Obituario

In Memoriam Lorraine Hunt

Agustín Blanco Bazán
viernes, 21 de julio de 2006
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En un artículo de referencia sobre Lorraine Hunt Lieberson aparecido el 1 de mayo del 2004 en The New Yorker, Charles Michener describe a esta vital y luminosa californiana como “the soul singer”, la cantante del alma, y narra las estaciones de una vida indómita donde Teodora, Dido, Donna Elvira y Melisande vinieron después de un trashumar artístico que incluyó desde bailar a Harry Belafonte en la intimidad de su cuarto de niña hasta la Golde de El violinista en el tejado.

“¡Que bella es!” exclamó su futuro marido al escuchar su voz en una grabación, y,…sí, es factible que de Lorraine Hunt se haya enamorado sólo por su voz. “Tiene usted una de las voces mas bellas que he escuchado jamás. ¿Quien es usted?” le preguntó Charles Michener luego de oírle unas canciones de amor españolas en casa de Leonard Bernstein. “Soy violista” le contestó Hunt, que siguió con el instrumento que la introdujo en la música hasta que al volver de un fin de semana prolongado por el día de Acción de Gracias en 1988, descubrió que le habían robado su viola. Entonces decidió entregarse totalmente al canto, aunque advirtiendo que cuando dejara de cantar volvería a la viola, mientras pudiera mover sus dedos. ¿Por qué eligió la viola y no el violín? “Me convenía mejor. No era muy ambiciosa y prefería ser la voz interior de un grupo” Luego de comparar la humildad de la viola como segunda voz en las cuerdas con la calidez de color y naturalidad del canto de esta mezzo, Craig Smith la define de cuerpo entero, no, mejor dicho, de alma entera, con una frase esclarecedora: “Cuando interpretamos por primera vez las cantatas de Bach, ella simplemente desapareció como persona”.

Y al desaparecer, Hunt hacía aparecer el personaje y la música que interpretaba, logrando así un verdadero milagro, porque también desaparecía la línea que divide la ficción escénica de la realidad cotidiana del espectador. En Teodora, Hunt desaparecía para dejar en su lugar a 'Irene', la cristiana carismática que rezaba su fe y su convicción a mezzopiano y cubriéndose el rostro con las manos: “Thy thunders roll around". Y luego abría sus manos y elevaba sus ojos para terminar: “still to Thee each night and day, to Thee we sing and pray”. Y el público dejaba serlo para entrar en comunión feligresa con 'Irene'. En Glyndebourne, sólo el 'Porgy' de Willard White logró algo parecido, y mis experiencias personales registran pocos momentos similares. Tal vez la muerte de 'Isolda' y la inmolación de 'Brunhilda' de Deborah Polaski, o la Callas en Tosca. Hunt cantaba Haendel sin esos preciosismos o elaboraciones narcisistas que caracterizan a tantas divettes o como las llama Minchener, seconda donnas del circo operístico internacional. Porque cuando hacía ópera, Lorraine Hunt no iba al circo. Es por ello que, muy comprensiblemente, prefería los prisioneros de San Quintín (ante quienes cantó Hansel y Gretel) al público del Met, que sólo la vió en El Gran Gatsby y Los Troyanos.

La Teodora escenificada por Peter Sellars mostraba una Norteamérica dominada por decadente déspota que condena a 'Teodora' y 'Dydimus' a morir bajo inyección letal. Era un oratorio literalmente balletizado que obligaba a los personajes a coreografiar cada frase con manos, brazos y cuerpos contorneándose con una intensidad delicadísima, que infaliblemente complementa la expresión vocal en la transmisión de los conflictos del alma.

Y fue con regie de Sellars que Lorraine Hunt Lieberson se presentó hace algunos años con la Orchestra of Emmanuel Music bajo la dirección de Craig Smith a la sala del Barbican londinense en una velada memorable donde la mezzo penetró en la liturgia eclesiástica de dos cantatas de Bach y la despojó de toda retórica, para extraer la médula del drama existencial que en cada una de ellas impulsa el acercamiento entre Dios y sus criaturas. Porque para Peter Sellars (que se presentó ante el público para explicar su concepción) las cantatas de Bach son dramas a escenificar con intensidad similar a la ópera: “La opera ya estaba en la mente de Bach. Y estas cantatas son una fascinante amalgama de música dramática italiana combinadas con la historia de música litúrgica de manera que el nivel dramático no es de melodrama cursi. Es el drama del alma...” Y del alma se encargaba Lorraine Hunt Lieberson, no actuando (Hunt nunca “actuaba”) sino comunicando al público experiencias, dolor y arte demostrativas de una esperanza trascendental.

En Mein Herze schwimmt im Blut (Mi corazón nada en sangre, nº 199) Sellars muestra una protagonista al borde del suicidio, que descubre que es solo en el momento de mayor desesperación que la gracia de Dios se manifiesta. En un escenario totalmente vacío, la protagonista, vestida en una discreta túnica oriental desarrolla gestos rituales mientras progresivamente transforma su desesperación en la esperanza termina apoderándose totalmente de ella en la última aria (“Wie freudig is mein Herz"-Qué gozoso está mi corazón).

En Ich habe genug, Sellars y Hunt representan los últimos veinticinco minutos de vida de una enferma terminal. Hunt comenzaba interpretando los estertores de la moribunda, atada a tubos de alimentación artificial y medicamentos, y con voz de cobre se integraba a una gesticulación minuciosamente sincronizada con la partitura. Una poderosa lámpara de quirófano la ciega y deprime como una parafernalia hospitalaria ya inútil, pero el final es un nuevo milagro. Una vez aceptada la futilidad de la vida en ese momento extremo y habiendo comprendido que su medicación ha perdido sentido, la cantante comienza a despojarse de los tubos que insisten en mantenerla viva, y una serena alegría comienza a invadirla. Ya no evita la lámpara, sino que se aproxima hacia ella extasiada, al percibirla como la anticipación de una radiante verdad. Termina siendo la única luz en un auditorio totalmente oscuro, con sólo la voz de Hunt y su pequeña orquesta flotando en medio de ese silencio radical, que sólo esta cantante parecía poder imponer al publico. Luego, oscuridad total… y silencio.

Lorraine Hunt Lieberson dedicó este trabajo a su hermana Alexis, que había muerto de cáncer justo cuando acababan de diagnosticarle el propio. Si es cierto que se muere como se ha vivido, pienso, en retrospectiva, que aquella noche en el Barbican, Lorraine ya había iniciado el camino iluminado por la luz de Bach.

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