España - Castilla y León

Profesor en prácticas

Samuel González Casado
viernes, 30 de junio de 2006
Valladolid, domingo, 18 de junio de 2006. Auditorio de la Feria de Muestras. Qiongyan Chai, piano. Chopin: Barcarola, op. 60; Debussy: dos preludios; Dutilleux: Sonata para piano: Choral et variations; Schumann: Kreisleriana. Chíe Watanabe, piano. Scarlatti: Sonata en Sol mayor, K. 14; Mozart: Sonata en Do mayor, K. 330; Falla: Fantasía Bética; Debussy: 3 Images I; Albéniz: Iberia: El albaicín; Liszt: Rapsodia húngara nº 12. Ocupación: 40 %
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Muy interesante se presentó la iniciativa de "importar" a tierras castellanas un festival de piano para jóvenes talentos de sólida base y probado currículo. El común denominador es que todos se han formado en los EEUU, país en el que —como explican las estupendas notas— el piano ha sido el instrumento más importante desde sus orígenes decimonónicos, cuando los grandes pianistas europeos se empezaron a plantear muy seriamente establecerse en una sociedad de cultura musical tan floreciente como la norteamericana, que demandaba instrumentistas y profesores por doquier. Asimismo, las marcas de piano más prestigiosas solían organizar giras para virtuosos que, de esta manera, promocionaban sus instrumentos. Con toda esta tradición, la escuela americana es quizá las más rica y completa, pues ha recibido un sinnúmero de aportaciones, tanto si hablamos de maestros dedicados allí a la docencia como de la recepción de jóvenes como los seis que han intervenido en el festival, todos ellos alumnos del prestigioso Solomon Mikowski, cuyo protagonismo, como seguidamente explicaremos, no se limitó a la mera presencia y a los resultados artísticos de sus pupilos.

Lo primero que debemos especificar es que sólo asistimos a dos de los seis recitales de los que se componía en certamen, concretamente a los de dos damas: Qiongyan Chai, nacida en China, y el de Chíe Watanabe, de Japón. El de la primera fue un concierto francamente especial, no por las virtudes de la pianista, discretas aunque con momentos muy apreciables —destacaron el tercer movimiento, 'Choral et variations', de la fantástica Sonata para piano de Dutilleux y algunos momentos de la Kreisleriana—, sino por el intervencionismo del citado profesor, que con un estilo desenfadado se presentó ante el público y largó un speech sobre la necesidad de acudir al concierto del día siguiente pese a la coincidencia del partido de fútbol España-Túnez. Irónicamente, abogó por instalar una pantalla gigante detrás del pianista para ver si así acudía más gente. La verdad es que estuvo gracioso y fue muy aplaudido. Más discutible fue su segunda intervención: la pianista, evidentemente nerviosa, se comió más de la mitad de la Barcarola Op. 60 de Chopin. La versión fue originalísima, desde luego, pero más original resultó escuchar la voz del profe pidiendo disculpas y diciéndole que la repitiera enterita.

Los fallos de memoria a veces ocurren —recordemos a Cortot—, y el público que paga, como en este concierto, lo tiene en cuenta. No juzgamos necesaria esta intervención, pues acudimos a escuchar a un músico que se supone preparado; y el músico no toca como alumno, sino como profesional. Si el señor Mikowsky lo hizo por el bien de la pianista, entonces admitimos la utilidad. No admitimos que justifique la intervención por que el público tenga derecho a oír completa la obra, ya que jamás ha poseído derechos semejantes: los que acuden a disfrutar de la música escuchan lo que hay, y punto. Si no les gusta, que protesten o aplaudan menos: se sobran y se bastan.

El recital de Chíe Watanabe tuvo dos partes que son como la noche y el día. Empezó nerviosa e imprecisa con unos Scarlatti y Mozart faltos de personalidad, dubitativos, aunque algunos 'flashes' de la Sonata en do mayor ya hicieron vislumbrar que la japonesa podría dar alegrías, lo que no ocurrió precisamente con la Fantasía Bética, obra de gran dificultad a la que le faltó definir colores y ambientes, pese a una dosis de entrega y poderío sonoro nada despreciables. Pero después del preceptivo descanso, no sabemos a santo de qué, la pianista que regresó fue otra. Sea porque el repertorio le inspira más, o por cualquier otro motivo, le salieron unas Imágenes I de Debussy —'Reflets dans l´eau', 'Hommage a Rameau' y 'Mouvement'— de quitarse el sombrero, bellísimas, matizadas, intencionadas y muy solventes técnicamente. Casi lo mismo ocurrió con el Albaicín de Albéniz, desmintiendo con esta interpretación aquella otra de la de Falla, más funcional. Para terminar, claro, un valor seguro: una Rapsodia húngara de Liszt, la nº 12, plena de dificultades de todo tipo, que la artista, ya relajada, afrontó con muchísima facilidad, aunque en algunos momentos el sonido le pareciera algo sucio, falto de cristal en las intricadas voces y texturas. Nos quedamos, sin duda, con su Debussy, que probablemente dé bastante que hablar en futuro. Esperemos que así sea, y esperemos también que el festival tenga continuidad, pues para muchos intérpretes que ya no son promesas pero que aún no han dado el paso hacia la profesionalidad con mayúsculas es muy importante participar en este tipo de celebraciones; y son muy de agradecer los precios económicos y las posibles sorpresas que estos jóvenes nos deparan. Permaneceremos a la escucha.

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