al vestuario, el gusto por el detalle roza lo exquisito. Si a ello unimos la excelente coreografía -no creo que el complejo ‘Autodafé’ haya sido resuelto de manera más genial en los últimos años, con un movimiento de masas de una perfección absoluta- y el magnífico trabajo de expresión corporal desarrollado con todos los intérpretes sin distinción de su importancia, el resultado final es un espectáculo colosal que bien merecería ser inmortalizado en dvd, en un momento en el que quedan fijadas otras producciones de valor artístico infinitamente más bajo. Por momentos uno tenía la impresión de ver más que imaginar la corte española cuyo ceremonial marcó época: era como un cuadro de Sánchez Coello en movimiento.

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